Todos los jueves de 21 a 22 hs.

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jueves, 16 de junio de 2016

CASABLANCA

PROGRAMA 142 (27-05-2016)

EDITORIAL

Si dijéramos que ya hemos sido derrotados por el odio estaríamos arrojando, finalmente, la memoria hacia la oscuridad más profunda que podamos imaginarnos. Cierto es que aún duele ese amor recientemente arrebatado como de un tirón; por eso seguimos aferrados al recuerdo de aquellos abrazos que hoy deambulan cual fantasmas, en las calles y plazas, esperando volver y hacerse nuevamente carne. Duro y triste es saber que nuestro rival invisible y asesino juega siempre con la carta más poderosa que es la del tiempo en su perspectiva individual. Por eso nos recuerdan, a cada instante, que un día de estos moriremos. Y se divierten arrojándonos a la infortunada búsqueda de los placeres para que en nuestro último suspiro nos reconozcamos sabios y satisfechos. Sin embargo, siguiendo aquel juego, la última lagrima que recorra nuestra mejilla nos susurrara junto al oído: “Flaco, sólo te estas llevando experiencias y saberes de cartón”. El corazón se detendrá y lo que quede de nuestra luz se alejará, lentamente, desde las pupilas y se hundirá hacia la nada sentenciando nuestro fin. 


La muerte no será otra que la del recuerdo de aquel paso efímero, diminuto y absurdo por este plano tan extraño llamado mundo.
Muertes reales invaden y atacan con el rifle del olvido para siempre. Y los fantasmas resisten escudados en las memorias de las almas que quieren ser libres y responden desde las trincheras de las ideas… A veces, cuando la sangre es tanta y el dolor aturde tan violento sólo queda replegarse en aquel instante donde todo se detuvo y una persona con bandera en mano dejo ver su sonrisa a lo lejos festejando la libertad pospuesta de batallas pasadas, recordándonos que al fin y al cabo somos siempre los mismos pero con un par de guerras encima. El mundo, incansable, sigue girando una y otra vez. La sociedad gira al mismo tiempo repitiendo sus ciclos y reciclajes. Sin embargo, esa memoria no nos arregla a ninguno de nosotros. No nos conformamos con aquel París efímero. Queremos el país, el mundo, la memoria sana, las plazas llenas y referentes dispuestos a ofrecer su corazón….

Alan Beneitez.-

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES SOBRE CASABLANCA


No hace muchos días, un historiador puntualizaba en su relato sobre la brutal llegada de los conquistadores al continente americano. En su narración, describía que no había sido las ropas, ni las logradas embarcaciones, ni siquiera las amenazadoras armas lo que los había sorprendido de manera casi mágica a los nativos, sino el uso de la palabra escrita. Vieron ellos allí, en aquellos papeles garabateados, el poder de unir el pasado con el presente, vieron ellos desmantelarse ante sus ojos la percepción del tiempo. Alguien gritó desde la oscuridad de un bar, que lo único que existe es el presente. El pasado, aquel lugar de acuerdo tácito, aquella asociación ilícita de los sucesos, es una herramienta manipuladora que no hace más que contarnos de manera selectiva aquello que jamás sentimos, aquellos lugares que jamás visitamos o aquellas batallas que ni siquiera supimos soñar. Será el pasado mismo, a través de sus mecanismos mnemónicos adquiridos a lo largo de todos aquellos ensayos y errores que componen la llamada adaptación, el que impondrá con tenacidad sus límites al futuro, imponiendo de esta manera una conducta identificatoria. 


La identidad, aquel desencanto de la existencia, se desarrolla no solo sobre la base de la centralización narrativa de las experiencias pasadas, sino también sobre la narración especulativa de lo que se continuará siendo. Será el futuro, entonces, un triste recuerdo envenenado del pasado. Ya no veremos allí adelante el caos generado por la aparición peligrosa y azarosa de estímulos vagabundos, sin ningún destino, sino los siniestros muros del orden levantados por las cobardes manos de lo que llamaremos con algún desprecio: planes. Trascenderá aquella orden narrativa apuñalando el brillo de nuestra existencia, reduciendo la posibilidad de lo inesperado, enjaulando al peligro al final de cada copa, en la soledad más terrible de cualquier mesa bar. Pero encontraremos un destello dentro de esta cárcel del tiempo que nos hemos construido. Existirán ciertos flashes, ciertos instantes donde la cultura pestañea y entreabre aquellos paredones invisibles que marcan el camino. En ellos encontraremos el placer de nuestra existencia. En un verso que nos ataca al azar, y quizás no en el poema, o tal vez en la mirada enloquecida que descubrimos con angustia en una pintura y no en el cuadro. Aquel flash, aquel instante, aparecerá con claridad en el encuentro de Ilsa y Rick, en aquella inmortal escena de Casablanca, film legendario de Michael Curtiz


