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miércoles, 10 de diciembre de 2025

CONVIVENCIA DE CARLOS GALETTINI

PROGRAMA 489 (21-11-2025)

 

SINOPSIS

 

Dos íntimos amigos, uno un porteño práctico (Brandoni) y el otro un español intelectual (Sacristán), pasan los fines de semana en una quinta en El Tigre, en el Delta del río Paraná. Un día de tormenta llega Tina (Dopazo), una joven extraviada, que afectará la relación entre ambos. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

Un recuerdo se cuela en un pasillo oscuro, repleto de hojas secas. El viento las fue trayendo y amontonando. Se siente una risa que le da un poco de calor y color a esa imagen. No la encuentro como real, sin embargo, ella trae el aroma de su perfume y la suavidad de su piel. La vida es un poco más digna, podría decirse. Por ese pasillo salió por última vez. Sus rulos perfectos se bamboleaban con violencia. El ruido de los pasos despertaba hasta al pájaro más soñador. Las horas, días, meses y años se esfumaron en un suspiro. No hubo una despedida. Ni siquiera un hasta luego. Solo nos volvimos dos desconocidos que terminaron un pacto tácito. Un contrato sin formalizar. Los platos se habían amontonado y el café destilaba un gusto amargo. La cama quedaba enorme y las sábanas se arremolinaban en un costado. Los colores se volvían apagados, grises, sin alegría. Las paredes se descascaraban. Así que eso era la felicidad y no lo había notado. Al final, bastante imbécil había resultado. 



¿Qué era todo esto entonces? Tristeza, me repetía a mí mismo. Y así buscaba como escapar de ahí. Pero no, cualquier alegría duraba un tiempo y después volvía a la programación habitual. Soledad pensé luego. Era lo más lógico. Lo que todos te repetían. Pero no, siempre fui alguien que se llevó bien con la soledad, por lo tanto, había que tachar esa idea. Y un día mientras un tango sonaba apareció la nostalgia. Si, debía ser ella. No tenía dudas. Los recuerdos, las voces, los aromas y hasta las ausencias eran el combo de momentos que venían bajo ese nombre. Eran esas mezclas de felicidad y tristeza, de pasión y desencanto, de amores y odios. Se extrañaba todo a la vez. Y resurgía esa trillada frase que cita que todo tiempo pasado fue mejor. No sé si en este caso lo era. Seguramente no. Y llega la noche y vuelve a aparecer con fuerza. Y es en ese pequeño momento que llega el deseo de que esa nostalgia se transforme en convivencia.

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción elegida para la editorial

 


IMPRESIONES SOBRE CONVIVENCIA

 


Miro por la ventana y llueve. Las gotas golpean el vidrio y el techo de chapa del pequeño galpón del patio que resuena como si fuera a quebrarse. Llueve con fuerza, con violencia. De manera copiosa, densa. El agua cae sin casi dejar lugar entre gota y gota. Chet Baker gira en el toca discos interpretando Lonely Star y tu mano se posa en mi hombro. Me sacas el cigarrillo, lo dejas sobre el cenicero repleto de colillas, me invitas a pararme y apoyas tu cabeza sobre mi pecho. No bailamos, pero nos movemos al ritmo de la música. Te abrazo fuerte, intento retener tu olor, la textura de tu piel, la sensación de ese no baile. Algo cae en la cocina que nos sobresalta. Corro, está oscuro. Piso vidrio. Enciendo la luz, la lluvia de fondo ruge cada vez más fuerte, enfurecida, la chapa golpea ensordecedora. Ya la música no se escucha, estás sentada, una copa de vino destrozada en el suelo es el reflejo fiel de tu ánimo. Intento darte la mano y te levantas espantada, furiosa. Tu mirada se clava en la mía con una frialdad que te desconozco. Gritas, me insultas, exigís. El vino recorre las baldosas como la sangre de un órgano vital herido de muerte, incurable, irreparable. Salís de la cocina empujándome, jurando no volver. En pocas palabras me convertís en una bestia en la que temo reconocerme injustamente. Intento seguirte por las escaleras que llevan a las habitaciones, pero no te alcanzo. Un relámpago ilumina los escalones. Afuera el mundo se desarma en agua y truenos, en viento y sudestada. La furia de la naturaleza golpea sobre los vidrios, las ventanas, el viento cierra las puertas con violencia, como invitándolas a no volver a abrirse jamás. Llego al piso de arriba y escucho el llanto de una nena. Es nuestra hija que llora en su cuarto desconsolada. La pequeña Zoe con sus 8 años, acostada en su cama hecha un bollo, temblando, abrazada a una soledad infinita. Me acuesto a su lado e intento calmarla. Finge hacerlo, lo hace por mí. Es ella quitándome angustia, es la niña curando al padre con sus manos de hada, con su mágica forma de ver las cosas que la hacen vencer el miedo, alejar la pena para ponerme a salvo. Sabe, de alguna manera, que el vulnerable soy yo. Por más que ella sienta el mismo dolor. Por más que ella tenga el mismo vacío en el pecho. Lo lee en mis ojos, en el temblor de mis manos. Con dulzura me acaricia y me abraza, un abrazo eterno, un abrazo que aun siento apretando mi cintura, dándome calor en el pecho. 



