SINOPSIS
Suecia, siglo XIV. Como cada verano, una doncella debe
hacer la ofrenda de las velas en el altar de la Virgen. El rey Töre envía a su
hija Karin en compañía de Ingrid, una muchacha que odia a Karin en secreto.
Antes de cruzar el bosque, Ingrid se detiene y abandona a la princesa, pero la
muchacha prosigue su camino y se encuentra con unos pastores, aparentemente
afables, que la invitan a compartir su comida. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
Si de algo estamos seguros es que lo que ya ha ocurrido se mantiene melancólico e inalcanzable en el pasado y que aquello que proyectamos, eso que soñamos y añoramos lo depositamos en un futuro lejano e improbable. Lo único real es, tal como decía Borges, el ápice vertiginoso del presente. Aristóteles, por su parte, sentencia respecto del tiempo que lo que ha sido ha sido. Que el pasado es imposible de modificar. Ni los dioses tienen el poder sobre aquello. Desde este humilde espacio nos aventuramos a discrepar con el pensador. Quizás desde nuestro agnosticismo podamos ver la situación desde otro punto de vista, con otros cercos que guíen nuestra mirada y dudar sobre la afirmación aristotélica y creer que aquello que ilumina nuestro presente puede resignificar nuestro pasado de manera significativa. Todo pasado se resignifica por un hecho presente y no necesitamos ser dioses para lograrlo. Pensemos en una traición repentina, inesperada. Instantáneamente modifica el significado de toda una historia lo queramos o no.
Esto quiere decir, Aristóteles mediante, que una acción puede ahondar tan profundo en
nuestro ser que puede cambiar el sentido de todo aquello que somos, de todo
aquello que fuimos, y rearmarnos de forma tan diferente para tomar caminos que
jamás imaginaríamos que fuéramos capaces de tomar. La fragilidad de nuestra
existencia queda expuesta en el grano de arena que acaba de caer. La muerte es
quizás lo único irrefutable. Aquello que ninguna acción puede modificar. Y ese
es el origen trágico de todas nuestras angustias, el saber que no saldremos
vivos de este valle donde las malas noticias sobran y los buenos siempre llegan
tarde.
Dormir... tal vez soñar! -¡Ay! allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del
mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte!
Se preguntaba el príncipe de Dinamarca en medio de su conflicto moral y
al mismo tiempo abriendo la duda sobre el más allá. Nuestra respuesta no es la
más esperanzadora pero si tal vez la más honesta. No hay sueño, hay nada, mentira
toda otra verdad. La muerte es el último verso, el punto final. Y si
después de la vida no hay nada, hagamos de esto, queridos amigos, algo injusto.
Lucas Itze.-
Canción elegida para la
editorial
IMPRESIONES SOBRE LA FUENTE DE LA
DONCELLA
Había una vez una tierra, un mundo, donde cada uno creía en su Dios. La gente le llevaba afrentas, le rezaba y armaba sus propias fiestas y rituales. Un día, alguien bajó de un barco y se llevó por delante todo. Arrasaron no sólo con la tierra sino también con las mujeres y niños. Llegó la violencia, llegó “la misión”. Todavía en ciertas zonas de nuestro propio país, quedan algunos recuerdos de lo que alguna vez fue. Un genocidio. Primero bajo el nombre de “descubrimiento”. ¿Quién descubrió a quién? Los nuevos les pusieron nombre y los echaron y masacraron. Con el paso de los siglos todo siguió su curso. Desde la guerra de la triple frontera hasta la infame “Campaña del Desierto”. Y así como pasó acá, se sucedió en diferentes partes del mundo. O sino, como fue que se dividieron África las potencias, trazando líneas y partiendo tierras y etnias que contribuyeron a décadas de masacres entre pueblos… La llegada del cristianismo y el judaísmo, sirvió para seguir ejerciendo el poder sobre otras religiones. A partir de ahí, cualquier persona que profesara un culto a una religión que no sea una de esas dos, era considerado “pagano”. Así los cristianos llegaron también a los países nórdicos.
