SINOPSIS
David Locke (Jack Nicholson) es un desilusionado
periodista que emprende una peligrosa investigación sobre las intrigas
políticas internacionales que facilitan la implantación de regímenes
dictatoriales en algunos países africanos, lo que le hará vivir situaciones muy
arriesgadas. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
El diario está ahí, arriba de la mesa. Alguien lo ojea al pasar, pero nada llama la atención. Son las mismas noticias de mierda de hace tiempo. El mozo mira de reojo y el espejo le devuelve otra mirada. Las mesas llenas, el aroma a café entremezclado con las minutas de turno. Los chimentos de los viejos que venían siempre los jueves al mediodía. Hoy ya ninguno viene, cada tanto aparece alguno para ver que todo sigue ahí, donde lo dejaron. Se le pianta un lagrimón cuando piensa en todos los pedidos que tenía que sacar a las corridas, pero sólo la propina ya le salvaba el finde. Diarios hay menos, hoy todo está detrás de las pantallas. El televisor vomita todo su odio contra los laburantes. Una vez más, como congraciándose con el policía de turno que fajará a alguien dentro de unas horas. Pensar que alguno de esos azules alguna vez pidieron algo de arriba por acá, como de costumbre, rememora. Y, piensa para sus adentros, que también tiene algo de culpa porque en algún momento lo convencieron. Vuelve a mirar el espejo que lo lleva a esos fines de semana caóticos pero felices. Las charlas con Tito, el diariero de la esquina. El pobre viejo tuvo un ACV y no lo vio más. Sus hijos reventaron el puesto de diarios y cambió hasta la fisonomía de la cuadra. Cuadra que llegaba hasta la esquina con gente esperando, quejas por la demora, por los lugares, siempre alguno con más ganas de discutir que otro.
El
espejo se vuelve a deformar. Muchas sillas fueron cambiadas por esas banquetas
incómodas que no sirven para nada. El eco del televisor vuelve a retumbar, los
compañeros lo miran, cada uno en su mundo. Los gritos vienen de la calle.
Siempre alguien a punto de pelear, parece que todo está por estallar en
cualquier momento. Bocinas, insultos, algún vidrio roto. Cosas de cada semana. A
veces viene un tipo diferente, con relojes y cadenitas de oro. Lentes oscuros. Entrado
en canas, siempre con un buen traje para la ocasión. Lo espera un auto siempre
enfrente, el chofer mira a ambos lados, el señor baja. Entra como mirando con
asco, pide siempre lo mismo, está unos 40 minutos mientras charla por el
celular y se va… El mozo fantasea por un momento ser él… cambiar de cuerpo sólo
por unas semanas o, aunque sea, unas horas. ¿Se irá a un country o un hotel de
lujo? Se pregunta… Y así empieza a imaginar sus autos, sus conquistas, sus
viajes. Yo haría lo mismo, pero trataría mejor a la gente, le confiesa a su
compañero de confianza. Quizás no quiere ser él, quizás quiere desaparecer por
un momento y disfrutar desde otro lugar. Quizás anhela, como todos nosotros, que ser
pasajeros de nuestro propio destino, alguna vez tenga recompensa…
Marcelo
De Nicola.-
Canción elegida para la editorial
IMPRESIONES
SOBRE EL PASAJERO
Hay algo de mí que me hacer ser yo y no otro. Hay algo que me distingue inevitablemente del otro, una esencialidad, un algo propio que pareciera sostenerse en el tiempo. Si doblo una esquina cualquiera y me encuentro 30 años después al negro Becerra, por más calvicie que ostente, por mucho bigote que porte para compensar, por más que oculte al pibe que fue en el patético disfraz del saco y la corbata, sabré de inmediato, sin ninguna duda, que el tipo delante mío es el negro Becerra. ¿Por qué? ¿Cómo se da este fenómeno? Su esencia lo delatará, su mismidad, su “lo suyo propio” estará ahí para gritarme fuerte en la cara que fue él quien cerraba bares conmigo hace ya tantos años sin decirme siquiera una palabra. La identidad del negro lo revelará como un truco mal hecho. Pero ¿Qué es la identidad? Pareciera ubicarse, por lo recién dicho, en el plano de lo físico, de lo visible. Pareciera relacionarse con lo inmutable, con lo constante. Pero si observamos atentamente por un instante, si reflexionamos con cierta agudeza, el cuerpo muta, se degrada y siente. El empirista David Hume decía que las impresiones no nos proporcionan la existencia de una substancia que contiene las cualidades percibidas por los sentidos. No hay una impresión de un “yo”, y, por ende, no hay idea de un “yo”. No se puede atrapar al “yo”, solo tenemos percepciones. La búsqueda de la identidad es siempre también una búsqueda sobre la verdad. El cuerpo se muere, entonces allí no puede estar la verdad. Identidad es una palabra que deriva del termino latino IDEM, o sea, lo mismo. Buscar la verdad, buscar la identidad de las cosas es realizar un viaje hacia aquello estable e inmutable, hacia un mundo, claro, que no es este que percibimos, el nuestro.