Acaricio su pelo largo, larguísimo. Le prometo que vamos a estar bien sin lograr que ninguno de los dos lo creamos. Nos llena el silencio. Y sus ojos me miran. Se produce quizás la más tierna de las conversaciones jamás tenida entre ambos. Desde el silencio, desde otro plano, sacando la palabra de lugar, poniendo en juego otros sentidos, otros sentires. Ya sin tiempo, sin edades, leo en sus ojos una sabiduría abrumadora, una compasión emotiva. Ese pequeño instante volverá a mí cada vez que lo necesite, será la tabla en la tempestad, será lo que ayude a no ahogarme entre tanta lluvia. Alguien cierra con fuerza la puerta principal de la casa. Suena seco, fuerte, decidido. Suena para siempre. Suena como deteniendo el tiempo, como jurando no volverse a abrir, suena a sentencia, a castigo. Bajo las escaleras corriendo. El pasillo hasta la puerta pareciera alargarse cada vez más. Una melodía entra lenta, algo sucia. Sigo caminando por aquel túnel oscuro que me lleva a la puerta de entrada. La lluvia pega fuerte sobre los vidrios del ventanal del comedor. Reconozco la melodía, Es Chet Baker, es Lonely Star. Alguien fuma  sentado solo sobre la ventana, mirando la lluvia. Se la oye golpear sobre el techo de chapa del pequeño galpón del patio como si fuera a partirla. La casa está oscura, sola, fría, inmensa. En cada rincón aguarda como un sicario una historia. La lluvia no cesa y sin saberlo la casa se llena de fantasmas que se protegen de ella a mi lado. La nostalgia puede ser la peor de las celdas cuyos barrotes ilusorios detienen el tiempo para nosotros y nos dejan bailando con nuestros propios espectros hasta caer muertos, viviendo quizás una vida de anécdotas que ya sucedieron, una vida cobarde, que se niega a la aventura del hoy. La gran aventura queridos amigos, no está en juntarnos con la tribu a narrar aquellas historias de cuando soñábamos conquistar el mundo sobre aquel barco de velas rojas. Nosotros, que hoy traicionamos a aquellos niños vistiéndonos de traje, cobrando un sueldo, alejándonos de lo salvaje, prefiriendo lo seguro y olvidando el bosque para siempre. No, la gran aventura está en seguir sumando anécdotas, contar historias de ayer para programar las de mañana. Ese es el juego, eso es ganarle al tiempo y escaparle, de alguna manera a aquel sentimiento trágico de la vida. El film Convivencia de Carlos Galettini, adaptación de la obra teatral del dramaturgo Oscar Viale, viene a reflexionar sobre todo aquello, sobre la nostalgia, sobre el tiempo, sobre la aventura. Será un film alegórico, metafórico, un hermoso juego de luces y sombras donde nada será lo que parece. De este juego nace el cine, y este es el juego que decide jugar Galettini a la hora de adaptar su obra. Del teatro quedaran algunos códigos como la economía de escenarios o la necesidad de una urgencia. 



