lunes, 2 de marzo de 2026

IMPERIO - INLAND EMPIRE DE DAVID LYNCH

PROGRAMA 493 (13-02-2026)

 

SINOPSIS

 

La percepción de la realidad de una actriz (Laura Dern) se va distorsionando cada vez más. Al mismo tiempo descubre que, quizá, se está enamorando de su partenaire (Justin Theroux) en un remake polaco inconcluso y supuestamente maldito. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

El telón negro se abre. Ella observa desde atrás del escenario a toda esa gente que espera con cierta impaciencia. Hace algunos pasos y de un pequeño salto traspasa la línea que está marcada sobre el piso de madera. Siente moverse estando aún de pie, entonces levanta la vista y mira hacia los costados, observa con desconfianza ese vagón de subte que la arrastra tiempo atrás. Se nota todo más viejo, aunque ella esté con un vestido de gala carísimo. Los pasajeros la observan con extrañeza, como si fuera un personaje exótico. Luego de algunos minutos y tantas estaciones, reconoce la estación Medalla Milagrosa. Logra bajar antes de que las puertas se cierren. Sube por las escaleras y sale a esa calle sombría, justo debajo de la autopista. Camina unos metros para adentrarse en un complejo de edificios que da a Avenida del Trabajo, como ella siempre la llamó. Una llave escondida en su cartera de lujo abre la puerta del edificio, mientras cuelga otra más añeja. El ascensor no anda y decide subir los seis pisos por la escalera. Una puerta blanca a medio pintar, la espera, incólume. Prueba con la otra llave y entra a ese “dos ambientes” un tanto descascarado. Hay sonidos extraños y aromas que la llevan a un viaje tanto mental como onírico. 



El sonido llega desde esa pequeña habitación. Está rodeada de fotos de Katharine Hepburn, James Dean, la Monroe, Hitchcock y tantos otros. También hay colores, más de los que recordaba. Mientras tanto, una vieja tele de tubo transmite imágenes de una videocasettera que se encuentra conectada abajo. Allí se ve a una niña bailando con un vestido idéntico al que lleva puesto. Descubre caras conocidas. Muchas de ellas, vecinas que ven las flores crecer desde abajo hace tiempo. La habitación se ilumina y ella empieza a bailar en círculo. Esas caras se le aparecen una al lado de la otra y se ríen, con signo de aprobación. De pronto, las luces se apagan y la casa pareciera deformarse. El edificio realiza chasquidos como si se va a venir abajo. La heroína corre y llega otra a vez hasta la avenida, a la que encuentra un poco cambiada pero no detiene su camino. Vuelve hacia el subte, que acelera sin parar en las demás estaciones. No sabe porque, pero la línea E se transformó en la D y la estación 9 de Julio la espera. La puerta se abre y sale a pasos apurados. Empieza a sentir leves murmullos, levanta la mirada y está parada sobre el escenario. La función está por comenzar. Y ahí, en ese lugar, vuelve a ser la reina de su propio imperio…

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción elegida de editorial

 


IMPRESIONES SOBRE IMPERIO

 


De pronto, la primera claridad que tengo, es la librería de venta de usados vista de manera vertical, como si los edificios crecieran de manera infinita hasta el cielo, y los rayos de la rueda de mi moto los atravesara como acribillándolos en todas direcciones. El sol de las cinco de la tarde que cae como un verdugo certero sobre mi rostro. Aquellas dos cosas son lo único claro. Esas dos imágenes, no me dejarán en paz por años. Volverán en sueños, en recuerdos, volverán en silencio. Mi cuerpo comenzó a ponerse tieso como el asfalto. Ya no siento nada. Febrero arde en las calles, la gente inunda la avenida con su andar pesado, agotado y aburrido. Arrastran sus pies, sus caras ni siquiera fingen expresión alguna. Son frías como el gélido dedo de la muerte que siempre recorre mi espalda. Y el sol, aquel puto sol que arde como un bonzo en esa tarde que se derrite como toda esperanza. Aquella primera claridad se apaga de golpe. Mis oídos zumban como un maldito enjambre enfurecido. Mi nariz arde, pero es lo único que siento. Abro los ojos y la luz se ha ido. Siento mi cuerpo caer, descender. Es todo al revés. Sombras. Luces multicolores. La nada. Yo. Yo solo. ¿Y el otro­? Siempre hay un otro. Intento mover el cuerpo, pero ya no me sirve. Las manos clavadas en la espalda como una daga que atraviesa todo lo que soy de lado a lado. Desconfío de mis movimientos, los encuentro viciados, alterados. 



Los encuentro reducidos a espasmos simbólicos. A tristes serpenteos espásticos. Yo ya no soy mi cuerpo. No soy sus movimientos. Solo queda la película. Solo queda la imagen. Aquello que se ve, que los ojos deducen del tiempo y el espacio. Una mujer inmensa atrapada en unas calzas negras, transpira. Intenta cruzar con su perrito por el medio de Boedo. Los autos doblan e impiden su paso. La mujer los maldice con firmeza, con un odio contenido. Un viejo con paso cansino mira su último sol. El ultimo calor sobre su cara. Él lo sabe. De alguna manera yo también. El subte escupe gente como una concha gigante poblando un universo. Una nube con forma de conejo. Nos miramos un tiempo, hasta que la luz se apaga nuevamente. Es siempre difícil confiar en el otro. El otro de por si es hostil. Es todo lo que no soy. Viene por mí. Por lo mío. El otro, por más que acompañe, siempre es trapero y vil. Ese oro con mayúscula, presente desde la ausencia, ausente en su presencia. Esa sombra de otro. Mi mamá dice que me calle, que deje hablar a mi hermano. Guardo silencio. Hay una discusión. La pelea sube de tono y la cena se vuelve un infierno. El viejo se para de golpe, todo es de golpe con aquel tipo tan ajeno, y revolea desafiante el plato sobre la mesa. Ahora nadie habla. Ya no recuerdo lo que quería decir y no me importa, el miedo me enmudece. Mamá lo mira, el viejo se va sin decir nada para no volver nunca más, para no decir nada nunca más. El plato roto sobre la mesa, las migas, un sifón vacío. Mi estómago se cierra volviendo veneno todo aquello que ingiere. Mi estómago se cierra para siempre. 



