Todos los jueves de 21 a 22 hs.

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jueves, 17 de diciembre de 2015

EL ÚLTIMO TREN (CORAZÓN DE FUEGO)


EDITORIAL

El hombre de unos 65 años espera sentado en una plaza de Almagro. De reojo, mira a las palomas que pelean por unas pequeñas migajas de pan. Son las 11 de la noche de un jueves de agosto de 2002, y se avecina una vez más, un fin de semana oscuro. Observa algunos de los bancos más añejos para recostarse. Lo acompaña su fiel frazada, aquella que una vecina del barrio le regaló.
Las estrellas titilan mientras el humo de los colectivos empieza a desaparecer lentamente, solo quedan algunas voces de unos jóvenes repletos de sueños disfrutando de la última cerveza de la noche. Se volverán a sus vidas rutinarias, sin saber que les deparará el mañana.
Las hojas de los árboles se menean lentamente, las gotas de rocío despejan cualquier manto de sospecha sobre el anochecer que acecha. Las luces de la pizzería amiga se apagan, mientras el motor de un ciclomotor se aleja como un espectro entre las siluetas de los autos estacionados.
Un perro callejero será el cuidador de sus sueños, y quien lo mimará en busca de alguna sonrisa perdida. Juntos recorrieron calles y patearon asfaltos dueños de algún barrio, para acabar transitando adoquines húmedos que nos los llevan a ningún lugar.
Cuando nota que las voces se empiezan a dispersar lentamente, se acomoda para recostarse, como si estuviera en el mejor somier. Antes de dormirse, los ruidos de la fábrica de zapatos donde trabajó 25 años empiezan a hacer eco en su mente, imitando a un taladro repiqueteando sobre su sien.


En ese momento, se le aparece como si fuera un extraño acto de magia negra, la imagen del diablo, en la regordeta cara de aquel ya lejano nuevo gerente. Recuerda las miradas absortas de los compañeros, con sus incoloras lágrimas rodando por sus mejillas. Sonríe de golpe, al recordar el océano de puteadas que rezaba el viejo Anselmo, que finalizaba siempre con un: váyanse a la puta que los parió.
También rondan por su mente, ciertos magnates del poder, empresarios de la vida fácil y la ambición extrema, que dinamitaron el futuro de una generación que no llegó al reparto de pizza y champagne, porque nunca estuvieron en su consideración. Pasan las imágenes del bolso negro desvencijado en una habitación, las madrugadas haciendo cola para nacer nuevamente, entre fantasmales entrevistas que no llegarían a nada.
De repente, se encontró siendo expulsado como una rata por la inmobiliaria con la que trataba hace quince años, porque ellos no podían esperar unos meses, y la ruleta del dinero era más furiosa que la vida misma.
Trató de encontrar lugares para quedarse, pero las semanas se hacían cada vez más costosas. Entendió en un momento que le habían privatizado las fantasías, y el estómago ya se rendía ante los murmullos del desánimo. Se dedicó a vagar por los barrios como un lobo buscando el último cordero, comiendo platos ajenos, desayunando desechos moralmente infectados de perfumes caros, playas costosas y mentes vacías.


Cinco años pasaron de aquella vez que cerró la puerta de su vieja casa. Cada tanto, se da una vuelta para que los recuerdos cobren vida nuevamente, pero desde que la cuadra se convirtió en un complejo de edificios con personas apiñadas entre sí, dejó que las huellas de sus zapatos no pisen más el barrio.
Entonces nuevamente mira a su compañero de ruta, quien le hace una mueca para regalarle un poco de tranquilidad. Un par de horas después, los primeros rayos de sol sirven de despertador natural, y el paso apurado de la gente lo despabila aún más. Será otro día igual, con la esperanza de que en algún momento, alguien recupere esos sueños y los libere para que vuelen por el aire, mientras el transite por las vías siguiendo el camino de sus ilusiones, esperando ver si algún día la historia cambia y le da una mano…
Hoy, trece años después, recuerda ese momento como un bocado agridulce. Tuvo la suerte de volver a sentir el desafío del trabajo en una fábrica recuperada, aunque a veces extrañe la mirada de ese fiel compañero que un día, caminó tanto que nunca más volvió. Sin embargo, en estos últimos días el estómago volvió a crujir de dolor, escuchando apellidos funestos y palabras vacías repetidas como si fueran un pegadizo hit de verano. Los ojos se le irritaron y el corazón se agitó sorpresivamente, al punto que su cuerpo se desplomó en la cama, sintiendo que habíamos dejado escapar la posibilidad de subirnos a el último tren…

Marcelo De Nicola.-

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES PARA EL ÚLTIMO TREN


El paisaje desolado espera por ese tren que nunca va a llegar. El pueblo cerró su fábrica, y desde ese momento, se convirtió en un paisaje de casas abandonadas y recovecos fantasmales donde nadie quiere entrar. Los pocos animales que quedaron, fueron desapareciendo de a poco, algunos buscando otro destino, y otros, muriendo en la ignominia más furiosa.
Los árboles dejaron sus frutos abrazados fatalmente contra el suelo, esperando que alguien los recoja. El pasto de las vías creció sin piedad, y tapó todo anhelo de un nuevo despertar.
Solo los ancianos parecen tener vida en ese pueblo sin alma. Los jóvenes se fueron a las grandes o pequeñas ciudades, en busca de un futuro mejor, y perdiendo poco a poco sus capas, dejando el corazón a la intemperie. Los pocos chicos que hay, ya no reconocen el sonido de la locomotora que trasladaba sueños y ofrecía trabajos en cada parada.
La estación ya casi no tiene nombre, porque las letras del cartel fueron descascarándose de a poco, entrando ya en un estado de coma que parece irreversible.
El patrimonio se vendió a un precio regalado, con tal de hacer buenas migas con los gigantes del norte, a cambio de que esos seres siniestros sean invitados a una fiesta de globos donde no todos tienen participación. Y contra esos personajes con los que nunca tomaríamos una cerveza en el bar, son contra los que pelean los personajes del film El último tren, del uruguayo Diego Arsuaga


