Todos los jueves de 21 a 22 hs.

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miércoles, 3 de agosto de 2016

PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO... Y OTRA VEZ PRIMAVERA


EDITORIAL

Arranquemos con esta frase: Jorge Luis dice "solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece"...
Según entiendo, algunas religiones o prácticas religiosas orientales, se centran o apuntan hacia el desprendimiento del ego... Me viene a la mente una escena de la película "Siete años en el Tíbet", en la que Brad Pitt protagoniza a un reconocido escalador de montañas alemán llamado Henry. En esta escena Henry trata de impresionar a una mujer tibetana haciendo una demostración de sus habilidades y mostrándole los títulos que a lo largo de su carrera había conseguido. Ella le responde que "escalar montañas es un tonto placer" y que una de las grandes diferencias entre sus culturas, que en realidad serían nuestras culturas, es que nosotros "admiramos al hombre que se impulsa hacia la cima en cualquier modo de vida, mientras que ellos admiran al hombre que abandona su ego". Y termina diciendo " al ciudadano tibetano promedio jamás se le pasaría por la cabeza llamar la atención de esa manera".
Me pregunto desde el desconocimiento total, y para que la pregunta quede en suspenso ¿Si se abandona el ego, que pasa con el deseo? ¿Se puede seguir deseando?


Observemos la frase con la que inauguramos esto: dice "solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece". ¿Acá él dice que solo los recuerdos nos pertenecen? si es así, veamos que nos parece que son los recuerdos. Pensemos en un recuerdo en particular. ¿Lo tienen? ¿Es igual a la experiencia original? si es un recuerdo viejo, ¿es igual a como lo recordábamos hace algunos años? Bueno esto nos indica que no los manejamos, no los poseemos, entonces, volvamos sobre el sentido de la frase de Jorge Luis. Si entonces, eso que se ha ido no nos pertenece, y según él es lo único que nos pertenece, entonces nada nos pertenece. O solo nos pertenece la disolución de todo, ni el devenir, porque este es incontrolable.
¿Qué pensamos ahora sobre el deseo? Hablemos sobre el deseo del otro.
Cuando uno desea algo, desea poseerlo. Lo mismo pasa con el deseo del otro. Según Hegel, el encuentro de dos deseos es una lucha a muerte en la que la definición de esto es la individualización del amo por un lado y el esclavo por el otro. Pero es a muerte y se da que en esta lucha uno de ellos tuvo miedo a morir. Ahora, este resultado no da felicidad o placer para uno u otro, porque el deseo es de doblegar al otro, no el del otro doblegado, entonces cuando el otro es doblegado, porque tuvo miedo a morir, cambia y el deseo queda insatisfecho para ambas partes. Esto es psicoanálisis puro. Si entendemos que esto es así entonces perpetrar el deseo es un vaciamiento del espíritu. Es la angustia de no satisfacer nunca nuestros deseos. O de que no nos satisfagan nunca nuestros deseos.


En fin, pensaba que entendiendo así lo que es el deseo entonces puede no haber tanta diferencia entre nuestras culturas. Lamentablemente en Occidente se hace un culto al deseo, a dominar al otro y a todo lo que nos rodea. La expresión máxima de esto son las ciencias, disciplina que se lanza al dominio de los entes en general. En Oriente se abandona el deseo y el ego, que es la expresión máxima del deseo. Esto es inconcebible para nosotros, porque para nosotros es el motor de nuestras vidas el desear, y desear es el terreno de la gente que sabe vivir, según nuestra cultura...
Juzgo con estas palabras a nuestra cultura, pero desde el desconocimiento total de lo que significa abandonar el deseo y desde la insatisfacción de ver el rumbo que vamos llevando como sociedad.
Pensando sobre nosotros, hay una palabra que utilizamos con frecuencia y que tal vez involucre al deseo en alguna de sus formas y que a simple vista puede parecer que es la posesión del otro en su totalidad. Pero si pensamos sobre lo que significa y vamos hacia sus profundidades puede resultar algo muy distinto. Ella es casi una forma de vida. Es amor.

Chistian Soria.-

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES PARA PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO... Y OTRA VEZ PRIMAVERA


La belleza radica en las pequeñas cosas... Una flor... un castillo de arena... una hoja seca cayendo de un árbol... Una gota de lluvia en medio de una ventisca húmeda y fría... No hay nada bello por decreto, no hay un manual estipulado de belleza. Kant nos dice: lo bello es lo que agrada universalmente sin concepto... y en la naturaleza, tratando de ser objetivos, la belleza es el todo, es una satisfacción desnuda de todo interés.
La belleza de un arco iris, de una oruga convirtiéndose en mariposa, de una estrella fugaz surcando el furioso cielo azul de la noche, rememoran paisajes perfectos de la naturaleza. Una belleza que solo puede ser contaminada por la mano del hombre, siempre dispuesto a destruir todo lo que hay a su lado. Y por esa razón, buscará liberar al corazón de esa piedra que lo atormenta todas las noches. Una piedra que arrastramos de por vida, como le muestra el monje a su pupilo en el film Primavera, verano, otoño, invierno... y otra vez primavera, del talentoso Kim Ki Duk. El director surcoreano elige un monasterio Budista que flota en el río Jusan para contarnos el círculo de la vida. No será necesario ahondar en diálogos... los silencios, las imágenes, y los símbolos que van apareciendo en el film, alcanzarán para entender todo.
Kim Ki Duk trabajará todo de forma lineal, con un gran sentido del tacto. Los encuadres y los planos firmes de cámara, lograrán una perfecta contemplación poética de la naturaleza, una especie de haiku visual. Veremos cámaras fijas que de a poco van ampliando el horizonte para entender que la plataforma se mueve, aunque por momentos no nos demos cuenta. Pero lo que más se acerca a la belleza pura es su imagen. Cada estación estará marca por una cromática diferente. La fotografía de Baek Dong-Hyun logra un poder visual exquisito, y eso está perfectamente estudiado, ya que el director viene del mundo de la pintura. Los colores fuertes para el principio del film, con el verde como máximo exponente darán paso a una paleta de colores marrones o amarillentos mientras las hojas del otoño caen. Sobre el final, el blanco de la nieve invernal, recubrirá todo en una escala de colores fríos.