Todo mi interior se cierra para siempre. Aquel plato roto cierra cualquier conexión con el exterior. Hay un arma que mi viejo apunta a su cabeza y mi mamá se la quita forcejeando. Hay un auto que acelera en una avenida arriesgando la vida de todos y yo lloro, pero solo un poco. Luego me calmo e intento manejar la situación. Mucho después el plato, el plato roto que rompe algo en mí irreparable. El silencio que ordenan. El silencio que cumplo. La librería de usados se nubla. La bota sobre mi cara. ¿Y el otro? ¿Lo sabré alguna vez? ¿Sabré para donde habrá corrido? Las manos de algunos gorditos bien vestidos, con celulares en la mano, señalan San Juan. Buena opción. Todos hubiéramos corrido para San Juan en contra mano. La bota en mi cara. La mosca insoportable zumbado interminable sobre la lancha. Caen tres, cuatro, seis motos azules. Todos quieren su trofeo y yo con el plato roto en mi pecho. Irreparable. Como bien todos sabemos existen varias maneras de armar un relato. Allí la habilidad del cuentista, allí su capacidad de mantener la atención de quien lee o escucha. El arte de la narración posee una complejidad delicada en donde, tal como dice el ensayista Jorge Wagensberg, dentro de aquel binomio comunicacional que se forma entra la obra y el espectador, ambos deben parecerse al menos un poco en su complejidad. Tanto el artista como el consumidor de ese arte, deben poseer una sensibilidad por lo menos similar, una intelectualidad parecida. De no ser así, de poseer alguno de los dos un estado mayor o tal vez menor, el binomio no funcionaría jamás porque advendría, irremediablemente la guadaña mortal del aburrimiento. David Keith Lynch, es un artista complejo, creador de obras complejas, las cuales desafían a cada instante, a cada plano, en cada línea de diálogo, a su público, a su receptor, haciéndolo participe activo, espectador atento, dentro del análisis sintáctico del lenguaje visual por él propuesto.



Hablo aquí tanto de su obra cinematográfica como de su obra pictórica. Lynch es un autor, de eso no cabe ninguna duda. Sus obras son particulares todas. No existe la liviandad en su arte, ni siquiera en las publicidades por él dirigidas. Ingresar en su universo es caer en la madriguera. Es entregarse a un verosímil armado meticulosamente con mano de orfebre. Cada detalle, cada objeto se resignifica en una obra Lynchiana. Allí la labor del espectador, su concentración profunda, aquella profundidad por donde según el propio David hallaremos al pez dorado. allí la similitud de la que antes hablábamos. No cualquiera está dispuesto a jugar su juego, eso es una realidad. No hay piso firme en ninguna obra Lynchiana y eso molesta, eso raspa. Eso levanta gente del cine porque no todos disfrutan de entregarse al viaje, y tal vez esto no esté tan mal. No disfrutan la sorpresa, el desconcierto, el no saber, el no entender o quizás entender pero más tarde. Y cuando digo más tarde hablo tal vez ya terminada la película, semanas, meses después. Tal vez uno llega a la insoportable idea de que no siempre hay que entender todo en un relato, menos si hablamos de cine. Tal vez nos olvidamos de sentir con el resto de todos nuestros sentidos y nos centramos en la lógica causa – consecuencia con la que creemos convivir cotidianamente. Olvidarse de aquello y sentir con todo el resto, eso, mis queridos amigos, también es cine, y me animo a decir que del mejor. Inland Empire, es un deleite para los que amamos el arte de David Keith Lynch. Encontraremos en el relato una similitud sorprendente y guiños constantes a su obra anterior Mulholland Drive. Creeremos distinguir hasta escenarios utilizados en esta última cinta, situación que resignifica automáticamente, para quien descifra aquella pista, al personaje principal. 



Como verán, una película de Lynch pueden ser varias películas a la vez, depende del ojo que interpreta, de la información que el espectador posea, de su similitud con el artista. David dialogará dentro del film con otra obra suya llamada Rabbits realizada 4 años antes (2002) respondiéndose interrogantes realizados en aquel entonces. La película estará construida con ambientes propios de las peores pesadillas, oscuros, siniestros. El sonido tendrá, como siempre, un papel protagónico dentro del film. También lo tendrán las lentes gran angulares y los primerísimos primeros planos y planos cortos que ayudarán a resaltar la gestualidad siniestra de los personajes. Pero volviendo al sonido, las películas de Lynch suenan, narran sonoramente más allá del dialogo. Respiran, están vivas, palpitan. Un relato vivo es un relato bien hecho. No importa la solidez sobre la que caminamos sino la fluidez del viaje. Como Caronte, David nos llevará por la profunda oscuridad de su inframundo, pero no con la sencilla liviandad del alma muerta, sino con la pesada responsabilidad de sabernos vivos.

 

Lucas Itze.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO LYNCH

 


Decir David Lynch es decir surrealismo. Después de un debut en una película animada titulada Seis hombres enfermos en 1966, siguió con un par de cortos, pero no hasta el año 1977 donde se daría a conocer con la rarísima Cabeza borradora, película surrealista y sombría filmada en blanco y negro. Para Stanley Kubrick, una de sus películas favoritas de todos los tiempos. Gracias a esto, atrajo la atención del productor Mel Brooks, quien lo contrató para dirigir El hombre elefante. La catarata de nominaciones y premios que albergó la película (una de las mejores de los ´80), habla a las claras de que Brooks estaba en lo cierto. 8 nominaciones al Oscar (incluído dirección y guión adaptado) y un Bafta a mejor película.



