SINOPSIS
Orfeo es un poeta
obsesionado con la Muerte (la Princesa) de la cual se enamora. Un día los
esbirros de la Muerte matan a Eurídice, la esposa de Orfeo, y éste decide
seguirla hasta el Inframundo para rescatarla. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
Allí está, esperando. Se mirará al espejo o se sentará de lado. No importa, sabe que la victoria será suya. En una cama cercana, el poeta recita sus últimos versos. En esos suspiros finales divagan nombres, amores, recuerdos. La vida misma. Y palabras no dichas, esas que quedarán siempre atragantadas en la memoria, pero nunca serán olvido. Porque el tiempo es tan efímero y solo nos damos cuenta cuando el final ya se escribió. Es en ese momento donde él mira al espejo y se ve reflejado en ella. No teme, y… aunque siempre le tuvo miedo, esta vez es distinto. La encuentra hasta más amena. Recuerda la cantidad de veces que susurró su nombre. Las veces que dio vueltas para no nombrarla directamente. Las letras que se desparramaron en tinta intentando dejarla mal parada. Hasta se ríe pensando en esas puteadas pidiéndole que lo lleve. Tiempo al tiempo parece responderle ella, con su sonrisa impoluta. Aunque no se conocen, parecían destinados a encontrarse. Y es como que se sienten amigos de toda la vida. Ya hablarán de Girondo, de Neruda, de Octavio Paz, de Pizarnik...
Seguramente no lleguen a un
acuerdo de porqué a algunos los llevó tan rápido para su equipo. Y si, siempre
uno quiere rodearse de los mejores, dirá ella. El espejo se deformará y la
imagen de ella se difuminará como por arte de magia. Él sentirá que esa
opresión sobre su pecho deja lentamente de molestarlo. Ve que esas flores que
parecían marchitarse de pronto cobran vida y están resplandecientes. No sabe
que de todo fue real y que no. Sólo sabe que le queda lugar para algún último
verso. Y que esa fue una última advertencia, sabiendo que la próxima vez que se
vean las caras no será porque vino sólo de visita…
Marcelo De Nicola.-
Canción elegida para la editorial
IMPRESIONES SOBRE ORFEO
Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al verse. Esto escribía en aquella obra maestra llamada Rayuela nuestro gran amigo Julio Cortazar. Ya allí nos adelantaba que nadie elige en el amor. En este foro, entre estos amigos, hemos hablado, hemos sufrido y nos hemos acompañado por amor. Hoy, intentaremos pensarlo un poco más profundamente, tal vez desde otra perspectiva, que es desde donde se miran las cosas cuando uno busca aprender algo. Podemos arrancar diciendo que amar es dar lo que no se tiene a quien no es. Hay amor porque hay lenguaje, de eso no cabe duda. Nos atraviesa un universo de palabras que suponen la ardua tarea de exteriorizar, organizar, anticipar y proyectar aquel misterio indescifrable que nos conforma. Allí el gran ruido del amor, la gran confusión, el gran embuste. El mundo animal se rige por el instinto, lejos de la lengua. Es por eso que allí la cosa funciona de otra manera, escapa a la mentira, a la traición o la fantasía. Menos complejo, pero más eficaz podríamos concluir apresuradamente y tal vez sin demasiada brillantez. Cuando uno ama y da lo que tiene, sella una relación de poder.
Entregar lo que uno ya tiene, o peor aún, lo que nos sobra, nos coloca instantáneamente sobre el otro. Siempre el amor es hacia afuera, es salirse de uno mismo, lograr corrernos de nuestra mismidad para dar aquello que no tenemos. Después de todo, el deseo es siempre el deseo del otro. Pero ¿Quién es ese otro? Es aquel que no es. Evitando la literalidad avasallante y siempre torpe, claro, pensamos rápidamente en Sartre, en aquello de Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. ¿Qué es el ser sino una invención, una construcción, o en todo caso, una proyección de cómo fuimos enseñados en el querer, en el amar y hasta en el desear? Lo cierto es que lo que queremos es ser amados, no amar. Amar es dar lo que no se tiene, tal como acabamos de decir, es inventar, crear, dar lugar a algo que antes no había. El amor es un engaño que produce una verdad mayor y mejor que uno mismo, inventa un ser mejor y más verdadero que uno. Es por esto que cuando el amor se va, el duelo se hace tan duro que uno desafiaría hasta las miserias más crueles del propio infierno por salvar de la muerte a aquella proyección del ser amado que ha construido. Qué otra cosa es la muerte sino el olvido, dirá algún poeta de bar sentado en la oscuridad misma de la solitaria mesa de sus pensamientos. Allí entonces, lo tenemos a nuestro amigo Orfeo.