La sudestada será la excusa inminente para mantener a los personajes dentro de la casa. Si nos manejáramos dentro de los códigos del teatro, bastaría con solo nombrarla para armar en el espectador la idea del temporal, en cambio, siendo una obra cinematográfica, nobleza obliga, el deber es mostrar aquel temporal para que el verosímil funcione. La cinta recordará a otro film ya tratado en esta tertulia llamado The House, película filmada por nuestro gran amigo Sharunas Bartas, en el tipo de tratamiento que se le dará a la casa donde sucederá toda la acción. El relato comenzará con una bruma que se disipará de a poco y dejará ver una vieja casona del Tigre bastante descuidada, la cámara seguirá en travelling e ingresará por transición. Adentro presentará a los otros personajes Enrique y Adolfo. El primero más mundano, más visceral, más natural y salvaje, el segundo más racional, más cultural y medido. La casa funcionará como un personaje más que los contiene, un personaje donde, tal como decíamos, será habitado por la nostalgia que los mantendrá atrapados en sus propios recuerdos. No podrán salir de allí, estarán atrapados como en un loop temporal, narrando las mismas historias, discutiendo los mismos detalles. Habrá un intento de cambio al llegar ella, Tina. Una especie de diosa que intentará curar esa nostalgia. Será lo nuevo, lo joven, lo bello. Hará funcionar el tiempo dentro de la casa, alejando por unos instantes al recuerdo, haciendo que los personajes habiten el aquí y el ahora. Pero no lo logrará. Tina se irá sin haber podido cumplir su misión. Vencerá la casa, la neblina. La muerte, que los estará esperando bajo la lluvia en forma de sombra. Podremos nosotros, los espectadores, quizás ir un poco más lejos en la interpretación de las alegorías y preguntarnos qué estamos viendo realmente. ¿Qué es real y que no dentro del relato? Es llamativo lo opuesto de los dos personajes protagónicos, la parte racional y la parte salvaje. Los recuerdos. La nostalgia. La casa. La neblina que lo confunde todo. Da la sensación, sin forzar demasiado las cosas, que el autor quiere contarnos cómo funciona la cabeza de una persona melancólica encerrada en sus recuerdos. La casa, su cabeza, luchando dentro de ella contra las imágenes que se repiten una y otra vez, deteniéndolo en el tiempo. Como aquellos amigos que cuentan las mismas anécdotas, se hace un silencio, las risas muren despacio y luego alguien paga la cuenta y se retiran del bar en silencio. Entiendo Convivencia en este sentido, veo en ella esa lucha, ese temor de morir sin avanzar, de morir creyendo estar viviendo una vida de aventuras mientras seguimos las reglas de otros, mientras vendemos nuestra libertad para que otros decidan sobre nuestra suerte. El tiempo se acaba, la aventura es ahora, el resto, queridos amigos, es solo ausencia.     

 

Lucas Itze.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO GALETTINI

 


Nacido en Buenos Aires, fue asistente de dirección en La tregua de Sergio Renan, la primera película argentina nominada al Oscar en el año 1975. En ese mismo año dirigió su primer film: Las sorpresas, una película de tres episodios junto a Luis Puenzo y Alberto Fischerman. El segmento de Galettini se tituló Corazonada. Un año después y en solitario, filma Juan que reía, con un gran elenco como Luis Brandoni, Luisina Brando, Federico Luppi, Enrique Pinti, entre otros. La historia de un vendedor de vinos que quiere ascender, pero que cuando le roban su auto (un Citroen 2cv), que no está asegurado, empieza una curva descendente inevitable. En 1979 dirige Cuatro pícaros bomberos, sobre unos bomberos que se ven involucrados en la estafa a un empresario de la carne. Ese mismo año dirige también La aventuras de los paraguas asesinos, donde los ya clásicos Tiburón, Delfín y Mojarrita, intentan luchar contra unos criminales. Este film, y los dos siguientes (Los superagentes y la gran aventura de oro, y Los superagentes contra todos), han sido calificadas como propaganda ideológica a favor de la Última dictadura.