Cuatro años después llegó Dune, su primer fiasco, una multi producción que no tuvo éxito ni en la taquilla ni en la crítica. En 1986 llegó Blue Velvet, lo que terminó de erigir en uno de los grandes directores de la época, otra nominación al Oscar como mejor director, no estuvo nominada a mejor película, a pesar de que Woody Allen, ganador por Hannah y sus hermanas, haya declarado que era la mejor película del año. Después de un par de películas para la Tv, llegó Corazón salvaje, una cinta con críticas buenas y malas pero que le valió la Palma de Oro en Cannes. Luego creó una de las series más aplaudidas de los 90, como fue Twin Peaks (con su película incluida, que fue nominada a la Palma de Oro en Cannes).



En 1997 filma otra obra maestra: Carretera perdida, donde el surrealismo al que nos tiene tan acostumbrado mezclado con el cine negro que pocos como él lo manejan. En 1999 dirige Una historia sencilla, demostrando que Lynch también puede contar historias normales, y hacerlo con gran calidad. Otra nominación en Cannes, un clásico para el a esta altura. El comienzo del siglo XXI lo encontró con otra obra cumbreEl camino de los sueños (Mulholland Drive). Una de las películas más extrañas, pero que demuestra que la marca David Lynch está en su mejor momento. Nueva nominación como mejor director en los Oscar, premio que sí consiguió en Cannes.



En 2006 dirigió INLAND EMPIRE, otra obra surrelista que dejó críticas de las mejores, y también de las peores… A partir de ahí, sólo se dedicó a filmar cortos, y documentales hasta que en 2017 volvió con el cierre de Twin Peaks, titulada el retorno, con la mayoría de los protagonistas 25 años después. David Keith Lynch nos dejó el 16 de enero de 2025, a los 78 años. Y se convirtió en leyenda…

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Inland Empire

Año: 2006

Duración: 176 min.

País: Estados Unidos

Dirección: David Lynch

Guion: David Lynch

Reparto: Laura Dern, Justin Theroux, Harry Dean Stanton, Grace Zabriskie, Jeremy Irons, Diane Ladd, William H. Macy, Julia Ormond.

Música: David Lynch

Fotografía: David Lynch, Odd-Geir Sæther

 

PELÍCULA COMPLETA

miércoles, 25 de febrero de 2026

LA FUENTE DE LA DONCELLA - JUNGFRUKÄLLAN DE INGMAR BERGMAN

PROGRAMA 491 (12-12-2025)

 

SINOPSIS

 

Suecia, siglo XIV. Como cada verano, una doncella debe hacer la ofrenda de las velas en el altar de la Virgen. El rey Töre envía a su hija Karin en compañía de Ingrid, una muchacha que odia a Karin en secreto. Antes de cruzar el bosque, Ingrid se detiene y abandona a la princesa, pero la muchacha prosigue su camino y se encuentra con unos pastores, aparentemente afables, que la invitan a compartir su comida. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

Si de algo estamos seguros es que lo que ya ha ocurrido se mantiene melancólico e inalcanzable en el pasado y que aquello que proyectamos, eso que soñamos y añoramos lo depositamos en un futuro lejano e improbable. Lo único real es, tal como decía Borges, el ápice vertiginoso del presente. Aristóteles, por su parte, sentencia respecto del tiempo que lo que ha sido ha sido. Que el pasado es imposible de modificar. Ni los dioses tienen el poder sobre aquello. Desde este humilde espacio nos aventuramos a discrepar con el pensador. Quizás desde nuestro agnosticismo podamos ver la situación desde otro punto de vista, con otros cercos que guíen nuestra mirada y dudar sobre la afirmación aristotélica y creer que aquello que ilumina nuestro presente puede resignificar nuestro pasado de manera significativa. Todo pasado se resignifica por un hecho presente y no necesitamos ser dioses para lograrlo. Pensemos en una traición repentina, inesperada. Instantáneamente modifica el significado de toda una historia lo queramos o no. 



Esto quiere decir, Aristóteles mediante, que una acción puede ahondar tan profundo en nuestro ser que puede cambiar el sentido de todo aquello que somos, de todo aquello que fuimos, y rearmarnos de forma tan diferente para tomar caminos que jamás imaginaríamos que fuéramos capaces de tomar. La fragilidad de nuestra existencia queda expuesta en el grano de arena que acaba de caer. La muerte es quizás lo único irrefutable. Aquello que ninguna acción puede modificar. Y ese es el origen trágico de todas nuestras angustias, el saber que no saldremos vivos de este valle donde las malas noticias sobran y los buenos siempre llegan tarde. Dormir... tal vez soñar! -¡Ay! allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte! Se preguntaba el príncipe de Dinamarca en medio de su conflicto moral y al mismo tiempo abriendo la duda sobre el más allá. Nuestra respuesta no es la más esperanzadora pero si tal vez la más honesta. No hay sueño, hay nada, mentira toda otra verdad. La muerte es el último verso, el punto final. Y si después de la vida no hay nada, hagamos de esto, queridos amigos, algo injusto.

