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viernes, 4 de noviembre de 2016

SYNECDOCHE, NEW YORK


EDITORIAL

Un pasillo blanco. Un fondo gris. Niebla al final del camino. Quizás esa niebla es humo. Humo que emana del fuego, mientras el frío invade el cuerpo. El cuerpo tiembla, erguido, indiferente al paso de los minutos. La mente se dispara hacia un arcón de recuerdos que perpetuarán momentos. Un llanto, una caricia, un beso, un grito, algunas mentiras, cientos de verdades, varios te llamo, pocos te quiero, simples cosas que uno no las dice, porque se piensan obvias, pero olvidamos que son necesarias.
La luz al final del pasillo empieza a brillar, los colores dorados envuelven el aire, la grisácea tarde de las lluvias pasadas ya no está. El mundo gira en constante movimiento. La ciudad sigue su habitual infierno diario. La prensa persigue chivos expiatorios. Los gobernantes olvidan para quien gobiernan. Las balas apuntan con más certeza que nunca. El aire se contamina a cada segundo. El dolor se hace más eterno. El corazón bombea con menos fuerza. El cerebro olvida amores y odios. Los músculos se contraen. Los huesos se paralizan. El cielo desaparece. El día se hace noche. La vida juega a la ruleta rusa. La muerte prepara su desayuno...


Será el final de la obra. Llegarán los extras para adornar la sala. Los iluminadores se encargarán de la última porción de luz. Los maquilladores intentarán dejar una imagen hermosa y en paz. Los actores serán más de reparto que nunca. El director esta vez no podrá hacerles frente a los productores. El guionista está a punto de poner la firma. La película, esta vez, ha llegado a su fin.
Quedarán escenas olvidadas, como cortadas por un montaje descorazonado. Los finales abiertos de varias historias sin concluir. El beso que nunca llegó. El mail en borrador con la disculpa que quedó en la casilla. El último adiós, que fue uno más, sin saber que era el definitivo. El abrazo perdido.
Los títulos pasarán eternamente. El tiempo intentará hacer olvidar esas cintas pero ciertos momentos estarán para siempre. Será cuestión de volver en forma de sueños, para decirle al olvido que no podrá llevarse todo. Será la despedida, sin más preámbulos, como la muerte misma...

Marcelo De Nicola.-

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES SOBRE SYNECDOCHE, NEW YORK

Alguien pregunta desde la agonía de un sentimiento, desde el último egoísmo: ¿Dónde está aquella canción que me hiciste cuando eras poeta? Otro responde con la voz propia de la angustia, con las ganas fatigadas: terminaba tan triste que nunca la pude empezar. Estamos todos juntos en este barrio, caminando nuestras prisas, consumiendo nuestras horas, siguiendo el libreto con sus comas y sus puntos. Estamos todos juntos, tan solos. Haciéndonos espacio a los codazos desde la cruel indiferencia, retirando a empujones a otros desde la falta de interés, la ausencia de análisis, pisoteando aquellos cadáveres por culpa de estos ojos que ya no ven, que solo miran superficialmente y ya no distinguen los matices, los deliciosos detalles que nos nombran. Estamos tan solos, todos juntos. Y allí está la muerte, acechando todo el tiempo, alimentando aquel sentimiento trágico que aparece luego de la risa, que nace después del beso o cuando veo tu espalda mientras caminas lejos mío. Inventamos el amor para engañar a la muerte. Elegimos a alguien con quien rodar sobre el empantanado camino de la vida, y allí fingimos comunicarnos y hasta sonreímos de costado en los bares tal vez con la certeza ególatra de haber gambeteado con alguna astucia también a la soledad. Y un día, sin saber cómo ni por que, una ola gigante destruye con furia aquellos cartones pintados en donde desarrollábamos nuestro papel, en donde proyectábamos nuestras seguridades, en donde dormíamos nuestro sueño, con esa paz fingida, con aquellos diálogos anestesiados, simulando el dolor de vez en cuando como para que no vayan a creer que uno no sufre. 


