lunes, 2 de marzo de 2026

IMPERIO - INLAND EMPIRE DE DAVID LYNCH

PROGRAMA 493 (13-02-2026)

 

SINOPSIS

 

La percepción de la realidad de una actriz (Laura Dern) se va distorsionando cada vez más. Al mismo tiempo descubre que, quizá, se está enamorando de su partenaire (Justin Theroux) en un remake polaco inconcluso y supuestamente maldito. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

El telón negro se abre. Ella observa desde atrás del escenario a toda esa gente que espera con cierta impaciencia. Hace algunos pasos y de un pequeño salto traspasa la línea que está marcada sobre el piso de madera. Siente moverse estando aún de pie, entonces levanta la vista y mira hacia los costados, observa con desconfianza ese vagón de subte que la arrastra tiempo atrás. Se nota todo más viejo, aunque ella esté con un vestido de gala carísimo. Los pasajeros la observan con extrañeza, como si fuera un personaje exótico. Luego de algunos minutos y tantas estaciones, reconoce la estación Medalla Milagrosa. Logra bajar antes de que las puertas se cierren. Sube por las escaleras y sale a esa calle sombría, justo debajo de la autopista. Camina unos metros para adentrarse en un complejo de edificios que da a Avenida del Trabajo, como ella siempre la llamó. Una llave escondida en su cartera de lujo abre la puerta del edificio, mientras cuelga otra más añeja. El ascensor no anda y decide subir los seis pisos por la escalera. Una puerta blanca a medio pintar, la espera, incólume. Prueba con la otra llave y entra a ese “dos ambientes” un tanto descascarado. Hay sonidos extraños y aromas que la llevan a un viaje tanto mental como onírico. 



El sonido llega desde esa pequeña habitación. Está rodeada de fotos de Katharine Hepburn, James Dean, la Monroe, Hitchcock y tantos otros. También hay colores, más de los que recordaba. Mientras tanto, una vieja tele de tubo transmite imágenes de una videocasettera que se encuentra conectada abajo. Allí se ve a una niña bailando con un vestido idéntico al que lleva puesto. Descubre caras conocidas. Muchas de ellas, vecinas que ven las flores crecer desde abajo hace tiempo. La habitación se ilumina y ella empieza a bailar en círculo. Esas caras se le aparecen una al lado de la otra y se ríen, con signo de aprobación. De pronto, las luces se apagan y la casa pareciera deformarse. El edificio realiza chasquidos como si se va a venir abajo. La heroína corre y llega otra a vez hasta la avenida, a la que encuentra un poco cambiada pero no detiene su camino. Vuelve hacia el subte, que acelera sin parar en las demás estaciones. No sabe porque, pero la línea E se transformó en la D y la estación 9 de Julio la espera. La puerta se abre y sale a pasos apurados. Empieza a sentir leves murmullos, levanta la mirada y está parada sobre el escenario. La función está por comenzar. Y ahí, en ese lugar, vuelve a ser la reina de su propio imperio…

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción elegida de editorial

 


IMPRESIONES SOBRE IMPERIO

 


De pronto, la primera claridad que tengo, es la librería de venta de usados vista de manera vertical, como si los edificios crecieran de manera infinita hasta el cielo, y los rayos de la rueda de mi moto los atravesara como acribillándolos en todas direcciones. El sol de las cinco de la tarde que cae como un verdugo certero sobre mi rostro. Aquellas dos cosas son lo único claro. Esas dos imágenes, no me dejarán en paz por años. Volverán en sueños, en recuerdos, volverán en silencio. Mi cuerpo comenzó a ponerse tieso como el asfalto. Ya no siento nada. Febrero arde en las calles, la gente inunda la avenida con su andar pesado, agotado y aburrido. Arrastran sus pies, sus caras ni siquiera fingen expresión alguna. Son frías como el gélido dedo de la muerte que siempre recorre mi espalda. Y el sol, aquel puto sol que arde como un bonzo en esa tarde que se derrite como toda esperanza. Aquella primera claridad se apaga de golpe. Mis oídos zumban como un maldito enjambre enfurecido. Mi nariz arde, pero es lo único que siento. Abro los ojos y la luz se ha ido. Siento mi cuerpo caer, descender. Es todo al revés. Sombras. Luces multicolores. La nada. Yo. Yo solo. ¿Y el otro­? Siempre hay un otro. Intento mover el cuerpo, pero ya no me sirve. Las manos clavadas en la espalda como una daga que atraviesa todo lo que soy de lado a lado. Desconfío de mis movimientos, los encuentro viciados, alterados. 



