Todos los jueves de 21 a 22 hs.

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lunes, 8 de agosto de 2016

ZELIG


EDITORIAL

Camino por las veredas destruidas por el paso de los años, cruzo la calle adoquinada mientras el reflejo de la luz de un colectivo me apunta directo a la nuca, no paro, no miro para atrás, sigo adelante esquivando miradas. Veo un patrullero con la sirena prendida en la puerta de una pizzería, me río para dentro pero me siento en la misma situación que el auto, abandonado a su andar, esperando alguien que lo manipule. La lluvia no tarda en llegar, busco guarida bajo un frondoso árbol que pierde hojas por la ventisca, mientras me pregunto quién soy, de donde vengo, como llegué hasta acá. Arranco de nuevo en dirección hacia el río y escucho bocinas y bombos, gente que protesta, recuerdo ciertas caras en carteles haciendo promesas imposibles y la sangre hierve al compás de los tambores. Me camuflo en una peatonal entre trajes de etiqueta, portafolios y carros de basura que buscan reciclar su futuro a cambio de unas monedas. Anochece y en la plaza se escuchan los primeros ruidos de bolsas que se contraen mientras cuerpos cadavéricos vagan con la mirada perdida. Por momentos soy ellos, pero me pregunto si ellos alguna vez podrán ser yo... Los olores me siguen los pasos y se impregnan en mi ropa mientras un taxi acude a mi rescate. Una vez adentro escucho sermones mientras paseo por la ciudad a cambio de varias opiniones y demasiados billetes. Siento que ya estuve en ese auto pero en la parte de adelante y decido bajarme sin más dialogo que un gracias y hasta luego. La luz del auto desaparece raudamente entre la cortina de agua. 


Encuentro un edificio en ruinas al lado de uno lujoso, como si fueran el ying y el yang arquitectónico. Siento que pasé la vida en ambas edificaciones, observando las hermosas luces y espejos gigantes en uno y soportando el frío del invierno en el otro. De repente la veo a ella y trato de seguirla pero su sombra desaparece en la mía... quizás ella soy yo, quizás nos encontramos en un mismo cuerpo, mientras las nubes revolotean alrededor de la luna, que me hace entender que ya no está llorando el cielo. Sin darme cuenta, camino entre las bóvedas del cementerio, contemplo el silencio como el más ruin de los cobardes, mirando la nada. Me niego a creer que estoy aquí buscando la salvación eterna, el perdón de las almas olvidadas. ¿Estoy vivo o soy un muerto que deambula por la ciudad en busca de alguna fórmula mágica perdida? Miles de rostros empiezan a desfigurarme la cara mientras mi cabeza entra en un huracán de apariciones entre gritos y llantos. Siento que fui todas esas personas pero a la vez no los reconozco. Nuevamente una sirena me devuelve a la realidad. Esta vez es mucho más aguda y cercana. De repente unas puertas se abren y un fondo de paredes blancas invade mi mente. Un pasillo largo con camillas completa el decorado mientras mis pies se piden permiso mutuamente para moverse. Bajo al parque mientras empiezo a caminar en círculos por horas sin entrar en comunicación con nadie. Encuentro en esas vueltas eternas la forma para escapar de la locura de la sociedad, de las mentiras y de la furia que nos tienen atados a una silla sin respaldo. Quizás esta sea la forma para entender quién soy, sabiendo que la mejor manera de engañar al mundo, es entrando en trance...

Marcelo De Nicola.-

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES SOBRE ZELIG


Así como hace varios años un filósofo ítalo argentino, intentando desenmarañar el concepto del alma humana, intentando alcanzar lo más profundo de ella, preguntó insistentemente ante una audiencia estupefacta (que según la crónica narra jamás comprendió aquella interpelación) “come se fa el vino?”, hoy, desde la humildad de esta mesa y de los amigos que la integran, me interesa preguntar, retomando tal vez la energía de aquel que indagaba, aquella pasión por interponer la duda a lo evidente: ¿Qué es una imagen? Una imagen, intentará responder rápidamente alguien del público, es un reflejo. Sera aquí, entonces, donde la respuesta a nuestra pregunta empiece a alejarse. El 5 de diciembre del 1829, Joseph Niepce, luego de varios ensayos, inventa lo que se llamó “la cámara oscura” con la cual logra captar sobre una placa aquello que su objetivo reflejaba. Luego de su muerte, aquel invento sería usurpado y comercializado por Louis Daguerre con el nombre de “Daguerrotipo” quien lograría fijar de manera permanente, aquello entregado por la cámara. Con el advenimiento de este nuevo medio de expresión, algunas personas repararon asombrados en la capacidad para registrar y a la vez revelar la realidad física visible, o potencialmente visible. Hubo acuerdo general en que la fotografía reproduce la naturaleza con una fidelidad “equiparable a la naturaleza misma”. El mismo Darwin declararía en aquella época que a él le interesaba la verdad y no la belleza y que no había dudas de que las instantáneas transmitían las expresiones faciales más evanescentes y fugaces. 