 

Lucas Itze.-

 

Canción elegida para la editorial

 


IMPRESIONES SOBRE LA FUENTE DE LA 

DONCELLA


 

Había una vez una tierra, un mundo, donde cada uno creía en su Dios. La gente le llevaba afrentas, le rezaba y armaba sus propias fiestas y rituales. Un día, alguien bajó de un barco y se llevó por delante todo. Arrasaron no sólo con la tierra sino también con las mujeres y niños. Llegó la violencia, llegó “la misión”. Todavía en ciertas zonas de nuestro propio país, quedan algunos recuerdos de lo que alguna vez fue. Un genocidio. Primero bajo el nombre de “descubrimiento”. ¿Quién descubrió a quién? Los nuevos les pusieron nombre y los echaron y masacraron. Con el paso de los siglos todo siguió su curso. Desde la guerra de la triple frontera hasta la infame “Campaña del Desierto”. Y así como pasó acá, se sucedió en diferentes partes del mundo. O sino, como fue que se dividieron África las potencias, trazando líneas y partiendo tierras y etnias que contribuyeron a décadas de masacres entre pueblos… La llegada del cristianismo y el judaísmo, sirvió para seguir ejerciendo el poder sobre otras religiones. A partir de ahí, cualquier persona que profesara un culto a una religión que no sea una de esas dos, era considerado “pagano”. Así los cristianos llegaron también a los países nórdicos. 



En Suecia se empieza a introducir alrededor del año 1200 y en el 1216 la Santa Sede reconoce al país como cristiano, de hecho, en 1249 se produce la primera cruzada sueca contra los fineses paganos. Atrás, quedan las historias de los vikingos y sus dioses nórdicos como Thor, Freyja, Loki u Odin. Y este último será justamente un nombre importante en el film del maestro Ingmar Bergman llamado La fuente de la doncella, donde mostrará esa lucha de poder entre cristianismo y paganismo. La película abrirá con un plano americano de una bella mujer que enciende un fuego. La cámara la sigue lentamente desde una distancia relativamente cercana, para no perdernos detalles. Luego ella realiza plegarias al dios Odín, y en la siguiente escena una mujer reza ante Cristo en la cruz. En esas dos primeras escenas, Bergman marca la lucha entre esas dos fuerzas opuestas. La película está ambientada en el siglo XIV y está basada en una antigua balada sueca recopilada en la tradición oral del siglo XIII, que dice “donde muere una doncella aparecerá un manantial”. El guion de Bergman llevará la curva dramática de los personajes de manera lenta y pausada. Todos los protagonistas se lucirán frente a cámara. 



Estaremos como siempre en su filmografía, ante unos planos soñados. Trabajará con planos generales para mostrar la belleza natural del paisaje o los lugares donde viven. También utilizará los primeros planos para mostrar la inocencia, la ira o el dolor de sus personajes. La fotografía en blanco y negro servirá como un mapa de época. Se manejará con lentos travellings para mostrar la calma y serenidad del lugar, pero lo contrarrestará con algunos movimientos bruscos en los momentos de violencia y tensión. Habrá algunos planos detalle de objetos que se repiten a lo largo del film, como el agua o las velas. La película nos muestra la relación entre Töre, el dueño de la granja, con los miembros de su familia: su esposa Marëta, su hija Karin y su hija bastarda Ingeri, quien está embarazada y convive como criada. Será ella, que representa el resentimiento y la marginalidad, la que invoque a Odin clamando venganza contra Karin, quien encarna a la doncella, como símbolo de inocencia y pureza. Tendremos una especie de aviso medio encriptado que parece sin sentido, en una charla entre madre e hija sobre cuántos hombres la sacaron a bailar y la madre cortará la anécdota luego del tercero. 



Se acerca el Viernes Santo y la bella y virginal Karin debe llevar las velas al altar de la Iglesia, que servirán como ofrenda para la Vírgen. Ingeri la acompañará durante parte de ese trayecto donde la naturaleza se dividirá entre vegetación y arroyos. Allí le hablará de sexo y también le avisa que alguien puede abusar de ella, pero Karin responde que se podría escapar. Luego de un parate, Karin seguirá su camino sola en el bosque, símbolo en esos tiempos de tierras sin ley, donde la vegetación será más abundante y todo parece más enigmático. Allí aparecerán tres pastores, dos hombres y un niño, quienes la invitan a compartir la comida. El viaje se transformará en tragedia, ante la escondida mirada de Ingeri que no hará nada. El film seguirá su curso, habrá venganza, más muerte y nos quedará un milagro para el final. Será en ese final donde empezarán las preguntas, la madre echándose la culpa por querer a su hija más que a Dios, el padre preguntándole porque permitió que pasara todo lo que pasó… Será el momento de la duda, algo ya clásico en el cine del director sueco. Nos dejará siempre preguntas sin respuestas, sobre todo si pensamos si obraríamos igual que el padre en una situación así. Quizás, nadie tenga la respuesta concreta mientras otros le empezamos a decir adiós a Dios.

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO BERGMAN

 