Platón en el desarrollo de todo su pensamiento buscó sostener y argumentar la idea de la existencia de una realidad objetiva e inamovible, de un absoluto, de una realidad realmente real. El filósofo la halló, pero no en este plano, ejemplo de esto es el famoso cuadro de Rafael, La escuela de Atenas, donde Platón es representado señalando hacia arriba, hacia el plano celestial. Ese era para el filósofo el lugar donde lo real resida. Platón sacó a la verdad, a lo real del plano corporal por ser deficiente, mutable, degradable y sensible y la ubicó allí en el mundo de las ideas, de lo incorpóreo. Introdujo entonces el concepto de alma y le dio forma a aquella idea que ya todos conocemos como dualismo ontológico. El alma es lo verdadero y el cuerpo es la cárcel del alma. Lo sensible, lo que percibimos es solo una resonancia, un reflejo de aquello absoluto y real. Por otro lado, podemos pensar a la identidad como un cúmulo de historia. El pasado, queramos o no, nos condena a una identidad. El consultorio de cualquier psicólogo se nutre de esta idea y del conflicto que esta conlleva. El tedio del absurdo nos explicará Camus en su libro El mito de Sísifo nace en la forzada búsqueda de una estabilidad, de una continuidad, aun bajo la pesada conciencia de que la existencia es una inestabilidad insoportable. Construimos identidad sobre la centralización narrativa de experiencias pasadas, pero también sobre la narración especulativa de lo que se continuará siendo. Allí el síntoma. Buscar una identidad es matar la sorpresa. Imagínense cambiando de carrera universitaria dos o tres veces. De dejarla para siempre, de dejarlo todo para siempre, como Alexander Supertrump para encontrar un yo que finalmente es un X vacía, para encontrar que ese yo es una maldita construcción en constante conflicto.
Ahora bien, buscar una verdad es también buscar un absoluto. ¿Cómo construir una unidad sino de manera ficticia? ¿Cómo construir historia, pasado, registro verdadero? La idea de unidad se logra siempre a través del ejercicio propio de la memoria, después de todo es la memoria la que nos unifica en lo que somos, pero ¿hay algo que sea menos corrompible y subjetivo que la memoria? En tiempos de posverdad, donde las nuevas tecnologías que supuestamente venían a aportar felicidad a las vidas humanas hoy son el lobo del hombre, donde la inteligencia artificial se nos escapa de las manos a cada segundo, emancipándose temerariamente, tomando una peligrosa autonomía de las que pocos toman real consciencia, pregunto: ¿en qué lugar ponemos hoy a la verdad sabiéndola constructo directo del poder real? Michelangelo Antonioni hará una suerte de ensayo respecto de estas ideas en su film El Pasajero. El relato girará en torno al personaje representado por el siempre genial Jack Nicholson, David Locke, un reportero que estará realizando un documental en África sobre la dictadura en un país de aquel continente. En el viaje, formará una amistad con un pasajero llamado Robertson, con quien entablará una charla sobre la vida que grabará en una cinta de audio. Allí le contará su crisis existencial, el hartazgo respecto a su profesión de reportero, su conflicto con la verdad y lo creíble de las noticias que las personas consumen. Al llegar a África, David encontrará a Robertson muerto en su hotel y reparará en su parecido físico. Es allí donde decidirá cambiar identidades. La locación no será azarosa. Recordemos que la mayoría de los escritores malditos tenían como destino África para realizar un viaje interno, introspectivo. Este será el viaje que comenzará David, ahora Robertson.