Es allí donde la soledad se cobra nuestra astucia. Es allí donde el dolor duele sin bálsamos que nos curen, porque lo que nos lastima, por primera vez es real. Y de aquellas sombras salen a descuartizar nuestro cuerpo las bestias que alimentaron nuestros miedos. Nos paralizará la visión oscura y cruda de la realidad. Donde creíamos que podríamos, tendremos la certeza de que no podemos. Donde pensábamos que algo valía, ya no valdrá ni el recuerdo. Estaremos inmensamente solos, como lo estábamos antes, pero ahora seremos fatalmente conscientes de ello. De aquí partirá Charlie Kaufman para narrar su historia, ese será el punto de ataque de aquel relato intenso y oscuro que llevará el curioso nombre de Sinécdoque, Nueva York. La sinécdoque es una figura retórica que consiste en nombrar algo utilizando el nombre de otra cosa siempre y cuando se mantenga entre ambas una relación de inclusión, generando así un sentido figurado. De aquí surge entonces la posibilidad de nombrar la parte por el todo o el todo por la parte. Esta figura ha sido utilizada en el cine desde sus comienzos por la economía resultante de su evocación. En su film, Kauffman la utiliza de varias maneras. Tomará una parte de Manhattan buscando representar toda Nueva York. Puntualizará en el relato cinematográfico en una parte de la vida del protagonista, la destrucción de su matrimonio, para hablar sobre toda su vida en general, será la fatalidad de la parte recayendo pesadamente sobre el todo. El film estará narrado desde el padecimiento de Caden, interpretado magistralmente por Phillip Seymour Hoffman. Comenzará siendo lineal hasta el punto de giro ubicado en la separación del protagonista. Allí, tiempo y espacio, realidad y fantasía, se confundirán caóticamente graficando con certeza el conflicto de Caden. 


La fotografía ira virando acertadamente a las tonalidades frías con el devenir del relato, comenzando en los verdes y marrones para llegar a los blancos y los grises. No habrá sorpresas desde la puesta de cámara, la cual se limitará en general a mostrar, pero tampoco las necesitaremos. Estaremos ante un relato tan potente, genuino y valiente que no hará falta más que estar allí y ver lo que sucede. Las actuaciones y el extraordinario manejo narrativo de Kaufman, harán todo el resto. El film puntualizará en el derrumbe del mundo de Caden y se entrometerá en el dolor como tal vez ningún film lo haya narrado hasta el momento. Sentiremos su decadencia física, cada una de sus ausencias y perderemos con él la noción del tiempo confundiendo días con años, personas con personajes, escenas con realidad. Caden montará su vida en una obra con la única necesidad de volver a sentir aquella triste ilusión de control, demostrándonos con crudeza, la evidente existencia del plan, las mortecinas cenizas del guion cayendo a través de las feroces manos del tiempo. Ese será su acto final. Tal vez los muchachones que ocupamos esta mesa estemos al tanto de todo esto. Tal vez veamos los cartones que nos rodean, con sus colores ya gastados y lloremos en silencio la llegada de la ola. Algún día llegara, lo sabemos y arrasará con nuestras pequeñas ilusiones, y se llevará los recuerdos, los perfumes y no dejara ni rastros de nuestros nombres. Allí estaremos entonces, sin nada, como cuando empezó todo esto, caminando por las calles de la vida, esperándonos con seguridad, en cualquier esquina.-

Lucas Itze.-

Canción post impresiones


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Y una canción muy especial


FICHA TÉCNICA

Título original: Synecdoche, New York
Año: 2008
Duración: 124 min.
País: Estados Unidos
Director: Charlie Kaufman
Guión: Charlie Kaufman
Música: Jon Brion
Fotografía: Frederick Elmes
Reparto: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Michelle Williams, Dianne Wiest, Emily Watson, Samantha Morton, Hope Davis, Jennifer Jason Leigh, Rebecca Merle, Barbara Haas, Tim Guinee

SINOPSIS


Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman) es un director teatral que proyecta representar una obra utilizando una réplica de Nueva York, de tamaño natural, dentro de un almacén.

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