Hijo de un pastor luterano y de una dominante madre de origen valón, Ingmar Bergman nació en el seno de una familia muy estricta, en la que la buena conducta y la represión de los instintos se consideraban virtudes. No resulta pues extraño que, tanto él como su hermana Margareta, se refuguaran en un universo imaginario: juntos compraban trozos de película para el proyector familiar y construyeron también un teatro de marionetas. Bergman no contaba aún veinte años cuando dejó a sus padres para instalarse en Estocolmo. Desde entonces, se dedicó al teatro universitario y fue en esta época, entre finales de los 30 y comienzos de los 40, cuando entabló amistad con Erland Josephson y Vilgot Sjöman. En 1942, tras el estreno de una de sus obras, La muerte de Punch, Bergman fue invitado a formar parte del equipo de guionistas de la Svensk Filmindustri, donde pasó dos años revisando guiones, mientras seguía escribiendo obras favorablemente acogidas por la crítica. Ya su primer guión, Tortura, llevado a la pantalla por el importante cineasta sueco Alf Sjöberg, se basa en un recuerdo personal: el terror que inspirara a Bergman uno de sus profesores, que le hizo objeto de todo tipo de vejaciones y engaños en Estocolmo. Al año siguiente, 1945, la Svensk Filmindustri ofrece a Bergman la oportunidad de dirigir su primera película, Crisis, adaptación de una obra danesa cuyo protagonista, como en casi todos sus primeros trabajos, es un alter ego apenas encubierto del autor, que expresa así sus temores, ansiedades o aversiones o aspiraciones personales. Ese mismo año también dirigió Llueve sobre nuestro amor. Si Barco hacia la India (1947) y Puerto (1948) son perfectamente representativas de este periodo, las dos últimas obras de esta década, La sed (1949) y Hacia la felicidad (1949), muestran una nueva preocupación en Bergman, que aborda el tema de la pareja enredada en una lucha sin cuartel. Prisioneros el uno del otro, los amantes protagonistas de sus películas se entregan a un combate cuerpo a cuerpo, un torneo oratorio despiadado con evidentes resonancias de Strindberg. En el medio aparecen películas como Música en la nocheLos demonios nos gobiernan o Esto no puede ocurrir aquí. Los años 50 permitieron afianzarse a Bergman. Al principio de la década rodó dos brillantes historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los fuegos efímeros de la pasión: Juegos de verano, también llamada Juventud, divino tesoro (1950), que fue presentada en Punta del Este, y esto llevó al éxito del director en lugares tan lejanos a sus país, como lo son Argentina, Uruguay y Brasil. También dirigió Un verano con Monika (1952), donde alcanzó su plenitud la sexualidad de Harriet Andersson. La carrera de Bergman en Suecia estuvo a punto de verse frenada a causa de la desfavorable recepción crítica de Noche de circo (1953), un análisis mordaz del deseo, el sentimiento de culpa y la vulnerabilidad humana. Pero la obtención por parte de Sonrisa de una noche de verano del Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1955, volvió a situarle en posición privilegiada en Europa y Estados Unidos y le permitió abordar un proyecto que acariciaba desde tiempo atrás: El séptimo sello (1956), alegoría sobre la vida y la muerte donde refleja a la vez su concepción afectiva e intelectual de Dios y su intuición del posible holocausto nuclear. 



El clamoroso éxito obtenido por el film ofreció la posibilidad de dirigir, uno tras otro, cuatro importantes títulos: el primero fue Cuando huye el día (1956), con el director de cine Victor Sjöstrom como protagonista. Bergman recurriría nuevamente a sus recuerdos de infancia para efectuar un acercamiento lúcido y benévolo a la vejez, con toda su carga de lamentos y recriminaciones. Rodó después En el umbral de la vida (1957), un ejercicio de apariencia más documental que disecciona las reacciones de tres mujeres ante la maternidad. En El rostro (1958), un mago que no es otro que el propio Bergman, se gana la vida fascinando al público y exponiéndose a la vez a sus sarcasmos. Finalmente, El manantial de la doncella (1959) es una cruel historia de violación, asesinato y venganza, basada en una balada medieval. En el transcurso de los años siguientes, el estilo de Bergman experimentaría un cambio sensible. El cineasta aborda una etapa aparentemente austera. Una técnica más depurada y, una temática más profunda se ponían al servicio de un pensamiento inquieto y desgarrado. Tras filmar El ojo del diablo, llega la trilogía formada por Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962) y El Silencio (1963) que le permitió ajustar cuentas definitivamente con su educación religiosa. Dejando a un lado su preocupación por el lugar del hombre en el Universo para considerar el del artista en el seno de la sociedad, Bergman, se convirtió en portavoz intelectual de su tiempo, persuadido de que el ser humano había llegado a una fase crítica de su evolución y de que la apatía del mundo moderno era tan sólo el reflejo de un cierto desencanto. Luego dirige ¡Esas mujeres! parodiando al cine de Fellini. Persona (1966), una obra profundamente marcada por la influencia de Jung y el psicoanálisis, reunió a Bergman, que entonces vivía en la desolada isla de Faro, con la actriz noruega Liv Ullman



A su alrededor, el cineasta tejió en los años siguientes una serie de dramas que destacan por su crudeza y violencia, como La hora del lobo (1967), La vergüenza (1968) o Pasión (1970), que fue la primera en color. En 1971, Bergman rodó en inglés La carcoma, con Elliot Gould, que supuso un completo fracaso comercial. Por contra Gritos y susurros (1972), alucinante estudio en blanco y negro de los últimos días de vida de una mujer enferma de cáncer y del comportamiento de sus hermanas, es encumbrada como una de sus obras maestras. El director sueco siempre fue consciente del impacto de la televisión, y desde 1969, año en que realizó El rito para la pequeña pantalla, mantuvo una relación fluida con el medio, también destino original de Secretos de un matrimonio (1973) y la adaptación de La flauta mágica (1974). En 1976 dirigió Cara a Cara, y luego un escándalo fiscal llevó a Begman a exiliarse en Munich, donde dirigió para Dino de Laurentiis El huevo de la serpiente (1977), ambiciosa reconstrucción del Berlín inmediato a la posguerra. La película se hizo eco del desasosiego y las preocupaciones del realizador como ocurrió también en De la vida de las marionetas (1980), donde se reflejan la impotencia y el sentimiento de fracaso de un individuo perseguido por la sociedad. En 1978 dirigió Sonata de otoño, con la que tuvo varias nominaciones. En 1982, presentó Fanny y Alexander y anunció que sería su última producción para la pantalla grande.