Y es por él, aquel cantor, cantor en términos clásicos, claro; Orfeo era un Aedo, un músico y un poeta que componía y cantaba sus epopeyas y poemas clásicos con la capacidad sobrenatural de conmover a los dioses y a las fieras, entonces, es por eso queridos tertulianos que estamos reunidos, alrededor de esta mesa de bar imaginaria, entre amigos y copas y promesas que jamás cumpliremos. El film lleva el nombre del héroe y el director es un surrealista del que poco hemos hablado, pero al cual respetamos muchísimo, llamado Jean Cocteau. La cinta adaptará el mito de Orfeo y Eurídice y lo ambientará en una actualidad de los años 50. La estructura del relato será lineal, y lejos de ser surrealista, trabajará con herramientas del género fantástico. Tomo un segundo de vuestra atención para hacer un llamado a la coherencia, termino muy pasado de moda, a la gente menor de 40 años le sugiero chequear su significado. Solicito anotar lo siguiente y repetirlo cual mantra cada mañana: Cualquier cosa que aparezca en pantalla que yo no comprenda o que supere la realidad cotidiana en la que se desarrolla mi desastrosa vida, no la llamaré surrealismo. Aquello nuevo que aparece, puede generar un verosímil nuevo y de esa manera conformar un mundo con sus propias leyes. Eso, no lo hace surrealista. Star Wars, posee una cantidad infinita de materiales ajenos a nuestra cotidianidad y todavía no nació el que se anime a tildarla de surrealista (toco madera).
Dicho esto, podemos decir que el film se vestirá con algunos planos inteligentemente armados, notaremos algunos recursos que recordarán a los trucos de cámara utilizados por el magnífico Georges Méliès. Habrá una interesante vuelta de tuerca en la historia que no hará otra cosa que hablar de la labor del poeta, o mejor aún del artista en general. Cocteau mostrará al poeta enamorando a la muerte, y allí nos preguntaremos, que otra utilidad tiene el arte en esta vida sino es para hacernos inmortales, aunque sea por un instante. Con un verso distraer a la bella dama, con un acorde, un valsecito que haga olvidarnos de esta finitud que nos susurra al oído en los mejores momentos que todo se acabará. Pero también estará allí la muerte junto al poeta para simbolizarnos que, sin ella, sin un final, no existiría aquel arte que hace de Orfeo el ser extraordinario que es. Nadie escribiría un solo verso si no supiera que se va a morir. El arte, como el amor, nace de la ausencia, de la falta, el eterno espera y jamás tendrá el dolor de un desamor o de una traición dolorosa que le inspire un paso doble una noche sin luna. Tal como en el mito, Eurídice muere y Orfeo bajará al averno a rescatar su alma y será devuelta con la condición de no volver su vista atrás para observarla. En el mito original, Hades, le indica no darse vuelta hasta salir del infierno, condición, que como todos sabemos, Orfeo no cumplirá.
En el
caso del film, la condición es más tediosa. Orfeo y Eurídice
volverán a su casa y él no podrá mirarla jamás. Condición que como todos
sabemos, Orfeo no cumplirá
provocando nuevamente la muerte de su amada de manera, esta vez, irrevocable.
Ahora pensemos un poco en la idea de las condiciones impuestas por los dioses
griegos, quienes ofrenden, pero de manera siempre tramposa. Siempre en su dar,
se esconde alguna debilidad humana que hace perecer al elegido. Vanidad,
desconfianza, siempre hay algo detrás que es lo que trae la tragedia. Pero
volvamos a esto de no ser estúpidamente literales. Creo fuertemente en la
importancia de darse vuelta y mirar para atrás cuantas veces sea necesario,
porque allí, en aquel giro, habita la duda. Es en esa mesa donde encuentro a
mis amigos. Allí se sientan los tipos que tienen el coraje de revisar aquello
que hasta ayer juraban cierto. Los tipos que se dan vuelta para ver si todavía
están allí, siguiéndolos, los seres amados, chequeando que la estrella que los
guía no se ha apagado, que aquello por lo que daban su vida, todavía sigue
valiendo la pena. Eso es pensar en uno, pero también es pensar en el otro,
porque los que este programa hacemos bien sabemos que nadie se salva solo,
entonces corregir un destino es corregir quizás el destino de varios. En
tiempos en donde la felicidad colectiva es despreciada, yo levanto mi
copa por los tipos que dudan sobre las voluntades propias por dar lugar a una
sonrisa ajena. Salud.