En 1983 filma Se acabó el curro, sobre dos típicos chantas que quieren estafar a un turista peruano en medio de la especulación financiera de la época. En 1984 dirige Los tigres de la memoria, la historia de Carlos, quien buscando noticias de sus hijos exguerrilleros, acepta colaborar con su restaurante en una red de traficantes de drogas. En 1986 llega Seré cualquier cosa, pero te quiero, sobre una mujer de 40 años que se enamora de un fontanero. A partir de 1987 empieza con una serie de clásicos que conocemos todos, con cuatro nombres asociados a sus películas: Emilio Disi, Berugo Carámbula, Alberto Fernandez de Rosa Gino Renni, sumados a Paolo el Rockero, empezaban sus aventuras Los matamonstruos en la mansión del terror, que luego prosiguieron en Los bañeros más locos del mundo 1 y 2, y Los pilotos más locos del mundo.



También aparecieron clásicos como Las locuras del extraterrestre, y las 4 partes de Los Exterminaitors con la dupla Disi-Francella. Entre todas esas películas cómicas filmó en 1991: Charly, días de sangre, la historia de un joven con problemas (Fabián Gianola) que es llevado a una quinta donde murió quemado su hermano. La idea es disfrutar de un fin de semana agradable, pero un asesino serial amenaza al elenco y a la hiperinflación por entonces reinante. Vuelve un poco a las fuentes con Convivencia, donde gana el Condor de Plata a Mejor Película en 1993. La historia de dos amigos que viven en el Tigre, uno es porteño (Brandoni), el otro español (Sacristán), pero de repente aparece una chica (Dopazo), que amenaza con romper la amistad. En 1996 llega Policía corrupto, donde Romero es un policía de la división antinarcótico. Es ambicioso y no tiene escrúpulos y se mueve en un oscuro mundo de prostitutas, narcotraficantes y políticos. Todo se pudre cuando Romero se queda con un vuelto importante. El film estuvo teñido de escándalo al recibir un alto subsidio, luego incluso de haber sido declarado como "sin interés". El director renunció en el primer día de montaje (en los créditos figura un seudónimo); y la productora le inició juicio a Gerardo Romano, quien declaró: "esta debe ser la peor película argentina en años". Ese mismo año dirige Besos en la frente, y dos años después le encomiendan dirigir la segunda parte de Dibu, la exitosa serie argentina para chicos.



En 2003 llega Ciudad del sol, la historia de Manuela, una estudiante que empieza a encontrar los porqué del suicidio de su madre, en un pasado celosamente guardado, con un elenco importante como Darío Grandinetti, Jazmín Stuart, Leonor Manso, Luis Luque, Nicolas Cabré, Patricio Contreras, entre otros. Su último film fue La patria equivocada, en 2011, en la que Clarita se enamora de Clorindo y abandona su bien posicionado hogar para dedicar su vida a su marido, desertor del ejército, y a sus ideales. Luego de la muerte de Clorindo, busca otro destino para su hijo. Los descendientes de esta familia, irán recorriendo la historia de la construcción de la Argentina atravesada por el orgullo, la pasión y la venganza. Con Juana Viale como protagonista.

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Convivencia

Año: 1993

Duración: 97 min.

País: Argentina

Dirección: Carlos Galettini

Guion: Carlos Galettini, Luisa Irene Ickowicz

Reparto: Luis Brandoni, José Sacristán, Cecilia Dopazo, Betiana Blum, Víctor Laplace.

Música: Oscar Kreimer

Fotografía: Félix Monti

 

PELÍCULA COMPLETA

jueves, 14 de noviembre de 2019

UN LUGAR EN EL MUNDO



SINOPSIS

Ernesto hace un viaje a la provincia argentina de San Luis, a un remoto pueblo en un valle puntano, para recordar su infancia y las circunstancias que han determinado su vida: sus padres se habían exiliado voluntariamente de Buenos Aires para vivir en una comunidad campesina. La llegada de un geólogo español, contratado por el cacique local para buscar petróleo, representa una amenaza para la forma de vida de los campesinos. (FILMAFFINITY)