Fuertes connotaciones autobiográficas aclaran retrospectivamente los temas de su obra: la fascinación por el mundo de los actores, el temor a los tabúes religiosos, la complicidad con el universo femenino, el descubrimiento de la muerte... Todo dentro del marco de una gran familia de Upsala a principios del siglo XX, visto a través de los ojos de un niño de doce años que, una vez más, puede considerarse el alter ego de Bergman. A partir de entonces, trabaja regularmente en el medio televisivo, para el que dirige títulos como Después del ensayo (1983), Los dos bienaventurados (1986), En presencia de un payaso (1997), o Saraband mientras que sus guiones son llevados al cine por otros cineastas, generalmente cercanos a su entorno, como su hijo Daniel Bergman, firmante de Niños del domingo (1992), el danés Bille August, que trasladó a la pantalla Las mejores intenciones (1992), y su ex-compañera sentimental, la actriz y directora Liv Ullman, realizadora de Confesiones privadas (1997) e Infiel (2000). Bergman falleció el 30 de julio del 2007, el mismo día que se fue otro grande del cine europeo: Michelangelo Antonioni.

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Jungfrukällan (The Virgin Spring)

Año: 1960

Duración: 88 min.

País: Suecia

Dirección: Ingmar Bergman

Guion: Ulla Isaksson

Reparto: Max Von Sydow, Birgitta Valberg, Gunnel Lindblom, Birgitta Pettersson, Axel Düberg, Alan Edwall, Tor Isedal.

Música: Erik Nordgren

Fotografía: Sven Nykvist (B&W)

 

PELÍCULA COMPLETA

miércoles, 10 de diciembre de 2025

CONVIVENCIA DE CARLOS GALETTINI

PROGRAMA 489 (21-11-2025)

 

SINOPSIS

 

Dos íntimos amigos, uno un porteño práctico (Brandoni) y el otro un español intelectual (Sacristán), pasan los fines de semana en una quinta en El Tigre, en el Delta del río Paraná. Un día de tormenta llega Tina (Dopazo), una joven extraviada, que afectará la relación entre ambos. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

Un recuerdo se cuela en un pasillo oscuro, repleto de hojas secas. El viento las fue trayendo y amontonando. Se siente una risa que le da un poco de calor y color a esa imagen. No la encuentro como real, sin embargo, ella trae el aroma de su perfume y la suavidad de su piel. La vida es un poco más digna, podría decirse. Por ese pasillo salió por última vez. Sus rulos perfectos se bamboleaban con violencia. El ruido de los pasos despertaba hasta al pájaro más soñador. Las horas, días, meses y años se esfumaron en un suspiro. No hubo una despedida. Ni siquiera un hasta luego. Solo nos volvimos dos desconocidos que terminaron un pacto tácito. Un contrato sin formalizar. Los platos se habían amontonado y el café destilaba un gusto amargo. La cama quedaba enorme y las sábanas se arremolinaban en un costado. Los colores se volvían apagados, grises, sin alegría. Las paredes se descascaraban. Así que eso era la felicidad y no lo había notado. Al final, bastante imbécil había resultado. 



¿Qué era todo esto entonces? Tristeza, me repetía a mí mismo. Y así buscaba como escapar de ahí. Pero no, cualquier alegría duraba un tiempo y después volvía a la programación habitual. Soledad pensé luego. Era lo más lógico. Lo que todos te repetían. Pero no, siempre fui alguien que se llevó bien con la soledad, por lo tanto, había que tachar esa idea. Y un día mientras un tango sonaba apareció la nostalgia. Si, debía ser ella. No tenía dudas. Los recuerdos, las voces, los aromas y hasta las ausencias eran el combo de momentos que venían bajo ese nombre. Eran esas mezclas de felicidad y tristeza, de pasión y desencanto, de amores y odios. Se extrañaba todo a la vez. Y resurgía esa trillada frase que cita que todo tiempo pasado fue mejor. No sé si en este caso lo era. Seguramente no. Y llega la noche y vuelve a aparecer con fuerza. Y es en ese pequeño momento que llega el deseo de que esa nostalgia se transforme en convivencia.

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción elegida para la editorial

 


IMPRESIONES SOBRE CONVIVENCIA

 


Miro por la ventana y llueve. Las gotas golpean el vidrio y el techo de chapa del pequeño galpón del patio que resuena como si fuera a quebrarse. Llueve con fuerza, con violencia. De manera copiosa, densa. El agua cae sin casi dejar lugar entre gota y gota. Chet Baker gira en el toca discos interpretando Lonely Star y tu mano se posa en mi hombro. Me sacas el cigarrillo, lo dejas sobre el cenicero repleto de colillas, me invitas a pararme y apoyas tu cabeza sobre mi pecho. No bailamos, pero nos movemos al ritmo de la música. Te abrazo fuerte, intento retener tu olor, la textura de tu piel, la sensación de ese no baile. Algo cae en la cocina que nos sobresalta. Corro, está oscuro. Piso vidrio. Enciendo la luz, la lluvia de fondo ruge cada vez más fuerte, enfurecida, la chapa golpea ensordecedora. Ya la música no se escucha, estás sentada, una copa de vino destrozada en el suelo es el reflejo fiel de tu ánimo. Intento darte la mano y te levantas espantada, furiosa. Tu mirada se clava en la mía con una frialdad que te desconozco. Gritas, me insultas, exigís. El vino recorre las baldosas como la sangre de un órgano vital herido de muerte, incurable, irreparable. Salís de la cocina empujándome, jurando no volver. En pocas palabras me convertís en una bestia en la que temo reconocerme injustamente. Intento seguirte por las escaleras que llevan a las habitaciones, pero no te alcanzo. Un relámpago ilumina los escalones. Afuera el mundo se desarma en agua y truenos, en viento y sudestada. La furia de la naturaleza golpea sobre los vidrios, las ventanas, el viento cierra las puertas con violencia, como invitándolas a no volver a abrirse jamás. Llego al piso de arriba y escucho el llanto de una nena. Es nuestra hija que llora en su cuarto desconsolada. La pequeña Zoe con sus 8 años, acostada en su cama hecha un bollo, temblando, abrazada a una soledad infinita. Me acuesto a su lado e intento calmarla. Finge hacerlo, lo hace por mí. Es ella quitándome angustia, es la niña curando al padre con sus manos de hada, con su mágica forma de ver las cosas que la hacen vencer el miedo, alejar la pena para ponerme a salvo. Sabe, de alguna manera, que el vulnerable soy yo. Por más que ella sienta el mismo dolor. Por más que ella tenga el mismo vacío en el pecho. Lo lee en mis ojos, en el temblor de mis manos. Con dulzura me acaricia y me abraza, un abrazo eterno, un abrazo que aun siento apretando mi cintura, dándome calor en el pecho. 