Lucas
Itze.-
Canción post impresiones
UNIVERSO COCTEAU
(Maisons-Laffitte, 1889 - Milly-la-Forêt, 1963) Novelista, dramaturgo, poeta, ensayista y cineasta francés, una de las figuras descollantes de la vanguardia en las primeras décadas del siglo XX. Su multiforme actividad se ejercitó lo mismo en la poesía y en la novela que en el teatro y en el cine. También ensayó el dibujo, y llegó a ilustrar algunos de sus libros. En su copiosa producción se hallan huellas de todos los movimientos de vanguardia, pese a que Jean Cocteau nunca se adhirió plenamente a ninguno de ellos. Nacido en una familia de la gran burguesía, Jean Cocteau perdió a su padre a los diez años y vivió con su madre y hermanos en casa de su abuelo, quien le hizo descubrir las obras de Beethoven, Berlioz y Wagner. Comenzó a escribir en 1908 y fue consagrado como adolescente prodigio. Frecuentó los salones y conoció a Catulle Mendès, Anna de Noailles, Jules Lemaître, Edmond Rostand y Marcel Proust. Al mismo tiempo publicaba La Lampe d´Aladin (1909), Príncipe frívolo (1910) y La Danse de Sophocle (1912). Serguei Diaguilev y Stravinsky le señalaron que su camino era equivocado y decidió alejarse del éxito fácil de París retirándose al campo, donde compuso Potomak (1919), una toma de conciencia de las fuentes profundas y secretas de la poesía, expresada a través de una colección de textos y dibujos. En 1916 conoció a Picasso y frecuentó a pintores y escritores de vanguardia: Guillaume Apollinaire, Max Jacob, Pierre Reverdy, Blaise Cendrars, Amedeo Modigliani. En 1917, los Ballets Rusos ofrecieron la primera representación de Parade, ballet realizado por Cocteau, Erik Satie y Picasso que provocó escándalo. En 1919 conoció a Raymond Radiguet, encuentro que lo llevó a escribir Le secret professionnel (1922), tratado de arte poética y de estilo de una gran profundidad. A partir de 1921 comenzó un período muy fecundo: Los novios de la torre Eiffel (1923), Antígona y Edipo Rey (1928) en teatro; Plain-Chant (1923), Thomas el impostor (1923) y Le Grand Écart (1923) en poesía y novela. La muerte de Radiguet lo sumió en la depresión y le hizo refugiarse en el opio y el catolicismo.
En 1924
reunió y publicó una compilación de sus versos bajo el rótulo Poesías
(1916-1923), y al año siguiente escribió Orfeo y algunos poemas de Opéra. En
1926, compuso para Stravinsky el texto de Edipo rey y publicó su Carta a
Jacques Maritain, que marcó la ruptura con todo dogma religioso. En Opio (1930)
describió la lucha por liberarse de la droga; durante su cura de
desintoxicación en una clínica, compuso Los niños terribles (1929). En 1930
Jean Cocteau rodó su primera película, La sangre de un poeta, y dio a la
Comédie-Française La voz humana. Hasta 1946 se expresó esencialmente por medio
del teatro: La machine infernale (1934), Los caballeros de la Mesa Redonda
(1937), Los padres terribles (1938), Los monstruos sagrados (1940), La máquina
de escribir (1941), Renaud et Armide (1943) y El águila de dos cabezas (1946).
También publicó Portraits-Souvenirs (1935), Soixante dessins pour les enfants
terribles (1935) y Mon premier voyage (1937). A continuación, trabajó en la
composición de guiones cinematográficos, entre los cuales cabe destacar La
bella y la bestia (1945), El águila de dos cabezas (1948), Orfeo
(1950) y El testamento de Orfeo (1960). Paralelamente compuso algunos de
sus más bellos poemas: Allégories (1941), Léone (1945), La Crucifixion (1946),
Le Chiffre sept (1952), Appogiature (1953), Clair-Obscur (1954), Cérémonial
espagnol du phénix (1961), Requiem (1962). Las dos obras más significativas de
este período de posguerra son La Difficulté d'être (1947) y Le Journal d'un
inconnu (1952). En sus últimos años se dedicó también a la actividad pictórica,
realizando la decoración de diversas iglesias en la Costa Azul (Fréjus,
Villefranche-sur-Mer, alcaldía de Menton).
FICHA TÉCNICA
Título original: Orphée (Orpheus)
Año: 1950
Duración: 112 min.
País: Francia
Dirección: Jean Cocteau
Guion: Jean Cocteau
Reparto: Jean Marais, María Casares,
François Périer, Marie Déa, Edouard Dermithe, Juliette Greco, Henri Crémieux.
Música: Georges Auric
Fotografía: Nicolas Hayer (B&W)