El film nos mostrará las etapas de la vida a partir de las estaciones del año. Empezará con la primavera, donde veremos un niño haciendo travesuras, como atarle piedras a un pez, una rana y una serpiente, mientras el monje lo mira a lo lejos, sin decirle nada. Al otro día, el alumno amanecerá con una piedra atada a su cintura, y el monje le dirá que vaya a liberar a los animales, pero si alguno de ellos está muerto, cargará con esa piedra en el corazón el resto de su vida. Al ver que sólo la rana pudo sobrevivir, el pequeño romperá en llanto. La primavera, el perro, y el niño, representan el inicio de la vida, la ignorancia entre el bien y el mal, hechos que la sabiduría del monje intentará transmitir en esos primeros pasos. Llegaremos al verano, donde un gallo aparecerá en escena, como representación de la adolescencia y de la lujuria, de las primeras decisiones que marcarán un camino. La llegada de una joven con su madre para intentar curar su alma enferma, y regresar cuando encuentre la paz, despertará esas pasiones en el joven adolescente. Veremos cómo esa puerta en el medio del lago, es un pasaje al mundo real, la perdida de la inocencia. Las puertas son otros símbolos que aparecen varias veces y el director nos va tirando pistas de lo que va a suceder, como cuando el joven monje, en vez de atravesar la puerta decide pasar por el costado, por esa especie de muro invisible, para estar junto a su amante, en un anticipo de lo que será su futuro... Luego de ser descubiertos, las palabras del monje resonarán con fuerza, cuando le dice que la lujuria despierta el deseo de poseer. Y eso despierta la intención de asesinar. La chica, ya en paz, se irá. El joven seguirá sus pasos, pero a escondidas...


El otoño, la soledad del monje llegando a la tercera edad y el gato representarán la independencia, la edad adulta, pero también la comodidad para esconderse de sus decisiones, como cuando el monje ya adulto, viene a buscar la redención luego de haber asesinado a su esposa, rememorando las viejas palabras de su maestro. La escena con los detectives y el maestro pidiendo terminar el Sutra budista, para limpiar el alma, como un punto importante de la película... donde vemos un claro ejemplo de filosofía budista, ya que ninguno de los personajes tiene un nombre, ya que según su filosofía, abandonan su individualidad, para ser parte de un todo, los únicos que tienen nombre son los dos policías, no budistas. El final, con el monje realizando un ritual de suicidio, dará paso a la inmortalidad.
Inmortalidad que se verá en la serpiente, que abandona el bote para refugiarse en el templo, mientras el invierno hiela todo a su alrededor, como esperando la llegada del nuevo monje y servirle de guía. El monje llega después de pasar un tiempo en la cárcel, a la espera de la redención definitiva. Vuelven a aparecer los animales que el martirizó de niño, para ir cerrando el ciclo. La puesta del Buda mirando hacia el templo, para resguardarlo del pecado. El ciclo se termina de cerrar con la nueva primavera, una tortuga como representación de la longevidad, y la eternidad del ciclo de la vida, mientras un niño juega con las piedras en sus manos, para empezar todo de nuevo.
El maestro coreano apunta directamente a los sentidos, a preguntarnos internamente sobre cuestiones esenciales de la vida, a interactuar entre lo que se ve y lo que se capta, mientras nos demuestra que la violencia está ahí, latente, esperando despertar. Un film que contiene una hermosa metáfora basada en la filosofía budista, nos va atrapando con imágenes, con los ruidos de las hojas, el sonido del agua, y el silbido del viento como una perfecta canción, la canción para los días de la vida...

Marcelo De Nicola.-

Canción post impresiones


FICHA TECNICA

Título original: Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom
Año: 2003
Duración: 103 min.
País: Corea del Sur
Director: Kim Ki-duk
Guión: Kim Ki-duk
Música: Park Ji-woong
Fotografía: Baek Dong-hyeon
Reparto: Oh Yeong-su, Kim Ki-duk, Kim Jung-yeong, Seo Jae-gyeong, Kim Yeong-min, Ha Yeo-jin, Ji Dae-han

SINOPSIS

En un remoto valle entre las montañas, un joven discípulo aprende a templar su espíritu a partir de las doctrinas de Buda. Su maestro, un venerado monje, le enseña lo valioso de cada vida en particular y lo importante y delicado de cada uno de nuestros actos en esta vida.
A medida va pasando el tiempo, aquel joven aprendiz va despertando y madurando cada vez más su espíritu. El pequeño templo flotante perdido entre las montañas le fue quedando cada vez más chico y el fuego del deseo, inherente en todo ser humano, estalla, así como también estallarán todas las pasiones.

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