Aquel “espejo con memoria” traería consigo entonces, una gran y eterna discusión entre los artistas y los realistas en donde estos últimos argumentarían que el fotógrafo debía invariablemente reproducir, de algún modo, los objetos que se encuentran ante su lente; que carecen, decididamente, de la libertad del artista para disponer las formas e interrelaciones espaciales al servicio de su visión interior. Sería por aquella mitad del siglo XIX que el positivismo se expandiría por toda Europa dando los argumentos a los realistas para desangelar miserablemente a los amigos de esta casa, los muchachos del movimiento romántico. La mentalidad positivista vendría a festejar una representación fiel de la realidad, completamente impersonal. Sera también a raíz del surgimiento de este movimiento que se organicen las herramientas para legitimar el estudio naturalista del ser humano, tanto individual como colectivamente volviéndolos objetos de estudio. ¿Cuál será entonces aquella realidad objetiva que le quita el sueño a esos canallescos refutadores de leyendas? ¿Cómo será aquel reflejo / objeto tan despojado del “yo” que observa? Recordemos en este punto que un plano es ideología no por lo que muestra, sino también por lo que decide no mostrar. ¿Cómo despojar del yo a aquella “realidad” (y aclaro realidad entre comillas) que queda fuera de campo? La fotografía convierte al sujeto en objeto, es la captura de aquel sutil instante donde el representado no es ni sujeto ni objeto, sino un sujeto que se ve devenir en objeto, dirá Barthes una “mircroexperiencia de la muerte”. 


Miguel de Unamuno, a esta altura ya un amigo más de la casa, nos dijo hace algún tiempo que el ser es una unidad. Que el ser otro, en este caso el convertirse en objeto, era destruir esa unidad y por lo tanto era la nada y que la nada, no era otra cosa más que la muerte misma. Continuará entonces Roland Barthes en su libro “La cámara Lucida” diciendo que una foto – retrato es una empalizada de fuerzas. Dirá que son cuatro los imaginarios que se cruzan, se afrontan, se deforman. Ante el objetivo, soy a la vez: aquel que creo ser, aquel que quisiera que crean, aquel que el fotógrafo cree que soy y aquel de quien se sirve para exhibir su arte. Al posar, entonces, uno fabrica instantáneamente otro cuerpo, uno se transforma, anticipadamente, en imagen. ¿Será entonces la imagen un cúmulo de intenciones tal vez tallados por la época, tal vez dictados por la cultura, aquella cultura que es la memoria del pasado de los pueblos? Zelig, aquel experimento en la filmografía de Woody Allen, tal vez venga a aportar a este caos de ideas algunas preguntas. El film profundizará sobre el peso de la mirada del Otro y la sobrevaloración de aquellos reflejos. Trabajará la idea de que la imagen es la que es pesada, inmóvil, obstinada y es por eso que las sociedades se apoyan en ella. El yo, sin embargo, es ligero, dividido y disperso y jamás puede estar quieto, tal vez por eso es incapturable. Seguiremos caminando por las tinieblas, buscando desesperados el reflejo del otro para reafirmar así absurdamente nuestro yo. Mientras tanto, entre las vicisitudes del recorrido de este laberinto, sigo preguntándome: ma come se fa el vino?!

Lucas Itze.-

Canción post impresiones


También escuchamos un clásico


Y nos fuimos con otros genios


FICHA TÉCNICA

Título original: Zelig
Año: 1983
Duración: 76 min.
País: Estados Unidos
Director: Woody Allen
Guión: Woody Allen
Música: Dick Hyman
Fotografía: Gordon Willis (B&W)
Reparto: Woody Allen, Mia Farrow, Gale Hansen, Stephanie Farrow, Garrett Brown, Mary Louise Wilson, Sol Lomita, John Rothman, Susan Sontag

SINOPSIS


Falso documental sobre Leonard Zelig, el hombre camaleón que asombró a la sociedad norteamericana de la 'era del jazz'. Su historia arranca el día que miente al afirmar que ha leído Moby Dick, sólo para no sentirse excluido. Desde entonces, su necesidad de ser aceptado lo lleva a transformarse físicamente en las personas que lo rodean, convirtiéndose así en un fenómeno mediático, en una celebridad sin esencia. Testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de los años treinta, encaja a la perfección en todas partes porque asume las características tanto físicas como psíquicas de las personas con quien está para caerles bien.

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