EDITORIAL

Estamos aquí, hoy, en este mundo. En este mundo donde nada es lo que parece y todo resulta cuestionable. En donde la revoltosa mano de un niño o una niña ensaya alegremente los garabatos que mañana crearán las leyes que enjaulen su propia libertad. Sí, claro, aquí, en donde estamos cagados de miedo y vale más un auto que un hermano con frio y hambre, y más aún que cualquier sentimiento profundo capaz de entregarnos vulnerables sobre las oscuras orillas de la locura. Aquí donde alguna vez entendimos que solo hay ahora y que el resto es un relato, un triste acercamiento cargado de mentiras, una mala foto condenada a los enredados vericuetos de quien la narra. Aquí, donde los que ayer se aventuraban al heroísmo de mares embravecidos, a la ferocidad de batallas desiguales contra bestias infernales, hoy caminan solos y encorvados, con sus ojos ciegos de nostalgia y sus sueños derrotados bajo el espantoso puño de un salario. En este mundo, sí, al que hemos enfermado con la agria saliva de nuestro egoísmo, al que hemos devastado con la autoritaria mano de nuestras guerras y nuestras estúpidas ambiciones. Sí, aquí, hoy, en este mundo. ¿Pero cuál es realmente nuestro verdadero mundo? Digo, aquel desde donde construimos y destruimos, aquel desde donde significamos y nombramos, aquel donde matamos o morimos. 


Ese mundo sos vos. Ante todo esto, tan inaprensible y fugaz, tan lejano y distante, nuestra aventura en este lio, en aquel juego al que llamamos existencia, no es otra más que la del autoconocimiento. Saber quiénes somos, aquí, hoy, no es poco. Apartar las cortinas de lo establecido y de lo impuesto para descubrir nuestro deseo es volver a mirar al mundo y saberlo nuevo. La tarea, por cierto, no será fácil y el bosque por lo general será oscuro y tenebroso. Pelearemos contra nuestros propios fantasmas y aquella será la peor de nuestras batallas. Pero entonces llegara la mañana y algunos se abrazaran a esos soles festejando su victoria. Llevaran así una vida somnolienta y miserable, atesoraran solo una anécdota y se abrazaran a ella celosamente porque será la única prueba de su paso por el mundo. Otros, entenderán que no hay victoria. Que el objetivo de nuestra existencia es la desestabilización de toda neutralidad instalada, la ebullición misma de toda calma aparente. Esa será nuestra militancia. Allí encontraremos nuestro único lugar en el mundo.

Lucas Itze.-

Canción elegida para la editorial


IMPRESIONES SOBRE UN LUGAR EN EL MUNDO


De chico soñábamos con ser grandes. Nuestra inocencia no nos permitía percibir todo lo que había a nuestro alrededor. Ver a nuestros padres o abuelos trabajar horas para poder darnos algún gusto cada tanto, era para nosotros algo natural. A medida que avanzamos en este camino llamado vida nos daremos cuenta que no todo es tan simple. Mientras vamos tomando nuestras propias obligaciones, entenderemos que en este juego son muchos más los que pierden que los que ganan. Y cuando ellos ya no estén, hundidos en el dolor, recordaremos todo lo que heredamos. Aparecerán entonces los valores, la humildad, la preocupación por el otro y el ir siempre con la verdad como pautas que forjarán nuestro ser y nuestro destino. Ese destino que estará ligado también a un punto de partida. Un lugar que será la marca que llevaremos siempre dentro de nuestro pecho. Ese lugar al que como dice el tango, siempre estaremos volviendo, aunque nunca nos hayamos ido. Será el gran Adolfo Aristarain el que nos recuerde de dónde venimos, a donde vamos y que queremos ser. Será Un lugar en el mundo, un film que nos llevará a reflexionar, mientras nuestros ojos se humedecen en un segundo. 


Estaremos ante un drama rural muy bien logrado. La cinta abrirá con esos caminos de tierra muy propios de nuestro país. Una ruta en el medio de la nada, un campo con animales y de repente el relato de una voz en over que se entremezcla con la música desoladora que suena de fondo. La llegada de un joven al pueblo después de muchos años, será la forma de empezar a contar la historia. En esos primeros minutos, la cámara se posará generalmente detrás del personaje, como indicando que vendrá por su pasado. A partir de allí, el guion romperá la linealidad para iniciar un racconto donde veremos al joven unos años antes, siendo un pre adolescente. Un tren que se acerca a toda velocidad romperá con la monotonía del relato. Del otro lado, el joven con un carro a caballo intentará cruzar antes que la locomotora, mientras la cámara lo sigue con un pequeño travelling. La banda sonora nos envolverá sin darnos cuenta. El montaje nos llevará de una imagen a otra sin pestañear. Será un film donde la cámara estará puesta siempre buscando el mejor plano. Habrá planos abiertos para mostrar la inmensidad del pueblo, cercano a la cordillera. Y servirá para destacar la soledad y el aislamiento. Mientras que en el interior, el encuadre se situará en planos medios o primeros planos. 