Los encuentro reducidos a espasmos simbólicos. A tristes serpenteos espásticos. Yo ya no soy mi cuerpo. No soy sus movimientos. Solo queda la película. Solo queda la imagen. Aquello que se ve, que los ojos deducen del tiempo y el espacio. Una mujer inmensa atrapada en unas calzas negras, transpira. Intenta cruzar con su perrito por el medio de Boedo. Los autos doblan e impiden su paso. La mujer los maldice con firmeza, con un odio contenido. Un viejo con paso cansino mira su último sol. El ultimo calor sobre su cara. Él lo sabe. De alguna manera yo también. El subte escupe gente como una concha gigante poblando un universo. Una nube con forma de conejo. Nos miramos un tiempo, hasta que la luz se apaga nuevamente. Es siempre difícil confiar en el otro. El otro de por si es hostil. Es todo lo que no soy. Viene por mí. Por lo mío. El otro, por más que acompañe, siempre es trapero y vil. Ese oro con mayúscula, presente desde la ausencia, ausente en su presencia. Esa sombra de otro. Mi mamá dice que me calle, que deje hablar a mi hermano. Guardo silencio. Hay una discusión. La pelea sube de tono y la cena se vuelve un infierno. El viejo se para de golpe, todo es de golpe con aquel tipo tan ajeno, y revolea desafiante el plato sobre la mesa. Ahora nadie habla. Ya no recuerdo lo que quería decir y no me importa, el miedo me enmudece. Mamá lo mira, el viejo se va sin decir nada para no volver nunca más, para no decir nada nunca más. El plato roto sobre la mesa, las migas, un sifón vacío. Mi estómago se cierra volviendo veneno todo aquello que ingiere. Mi estómago se cierra para siempre. 



Todo mi interior se cierra para siempre. Aquel plato roto cierra cualquier conexión con el exterior. Hay un arma que mi viejo apunta a su cabeza y mi mamá se la quita forcejeando. Hay un auto que acelera en una avenida arriesgando la vida de todos y yo lloro, pero solo un poco. Luego me calmo e intento manejar la situación. Mucho después el plato, el plato roto que rompe algo en mí irreparable. El silencio que ordenan. El silencio que cumplo. La librería de usados se nubla. La bota sobre mi cara. ¿Y el otro? ¿Lo sabré alguna vez? ¿Sabré para donde habrá corrido? Las manos de algunos gorditos bien vestidos, con celulares en la mano, señalan San Juan. Buena opción. Todos hubiéramos corrido para San Juan en contra mano. La bota en mi cara. La mosca insoportable zumbado interminable sobre la lancha. Caen tres, cuatro, seis motos azules. Todos quieren su trofeo y yo con el plato roto en mi pecho. Irreparable. Como bien todos sabemos existen varias maneras de armar un relato. Allí la habilidad del cuentista, allí su capacidad de mantener la atención de quien lee o escucha. El arte de la narración posee una complejidad delicada en donde, tal como dice el ensayista Jorge Wagensberg, dentro de aquel binomio comunicacional que se forma entra la obra y el espectador, ambos deben parecerse al menos un poco en su complejidad. Tanto el artista como el consumidor de ese arte, deben poseer una sensibilidad por lo menos similar, una intelectualidad parecida. De no ser así, de poseer alguno de los dos un estado mayor o tal vez menor, el binomio no funcionaría jamás porque advendría, irremediablemente la guadaña mortal del aburrimiento. David Keith Lynch, es un artista complejo, creador de obras complejas, las cuales desafían a cada instante, a cada plano, en cada línea de diálogo, a su público, a su receptor, haciéndolo participe activo, espectador atento, dentro del análisis sintáctico del lenguaje visual por él propuesto.



Hablo aquí tanto de su obra cinematográfica como de su obra pictórica. Lynch es un autor, de eso no cabe ninguna duda. Sus obras son particulares todas. No existe la liviandad en su arte, ni siquiera en las publicidades por él dirigidas. Ingresar en su universo es caer en la madriguera. Es entregarse a un verosímil armado meticulosamente con mano de orfebre. Cada detalle, cada objeto se resignifica en una obra Lynchiana. Allí la labor del espectador, su concentración profunda, aquella profundidad por donde según el propio David hallaremos al pez dorado. allí la similitud de la que antes hablábamos. No cualquiera está dispuesto a jugar su juego, eso es una realidad. No hay piso firme en ninguna obra Lynchiana y eso molesta, eso raspa. Eso levanta gente del cine porque no todos disfrutan de entregarse al viaje, y tal vez esto no esté tan mal. No disfrutan la sorpresa, el desconcierto, el no saber, el no entender o quizás entender pero más tarde. Y cuando digo más tarde hablo tal vez ya terminada la película, semanas, meses después. Tal vez uno llega a la insoportable idea de que no siempre hay que entender todo en un relato, menos si hablamos de cine. Tal vez nos olvidamos de sentir con el resto de todos nuestros sentidos y nos centramos en la lógica causa – consecuencia con la que creemos convivir cotidianamente. Olvidarse de aquello y sentir con todo el resto, eso, mis queridos amigos, también es cine, y me animo a decir que del mejor. Inland Empire, es un deleite para los que amamos el arte de David Keith Lynch. Encontraremos en el relato una similitud sorprendente y guiños constantes a su obra anterior Mulholland Drive. Creeremos distinguir hasta escenarios utilizados en esta última cinta, situación que resignifica automáticamente, para quien descifra aquella pista, al personaje principal. 