Acaricio su pelo largo, larguísimo. Le prometo que vamos a estar bien sin lograr que ninguno de los dos lo creamos. Nos llena el silencio. Y sus ojos me miran. Se produce quizás la más tierna de las conversaciones jamás tenida entre ambos. Desde el silencio, desde otro plano, sacando la palabra de lugar, poniendo en juego otros sentidos, otros sentires. Ya sin tiempo, sin edades, leo en sus ojos una sabiduría abrumadora, una compasión emotiva. Ese pequeño instante volverá a mí cada vez que lo necesite, será la tabla en la tempestad, será lo que ayude a no ahogarme entre tanta lluvia. Alguien cierra con fuerza la puerta principal de la casa. Suena seco, fuerte, decidido. Suena para siempre. Suena como deteniendo el tiempo, como jurando no volverse a abrir, suena a sentencia, a castigo. Bajo las escaleras corriendo. El pasillo hasta la puerta pareciera alargarse cada vez más. Una melodía entra lenta, algo sucia. Sigo caminando por aquel túnel oscuro que me lleva a la puerta de entrada. La lluvia pega fuerte sobre los vidrios del ventanal del comedor. Reconozco la melodía, Es Chet Baker, es Lonely Star. Alguien fuma  sentado solo sobre la ventana, mirando la lluvia. Se la oye golpear sobre el techo de chapa del pequeño galpón del patio como si fuera a partirla. La casa está oscura, sola, fría, inmensa. En cada rincón aguarda como un sicario una historia. La lluvia no cesa y sin saberlo la casa se llena de fantasmas que se protegen de ella a mi lado. La nostalgia puede ser la peor de las celdas cuyos barrotes ilusorios detienen el tiempo para nosotros y nos dejan bailando con nuestros propios espectros hasta caer muertos, viviendo quizás una vida de anécdotas que ya sucedieron, una vida cobarde, que se niega a la aventura del hoy. La gran aventura queridos amigos, no está en juntarnos con la tribu a narrar aquellas historias de cuando soñábamos conquistar el mundo sobre aquel barco de velas rojas. Nosotros, que hoy traicionamos a aquellos niños vistiéndonos de traje, cobrando un sueldo, alejándonos de lo salvaje, prefiriendo lo seguro y olvidando el bosque para siempre. No, la gran aventura está en seguir sumando anécdotas, contar historias de ayer para programar las de mañana. Ese es el juego, eso es ganarle al tiempo y escaparle, de alguna manera a aquel sentimiento trágico de la vida. El film Convivencia de Carlos Galettini, adaptación de la obra teatral del dramaturgo Oscar Viale, viene a reflexionar sobre todo aquello, sobre la nostalgia, sobre el tiempo, sobre la aventura. Será un film alegórico, metafórico, un hermoso juego de luces y sombras donde nada será lo que parece. De este juego nace el cine, y este es el juego que decide jugar Galettini a la hora de adaptar su obra. Del teatro quedaran algunos códigos como la economía de escenarios o la necesidad de una urgencia. 



La sudestada será la excusa inminente para mantener a los personajes dentro de la casa. Si nos manejáramos dentro de los códigos del teatro, bastaría con solo nombrarla para armar en el espectador la idea del temporal, en cambio, siendo una obra cinematográfica, nobleza obliga, el deber es mostrar aquel temporal para que el verosímil funcione. La cinta recordará a otro film ya tratado en esta tertulia llamado The House, película filmada por nuestro gran amigo Sharunas Bartas, en el tipo de tratamiento que se le dará a la casa donde sucederá toda la acción. El relato comenzará con una bruma que se disipará de a poco y dejará ver una vieja casona del Tigre bastante descuidada, la cámara seguirá en travelling e ingresará por transición. Adentro presentará a los otros personajes Enrique y Adolfo. El primero más mundano, más visceral, más natural y salvaje, el segundo más racional, más cultural y medido. La casa funcionará como un personaje más que los contiene, un personaje donde, tal como decíamos, será habitado por la nostalgia que los mantendrá atrapados en sus propios recuerdos. No podrán salir de allí, estarán atrapados como en un loop temporal, narrando las mismas historias, discutiendo los mismos detalles. Habrá un intento de cambio al llegar ella, Tina. Una especie de diosa que intentará curar esa nostalgia. Será lo nuevo, lo joven, lo bello. Hará funcionar el tiempo dentro de la casa, alejando por unos instantes al recuerdo, haciendo que los personajes habiten el aquí y el ahora. Pero no lo logrará. Tina se irá sin haber podido cumplir su misión. Vencerá la casa, la neblina. La muerte, que los estará esperando bajo la lluvia en forma de sombra. Podremos nosotros, los espectadores, quizás ir un poco más lejos en la interpretación de las alegorías y preguntarnos qué estamos viendo realmente. ¿Qué es real y que no dentro del relato? Es llamativo lo opuesto de los dos personajes protagónicos, la parte racional y la parte salvaje. Los recuerdos. La nostalgia. La casa. La neblina que lo confunde todo. Da la sensación, sin forzar demasiado las cosas, que el autor quiere contarnos cómo funciona la cabeza de una persona melancólica encerrada en sus recuerdos. La casa, su cabeza, luchando dentro de ella contra las imágenes que se repiten una y otra vez, deteniéndolo en el tiempo. Como aquellos amigos que cuentan las mismas anécdotas, se hace un silencio, las risas muren despacio y luego alguien paga la cuenta y se retiran del bar en silencio. Entiendo Convivencia en este sentido, veo en ella esa lucha, ese temor de morir sin avanzar, de morir creyendo estar viviendo una vida de aventuras mientras seguimos las reglas de otros, mientras vendemos nuestra libertad para que otros decidan sobre nuestra suerte. El tiempo se acaba, la aventura es ahora, el resto, queridos amigos, es solo ausencia.     