La fotografía de Ricardo DeAngelis servirá una paleta de colores otoñal, reflejando la monotonía del lugar pero a su vez ensalzando la belleza pre cordillerana. Llegará entonces la presentación de los personajes, con Ernesto (Gastón Batyi) como el hijo de la pareja formada por Mario y Ana, interpretados de manera magistral por Federico Luppi y Cecilia Roth, maestro y médica en un pueblo donde la pobreza gana la partida. En un principio veremos la llegada de Hans (José Sacristán), tiempo después nos enteraremos que es un geólogo español contratado por el intendente del pueblo y será vital en el desarrollo de la trama. El director nos entregará un film que será un espejo desolador de la Argentina de los ´90. La falta de insumos médicos, la pobreza en los pueblos rurales, la des alfabetización fueron temas estructurales que hundieron al país en esos primeros años de democracia. La llegada de capitales extranjeros y las ventas de tierras al mejor postor terminaron de dinamitar la calidad de vida de los habitantes, que trabajaban por migajas para servir a los terratenientes de turno, que volvían a mostrar al campo como el enemigo interior. Serán Mario y Ana, exiliados durante la dictadura y repatriados luego, quienes intentarán llevar un poco de esperanza al pueblo. 

Será Ernesto, casualmente llamado como el Che Guevara, quien intente seguir el legado de su padre. Y será Hans, alguien que se define a sí mismo como vendido al mejor postor, el que terminará cautivado por la familia. El sólido guion y los destacados diálogos no serían lo mismo sin las maravillosas actuaciones del cuarteto protagonista ni de los secundarios de lujo. Habrá una lucha de poder y sufriremos como Mario al ver como sus empleados y vecinos compran espejitos de colores, quizás porque sabemos cómo termina la historia. Nos quedaremos en silencio cuando el mismo Mario destruya su propia cooperativa. Pero lo entenderemos. Porque también estamos cansados de verlos triunfar a los déspotas de siempre. Y entonces tendremos la misión de comerles el hígado, como dice Hans, para luego levantar la bandera del honor y la ilusión por un mundo mejor. Un mundo que no sabemos si aún existe pero que añoramos la utopía de encontrarlo. Quizás nosotros nunca lo veamos. Quizás nuestros hijos o nietos puedan ser testigos de ese mundo nuevo por el que tantos cayeron peleando. En el silencio del más allá, seguiremos conversando con nuestros viejos queridos para confirmar que estamos en el rumbo correcto. Solo así brindaremos con la copa en alto para que las utopías alguna vez se transformen en realidad, sabiendo que encontraremos ese lugar.
                   