La cinta, tal vez a simple vista, resulte un prolija obra hollywoodense con todos sus ingredientes. Grandes estrellas en pantalla, un guion sólido que coquetea con la mezcla de géneros, una fotografía clásica con locaciones imponentes y costosas. Pero si agudizamos un poco la mirada, quizás veamos la obra desde otro punto de vista. El film, más allá del edulcorado planteo político, pone en escena un conflicto primordial sobre la identidad de Rick. Todos dudan y le cuestionan su presente intentando ubicarlo en algo entre lo neutral, la complicidad y el apoliticismo. Su inacción y parquedad se romperán con la aparición de Ilsa que coincidirá con el punto de giro de la curva dramática. Rick, estará atrapado en un recuerdo, será cierto pasado arruinándolo todo sobre aquella fantasiosa percepción del tiempo, será él negando el que fue, engañando vilmente en aquella proyección al que será o se planea ser. Allí su conflicto existencial, allí la necesidad de una decisión para volver a aquella otra ilusión que es el movimiento. El entenderá entonces que nadie vuelve a ningún lado y decidirá no luchar más contra el olvido ya que olvidar es imposible, solo es posible ser olvidado. Esa será su propuesta para aquella dama de ojos tan tristes como los suyos, aquella dama que sacudiéndose las cenizas del tiempo volvió una noche.-

Lucas Itze.-

Canción post impresiones


El famoso tema de Casablanca



UNIVERSO CURTIS


Miháli Kertész; Budapest, 1888 - Hollywood, 1962) Nacido en Budapest, en la época del Imperio Austrohúngarom se formó en el teatro, rodó numerosas películas en Budapest, junto a M. Stiller y V. Sjöström, y en diversos países europeos desde 1919. Instalado en Hollywood en 1926, trabajó casi en exclusiva para la Warner y demostró un sólido talento de artesano capaz también de realizar grandes títulos, como Las aventuras del capitán Blood (1935), La carga de la brigada ligera (1936), Alma en suplicio (1945) y, sobre todo, Casablanca (1943), por la que recibió el Oscar a la mejor dirección.
Llevado a Hollywood por Harry Warner en 1926, durante los siguientes veinticinco años rodó más de cien títulos, muchos de ellos rutinarios, pero también otros en los que pudo desplegar su gran energía creativa. Para los críticos, su figura está íntimamente ligada al sistema de los estudios de Hollywood. A menudo ha sido calificado de técnico muy bien dotado que supo subordinar su personalidad a las exigencias de la maquinaria.
Sin embargo, algunas de sus películas de los años 40 y 50 contradicen esta afirmación simplista. Su ciclo con Errol Flynn dio al cine estadounidense aventuras románticas memorables, entre las que sobresale un gran clásico como Robin de los bosques (1938), en el que Curtiz y Flynn se reencontraron con Olivia de Havilland y Basil Rathbone, tras haber participado todos ellos en la filmación de otro título emblemático del cine de aventuras, El capitán Blood (1935). El realizador húngaro tuvo la habilidad de imprimir un ritmo trepidante a la historia y logró momentos memorables, entre los cuales merecen especial recuerdo la divertida lucha entre Robin Hood y Little John o el largo y accidentado duelo final a espada entre el héroe y el villano.


También rodó excelentes filmes con Humphrey Bogart, John Garfield y James Cagney. Casablanca (1942), por la que obtuvo el Oscar, es una obra de arte ya clásica y difícilmente puede definirse como "el más afortunado de los accidentes afortunados", en frase de Andrew Sarris. Curtiz supo engarzar a la perfección los heterogéneos elementos de un guión improvisado manteniendo en todo momento el suspense, encajó actores por cuya química nadie apostaba y manejó de modo magistral las atmósferas y los planos cortos, penetrando hasta las entrañas de los personajes.
El realizador húngaro cultivó todos los géneros cinematográficos: drama social, comedia musical, western, sagas marinas, comedias de capa y espada, melodramas de gángsters y de ambiente carcelario y películas de terror y de misterio. Otros títulos destacables de su filmografía son Ángeles con las caras sucias (1938), Yanqui Dandy (1942), Pasaje para Marsella (1944), Noche y día (1946) y No somos ángeles (1955).


La Marsellesa para el comienzo


Otro clásico...


FICHA TÉCNICA

Título original: Casablanca
Año: 1942
Duración: 102 min.
País: Estados Unidos
Director: Michael Curtiz
Guión: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein, Howard Koch (Obra: Murray Burnett, Joan Alison)
Música: Max Steiner
Fotografía: Arthur Edeson (B&W)
Reparto: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre, S.Z. Sakall, Madeleine LeBeau, Dooley Wilson, Joy Page, John Qualen, Leonid Kinskey, Curt Bois, Ed Agresti, Marcel Dalio, Enrique Acosta, Louis V. Arco, Frank Arnold, Leon Belasco, Oliver Blake

SINOPSIS


Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Casablanca era una ciudad a la que llegaban huyendo del nazismo gente de todas partes: llegar era fácil, pero salir era casi imposible, especialmente si el nombre del fugitivo figuraba en las listas de la Gestapo. En este caso, el objetivo de la policía secreta alemana es el líder checo y héroe de la resistencia Victor Laszlo, cuya única esperanza es Rick Blaine, propietario del 'Rick’s Café' y antiguo amante de su mujer, Ilsa. Cuando Ilsa se ofrece a quedarse a cambio de un visado para sacar a Laszlo del país, Rick deberá elegir entre su propia felicidad o el idealismo que rigió su vida en el pasado.

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