 

Lucas Itze.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO GALETTINI

 


Nacido en Buenos Aires, fue asistente de dirección en La tregua de Sergio Renan, la primera película argentina nominada al Oscar en el año 1975. En ese mismo año dirigió su primer film: Las sorpresas, una película de tres episodios junto a Luis Puenzo y Alberto Fischerman. El segmento de Galettini se tituló Corazonada. Un año después y en solitario, filma Juan que reía, con un gran elenco como Luis Brandoni, Luisina Brando, Federico Luppi, Enrique Pinti, entre otros. La historia de un vendedor de vinos que quiere ascender, pero que cuando le roban su auto (un Citroen 2cv), que no está asegurado, empieza una curva descendente inevitable. En 1979 dirige Cuatro pícaros bomberos, sobre unos bomberos que se ven involucrados en la estafa a un empresario de la carne. Ese mismo año dirige también La aventuras de los paraguas asesinos, donde los ya clásicos Tiburón, Delfín y Mojarrita, intentan luchar contra unos criminales. Este film, y los dos siguientes (Los superagentes y la gran aventura de oro, y Los superagentes contra todos), han sido calificadas como propaganda ideológica a favor de la Última dictadura.



En 1983 filma Se acabó el curro, sobre dos típicos chantas que quieren estafar a un turista peruano en medio de la especulación financiera de la época. En 1984 dirige Los tigres de la memoria, la historia de Carlos, quien buscando noticias de sus hijos exguerrilleros, acepta colaborar con su restaurante en una red de traficantes de drogas. En 1986 llega Seré cualquier cosa, pero te quiero, sobre una mujer de 40 años que se enamora de un fontanero. A partir de 1987 empieza con una serie de clásicos que conocemos todos, con cuatro nombres asociados a sus películas: Emilio Disi, Berugo Carámbula, Alberto Fernandez de Rosa Gino Renni, sumados a Paolo el Rockero, empezaban sus aventuras Los matamonstruos en la mansión del terror, que luego prosiguieron en Los bañeros más locos del mundo 1 y 2, y Los pilotos más locos del mundo.



También aparecieron clásicos como Las locuras del extraterrestre, y las 4 partes de Los Exterminaitors con la dupla Disi-Francella. Entre todas esas películas cómicas filmó en 1991: Charly, días de sangre, la historia de un joven con problemas (Fabián Gianola) que es llevado a una quinta donde murió quemado su hermano. La idea es disfrutar de un fin de semana agradable, pero un asesino serial amenaza al elenco y a la hiperinflación por entonces reinante. Vuelve un poco a las fuentes con Convivencia, donde gana el Condor de Plata a Mejor Película en 1993. La historia de dos amigos que viven en el Tigre, uno es porteño (Brandoni), el otro español (Sacristán), pero de repente aparece una chica (Dopazo), que amenaza con romper la amistad. En 1996 llega Policía corrupto, donde Romero es un policía de la división antinarcótico. Es ambicioso y no tiene escrúpulos y se mueve en un oscuro mundo de prostitutas, narcotraficantes y políticos. Todo se pudre cuando Romero se queda con un vuelto importante. El film estuvo teñido de escándalo al recibir un alto subsidio, luego incluso de haber sido declarado como "sin interés". El director renunció en el primer día de montaje (en los créditos figura un seudónimo); y la productora le inició juicio a Gerardo Romano, quien declaró: "esta debe ser la peor película argentina en años". Ese mismo año dirige Besos en la frente, y dos años después le encomiendan dirigir la segunda parte de Dibu, la exitosa serie argentina para chicos.



En 2003 llega Ciudad del sol, la historia de Manuela, una estudiante que empieza a encontrar los porqué del suicidio de su madre, en un pasado celosamente guardado, con un elenco importante como Darío Grandinetti, Jazmín Stuart, Leonor Manso, Luis Luque, Nicolas Cabré, Patricio Contreras, entre otros. Su último film fue La patria equivocada, en 2011, en la que Clarita se enamora de Clorindo y abandona su bien posicionado hogar para dedicar su vida a su marido, desertor del ejército, y a sus ideales. Luego de la muerte de Clorindo, busca otro destino para su hijo. Los descendientes de esta familia, irán recorriendo la historia de la construcción de la Argentina atravesada por el orgullo, la pasión y la venganza. Con Juana Viale como protagonista.

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Convivencia

Año: 1993

Duración: 97 min.

País: Argentina

Dirección: Carlos Galettini

Guion: Carlos Galettini, Luisa Irene Ickowicz

Reparto: Luis Brandoni, José Sacristán, Cecilia Dopazo, Betiana Blum, Víctor Laplace.

Música: Oscar Kreimer

Fotografía: Félix Monti

 

PELÍCULA COMPLETA