Marcelo De Nicola.-

Canción post impresiones


UNIVERSO ARISTARAIN


Nacido en el barrio porteño de Parque Chas el 19 de octubre de 1943, desde muy chico se interesó por el cine y prefirió no terminar sus estudios para ganarse la vida dando clases de inglés (idioma que dominaba muy bien) y tener tiempo libre para concurrir a los rodajes. Tras un pequeño papel de extra en Dar la cara (1961), de José Martínez Suárez, se marchó por unos meses a Brasil, donde trabajó en un laboratorio que doblaba series norteamericanas. A mediados de los 60 ya trabajaba con continuidad en el cine argentino, primero como meritorio y luego como ayudante de dirección. Unos años de exilio en Europa le permitieron ponerse a las órdenes, en carácter de asistente de dirección, de realizadores como Mario Camus, Giorgio Stegani, Vicente Aranda, Sergio Leone, Lewis Gilbert, Gordon Flemyng y Peter Collinson. En 1974 regresó a la Argentina con la intención de dirigir su primer largometraje. Aquí fue asistente de Daniel Tinayre y Sergio Renán entre otros. Cuatro años después de su llegada, pero pudo dar a luz un policial, La parte del león (1978), que sorprendió por su calidad y por abordar un género bastante inusual para la época en la Argentina, donde la censura impuesta por la dictadura militar no permitía el tratamiento de ciertos temas. La historia giraba en turno a un hombre común que se encontraba una suma de dinero en una terraza y los ladrones originales empiezan a buscarlo. La película fue un fracaso comercial, pero su solidez narrativa le brindó al director el reconocimiento del ambiente cinematográfico y la productora Aries -la más grande del país por entonces- lo contrató para dirigir dos films de una serie de musicales -La playa del amor (1979) y La discoteca del amor (1980)-, comedias livianas de poco relieve que le dieron dinero como para sortear los años difíciles y le valieron el cuestionamiento de la crítica, ambos con Cacho Castaña como protagonista, que venía de realizar Los éxitos del amor y La carpa del amor. En 1981 realizó Tiempo de revancha, film que refleja los conflictos sociales y laborales de la realidad argentina a través de la historia de un obrero ex-sindicalista, especialista en explosivos, quien frente al poder de un grupo financiero desarrolla un agudo juego. Logró el premio a la mejor película en los Festivales de La Habana y Montreal. 


La trilogía de buenos policiales la cerró en 1982 con Últimos días de la víctima, adaptación de la novela de José Pablo Feinmann en la que brilla Federico Luppi en el papel de un asesino a sueldo. De regreso en España, dirigió en 1983 una miniserie de ocho capítulos para Televisión Española, Pepe Carvalho, un producto atípico por su audacia. De nuevo en la Argentina, se hizo cargo de un film para los estudios Columbia que no quiso estrenar en el país: La extraña (The Stranger), sobre una mujer que despierta en un hospital sin acordarse de nada. A propósito de ella, declaró en una entrevista en el año 2013 en el periódico La Nación: "A excepción de la que hice en Estados Unidos para Columbia, que fue un espanto, recuerdo todo mi cine con enorme afecto." Tras el naufragio de varios proyectos, Aristarain volvió al éxito con Un lugar en el mundo (1991), un obra diferente en su filmografía sobre un matrimonio de ideas socialistas que se instala en un pequeño pueblo argentino para crear un proyecto corporativo y verlo fracasar a la par de sus ideales. Protagonizado por su actor fetiche, Luppi, Un lugar en el mundo le valió al director un gran reconocimiento y el máximo premio en el Festival de Cine de San Sebastián. Allí en España le financiaron su siguiente proyecto, La ley de la frontera (1995), una festejada película de aventuras que sirvió para comenzar a introducir a Luppi en el cine hispano, sobre dos niños criados en la frontera entre España y Portugal y que se reencuentran después de 20 años  Y también allí realizó, en coproducción con Argentina, Martín (Hache), con Luppi, Eusebio Poncela y Cecilia Roth. Historia de una familia dividida por los rencores y la distancia -la madre vive en Argentina, el padre en España y el hijo navega entre ambos mundos-, es la obra más descarnada y -para muchos- personal del cineasta. Una película que fue un éxito en España. 


Luego llegó el turno de Lugares comunes, una vez más con Luppi, en este caso acompañado por la española Mercedes Sampietro. El film trabaja nuevamente sobre las relaciones familiares (sobre todo, padre e hijo), con un contexto político-social muy evidente como trasfondo. Su último film llegó en 2004, hablamos de Roma, la historia de Joaquín Goñez , un escritor argentino que vive en España hace más de veinte años y contrata al joven Manuel Cueto para que lo ayude a escribir su autobiografía. La relación entre ambos se afianzará a medida que la película cuente, mediante flashbacks, la vida de Goñez cuando era joven en Buenos Aires y su relación con Roma, su madre…

FICHA TECNICA

Título original: Un lugar en el mundo
Año: 1992
Duración: 120 min.
País: Argentina
Dirección: Adolfo Aristarain
Guion: Adolfo Aristarain, Alberto Lecchi (Historia: Adolfo Aristarain, Kathy Saavedra)
Música: Emilio Kauderer
Fotografía: Ricardo de Angelis
Reparto: Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Leonor Benedetto, Gastón Batyi,  Mariano Ortega, Rodolfo Ranni, Lorena del Río, Hugo Arana, Mario Alarcón