El director nos mostrará la pelea de tres veteranos (unos geniales Federico Luppi, Héctor Alterio y Pepe Soriano), que pertenecen a la Asociación Amigos del Riel, que secuestran una locomotora para que un estudio de Hollywood no se la lleve al Norte. Con la colaboración de Fernando León de Aranoa (Los lunes al sol) en el guión, Arsuaga nos llevará por un camino lineal, amparado en una fotografía hermosa, que empieza oscura pero después se torna más natural mientras empiezan a aparecer los grandes paisajes uruguayos. El estilo road movie o western, hace que por momentos la trama parezca bastante rápida, pero por el contrario, se toma todo su tiempo para ir llevando la curva dramática con un muy buen pulso. Los tres actores principales son los que llevan el ritmo de la película, pasando de momentos relajados a momentos tensos en cuestión de segundos, pero sin perder el sentido del humor, como en la escena donde al escribano interpretado magistralmente por Pepe Soriano, lo mandan de nuevo al internado.
Los tres amigos, a medida que van sorteando obstáculos, empiezan a recordar viejas nostalgias del pasado, mientras sólo por un momento, tratan de evadir sus problemas del presente, pero en ningún momento esos problemas son llevados a la sensiblería, sino por el contrario, son ayudados por una muy buena dosis de humor. Por su parte, vemos en Jimmy (Gastón Pauls), un empresario sin escrúpulos, que a cada paso que da, intenta traer agua para su molino.
El film hace una crítica social a ese neoliberalismo absurdo que vendió todo lo que encontró a su paso, quizás haciéndonos acordar a películas como la colombiana La estrategia del caracol, la argentina Caballos Salvajes o la nombrada anteriormente Los lunes al sol. En todos estos films, la esperanza es lo último que tienen los personajes para aferrarse a la vida.


Quizás esa esperanza venga en las palabras y en las miradas de Guito, el niño que Pepe sube al tren, sin pensar que va a terminar siendo acusado de secuestrador. Pero es el mismo Guito, quien le pide a esa prensa que sólo espera ver caer la gente para chupar la sangre que queda alrededor, quien les da un mensaje a todos sus compatriotas, al decir que él está haciendo lo que todos los uruguayos tendrían que hacer, el lugar de mirarlo por televisión. Sin dudas, ese es el punto de giro de la película, ya que sobre el final, empezamos a ver que todos los vecinos de los pueblos que van atravesando, se ofrecen a ayudarlos, quizás con esa renaciente ilusión de que algún día, la locomotora vuelva a funcionar y el pueblo vuelva a ser lo que alguna vez fue. Y son los mismos vecinos, los que luego de que esa locomotora pare en una vía muerta, impidan que se vuelva para Montevideo, sabiendo que como decía el cartel, el patrimonio no se vende, para no repetir los mismos errores del pasado. Errores que suelen cometerse en nombre del egoísmo pensando que el tren nos llevará a un sitio mejor, pero olvidando los vagones que hicieron que los cimientos estén fortalecidos. Mientras, seguiremos intentando combatir contra los feroces dientes del capitalismo, como hicieron estos tres grandes personajes, para seguir con expectativas hasta el último segundo, porque a pesar de que las vías se extingan y no haya lugar donde seguir, el reloj siempre estará para recordarnos que el tiempo no para.

Marcelo De Nicola.-

Canción post impresiones


Me sumo a la esperanza de un nuevo amanecer
Me cargo la patria al hombro, también
Y haciendo mío los hijos de los demás
Mi sentimiento criollo no se echara a perder


Amo los andenes de la espera,
Las señales en la noche
Y tus alas de viajera…


Pueden venir cuantos quieran,
que serán tratados bien.
Los que estén en el camino,
bienvenidos al tren!


Verte feliz no es nada,
es todo lo que hacemos por ti.



FICHA TÉCNICA

Título original: El último tren (Corazón de fuego)
Año: 2002
Duración: 93 min.
País: Uruguay
Director: Diego Arsuaga
Guión: Diego Arsuaga & Fernando León de Aranoa (Historia: Andrea Pollio & Andrés Scarone)
Música: Hugo Jasa
Fotografía: Hans Burmann
Reparto: Héctor Alterio, Federico Luppi, José Soriano, Gastón Pauls, Balaram Dinard, Saturnino García, Eduardo Migliónico, Elisa Contreras, Jenny Goldstein, Alfonso Tort, Fred Deakin, Herbert Grierson, Eduardo Proust, Guillermo Chaibún, Virginia Ramos, Jorge Bolani.

SINOPSIS


Un poderoso estudio de Hollywood ha comprado para su próxima película una histórica locomotora uruguaya del siglo XIX. Aunque la noticia es motivo de orgullo para muchos uruguayos, no es bien recibida por los veteranos miembros de la Asociación de Amigos del Riel. Decididos a boicotear el traslado de la locomotora a Estados Unidos, tres de ellos y un niño, movidos por la consigna ""El patrimonio no se vende", secuestran la máquina y se lanzan a recorrer las abandonadas vías del interior del país perseguidos por las autoridades. Pero también encuentran la solidaridad de los pueblos que, aislados y abandonados por la falta de un medio de transporte que dejó de funcionar hace tiempo, ven en ellos una luz de esperanza.

TRAILER


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