Pasará
el umbral, tendrá un ayudante e irá construyendo y descubriendo una vida y una
identidad nueva mientras escapa de su antiguo yo que lo persigue con
vehemencia. La fotografía trabajará planos generales y jugará las distintas
etapas del personaje remarcándolas con diferentes paletas de colores. Algunas
secuencias trabajarán el blanco y el verde agua, otras buscarán el contraste
con el color rojo. El conflicto que trabajará Antonioni será claramente interno, el cual será el más fuerte, ya
que habrá otro externo evidente que se desarrollará en la situación marco
dentro del género policial. Avanzará de manera lenta y llegaremos aquí a la
famosa definición que dice que Antonioni
narra donde Hollywood elipsa. Pura realidad. Usará el director esos tiempos
para ocuparse de sus personajes, de lo que sienten, de lo que sucede en su
interior, de lo que dicen sin decirlo, de lo que hacen sin hacerlo. El film
será cíclico y nos regalará uno de los mejores planos secuencia de la historia
del cine. Más allá de las puestas de cámara de todo el film que responden a una
inteligencia superior, a una economía de movimientos sutilmente diseñada,
llegando al final de la cinta, el director realizará un movimiento de cámara de
una belleza estética única. De una coordinación excelsa. Allí, con una sola
toma, resolverá la historia demostrando que la identidad en definitiva
encierra, limita. Aquel cúmulo de situaciones que demuestra esa cámara que
nunca corta, no sirve para huir de ningún lado. Lo cierto, si es que existe, es
que ningún camino lleva a ningún lado. Tal como dice Don Juan, el único camino válido, es aquel que tiene corazón. Allí
estaremos nosotros, para recorrerlo entero, para descubrirlo y sentir su
latido, para ser en todo su recorrido, un simple pasajero.
Lucas Itze.-
Canción post impresiones
UNIVERSO ANTONIONI
Michelangelo Antonioni nació en Ferrara, Emilia-Romaña el 29 de septiembre de 1912. Hijo de una familia de industriales, creció en una familia humilde pero que mantenía una buena posición social. Antes que el cine, Antonioni se apasionó por la música y el dibujo. Antonioni empezó a escribir críticas en 1936 en el Corriere Paduano, actividad que proseguiría en la revista Cinema. Además de seguir diversos cursos de Letras, se licenció en economía por la Universidad de Bolonia. Se inició en el cine como ayudante de Marcel Carné en la Guerra (como hizo antes Visconti), si bien este no lo acogió bien; pero siempre admiraría la técnica que aprendió con el cineasta clásico francés y su naturalismo negro (lo mismo en parte que Lattuada). Marchó a Roma en 1942, donde cursó estudios en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Cinecittà, durante tres meses, de todos modos, muy importantes para él. Colaboró con Roberto Rosellini y otros grandes directores de la época, hasta que en 1943 rodó el documental Gente de Po, que no vio la luz hasta 1947, y parte del material se perdió durante la Guerra. Después de varios cortos, llegó su primer largometraje en 1950: Crónica de un amor, un melodrama sobre gente de la burguesía. Mismo caso para su siguiente film: La señora de las camelias. Luego siguieron Amor en la ciudad y Los vencidos. Empieza a experimentar con las temáticas sociales en Las amigas de 1955. El grito del año 1957 se convierte en su primera obra maestra y empieza a mostrar su obsesión con el aislamiento, algo que trabajó a lo largo de su filmografía.
A
partir de allí empieza a sacar películas que se convirtieron en clásicos: La aventura (que marca el comienzo de
la colaboración con su musa: Monica
Vitti), La Noche, El eclipse y El desierto rojo, todas con la gran actriz italiana y con actores
de la talla de Alain Delon, Francisco Rabal, Marcello Mastroianni, Richard
Harris, entre otros. Se va a Reino Unido para filmar Blow-Up, basada en un cuento de Julio Cortázar, que se convierte en una de sus obras más
importantes. Sigue con otro clásico como Zabriskie
Point y en 1975 llega El pasajero,
para muchos, su última gran obra. En los ´80 llegan El misterio de Oberwald e Identificación
de una mujer. En 1985 sufre un ACV que lo deja paralizado en parte y hace
que deje por un tiempo de filmar. Tuvieron que pasar casi 15 años hasta que Wim Wenders lo convenza y filmen juntos
Más allá de las nubes. Su última
participación fue un episodio del film Eros
de 2004, que formó parte junto a Wong
Kar-Wai y Steven Soderbergh. Antonioni
falleció el 30 de julio de 2007, el mismo día que el cineasta sueco Ingmar Bergman.
FICHA TÉCNICA
Título original: Professione: Reporter (The
Passenger)
Año: 1975
Duración: 119 min.
País: Italia
Dirección: Michelangelo
Antonioni
Guion: Mark Peploe,
Michelangelo Antonioni, Peter Wollen. Historia: Mark Peploe
Reparto: Jack Nicholson, Maria Schneider, Jenny
Runacre, Ambroise Bia, Steven Berkoff.
Música: Ivan Vandor
Fotografía: Luciano Tovoli