Como verán, una película de Lynch pueden ser varias películas a la vez, depende del ojo que interpreta, de la información que el espectador posea, de su similitud con el artista. David dialogará dentro del film con otra obra suya llamada Rabbits realizada 4 años antes (2002) respondiéndose interrogantes realizados en aquel entonces. La película estará construida con ambientes propios de las peores pesadillas, oscuros, siniestros. El sonido tendrá, como siempre, un papel protagónico dentro del film. También lo tendrán las lentes gran angulares y los primerísimos primeros planos y planos cortos que ayudarán a resaltar la gestualidad siniestra de los personajes. Pero volviendo al sonido, las películas de Lynch suenan, narran sonoramente más allá del dialogo. Respiran, están vivas, palpitan. Un relato vivo es un relato bien hecho. No importa la solidez sobre la que caminamos sino la fluidez del viaje. Como Caronte, David nos llevará por la profunda oscuridad de su inframundo, pero no con la sencilla liviandad del alma muerta, sino con la pesada responsabilidad de sabernos vivos.

 

Lucas Itze.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO LYNCH

 


Decir David Lynch es decir surrealismo. Después de un debut en una película animada titulada Seis hombres enfermos en 1966, siguió con un par de cortos, pero no hasta el año 1977 donde se daría a conocer con la rarísima Cabeza borradora, película surrealista y sombría filmada en blanco y negro. Para Stanley Kubrick, una de sus películas favoritas de todos los tiempos. Gracias a esto, atrajo la atención del productor Mel Brooks, quien lo contrató para dirigir El hombre elefante. La catarata de nominaciones y premios que albergó la película (una de las mejores de los ´80), habla a las claras de que Brooks estaba en lo cierto. 8 nominaciones al Oscar (incluído dirección y guión adaptado) y un Bafta a mejor película.



Cuatro años después llegó Dune, su primer fiasco, una multi producción que no tuvo éxito ni en la taquilla ni en la crítica. En 1986 llegó Blue Velvet, lo que terminó de erigir en uno de los grandes directores de la época, otra nominación al Oscar como mejor director, no estuvo nominada a mejor película, a pesar de que Woody Allen, ganador por Hannah y sus hermanas, haya declarado que era la mejor película del año. Después de un par de películas para la Tv, llegó Corazón salvaje, una cinta con críticas buenas y malas pero que le valió la Palma de Oro en Cannes. Luego creó una de las series más aplaudidas de los 90, como fue Twin Peaks (con su película incluida, que fue nominada a la Palma de Oro en Cannes).



En 1997 filma otra obra maestra: Carretera perdida, donde el surrealismo al que nos tiene tan acostumbrado mezclado con el cine negro que pocos como él lo manejan. En 1999 dirige Una historia sencilla, demostrando que Lynch también puede contar historias normales, y hacerlo con gran calidad. Otra nominación en Cannes, un clásico para el a esta altura. El comienzo del siglo XXI lo encontró con otra obra cumbreEl camino de los sueños (Mulholland Drive). Una de las películas más extrañas, pero que demuestra que la marca David Lynch está en su mejor momento. Nueva nominación como mejor director en los Oscar, premio que sí consiguió en Cannes.



En 2006 dirigió INLAND EMPIRE, otra obra surrelista que dejó críticas de las mejores, y también de las peores… A partir de ahí, sólo se dedicó a filmar cortos, y documentales hasta que en 2017 volvió con el cierre de Twin Peaks, titulada el retorno, con la mayoría de los protagonistas 25 años después. David Keith Lynch nos dejó el 16 de enero de 2025, a los 78 años. Y se convirtió en leyenda…

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Inland Empire

Año: 2006

Duración: 176 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Lynch

Guion: David Lynch

Reparto: Laura Dern, Justin Theroux, Harry Dean Stanton, Grace Zabriskie, Jeremy Irons, Diane Ladd, William H. Macy, Julia Ormond.

Música: David Lynch

Fotografía: David Lynch, Odd-Geir Sæther

 

PELÍCULA COMPLETA

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