En Suecia se empieza a introducir alrededor del año 1200 y en el 1216 la Santa Sede reconoce al país como cristiano, de hecho, en 1249 se produce la primera cruzada sueca contra los fineses paganos. Atrás, quedan las historias de los vikingos y sus dioses nórdicos como Thor, Freyja, Loki u Odin. Y este último será justamente un nombre importante en el film del maestro Ingmar Bergman llamado La fuente de la doncella, donde mostrará esa lucha de poder entre cristianismo y paganismo. La película abrirá con un plano americano de una bella mujer que enciende un fuego. La cámara la sigue lentamente desde una distancia relativamente cercana, para no perdernos detalles. Luego ella realiza plegarias al dios Odín, y en la siguiente escena una mujer reza ante Cristo en la cruz. En esas dos primeras escenas, Bergman marca la lucha entre esas dos fuerzas opuestas. La película está ambientada en el siglo XIV y está basada en una antigua balada sueca recopilada en la tradición oral del siglo XIII, que dice “donde muere una doncella aparecerá un manantial”. El guion de Bergman llevará la curva dramática de los personajes de manera lenta y pausada. Todos los protagonistas se lucirán frente a cámara.
Estaremos como siempre en su filmografía, ante unos planos soñados. Trabajará con planos generales para mostrar la belleza natural del paisaje o los lugares donde viven. También utilizará los primeros planos para mostrar la inocencia, la ira o el dolor de sus personajes. La fotografía en blanco y negro servirá como un mapa de época. Se manejará con lentos travellings para mostrar la calma y serenidad del lugar, pero lo contrarrestará con algunos movimientos bruscos en los momentos de violencia y tensión. Habrá algunos planos detalle de objetos que se repiten a lo largo del film, como el agua o las velas. La película nos muestra la relación entre Töre, el dueño de la granja, con los miembros de su familia: su esposa Marëta, su hija Karin y su hija bastarda Ingeri, quien está embarazada y convive como criada. Será ella, que representa el resentimiento y la marginalidad, la que invoque a Odin clamando venganza contra Karin, quien encarna a la doncella, como símbolo de inocencia y pureza. Tendremos una especie de aviso medio encriptado que parece sin sentido, en una charla entre madre e hija sobre cuántos hombres la sacaron a bailar y la madre cortará la anécdota luego del tercero.
Se acerca el Viernes Santo y la bella y virginal
Karin debe llevar las velas al altar de la Iglesia, que servirán como ofrenda
para la Vírgen. Ingeri la acompañará durante parte de ese trayecto donde la
naturaleza se dividirá entre vegetación y arroyos. Allí le hablará de sexo y
también le avisa que alguien puede abusar de ella, pero Karin responde que se
podría escapar. Luego de un parate, Karin seguirá su camino sola en el bosque,
símbolo en esos tiempos de tierras sin ley, donde la vegetación será más
abundante y todo parece más enigmático. Allí aparecerán tres pastores, dos
hombres y un niño, quienes la invitan a compartir la comida. El viaje se
transformará en tragedia, ante la escondida mirada de Ingeri que no hará nada.
El film seguirá su curso, habrá venganza, más muerte y nos quedará un milagro
para el final. Será en ese final donde empezarán las preguntas, la madre
echándose la culpa por querer a su hija más que a Dios, el padre preguntándole
porque permitió que pasara todo lo que pasó… Será el momento de la duda, algo
ya clásico en el cine del director sueco. Nos dejará siempre preguntas sin
respuestas, sobre todo si pensamos si obraríamos igual que el padre en una
situación así. Quizás, nadie tenga la respuesta concreta mientras otros le
empezamos a decir adiós a Dios.
Marcelo
De Nicola.-
Canción post impresiones
UNIVERSO
BERGMAN
Hijo de un pastor luterano y de una
dominante madre de origen valón, Ingmar Bergman nació en el seno de una familia
muy estricta, en la que la buena conducta y la represión de los instintos se
consideraban virtudes. No resulta pues extraño que, tanto él como su hermana
Margareta, se refuguaran en un universo imaginario: juntos compraban trozos de
película para el proyector familiar y construyeron también un teatro de marionetas.
Bergman no contaba aún veinte años cuando dejó a sus padres para instalarse en
Estocolmo. Desde entonces, se dedicó al teatro universitario y fue en esta
época, entre finales de los 30 y comienzos de los 40, cuando entabló amistad
con Erland Josephson y Vilgot Sjöman. En 1942, tras el estreno de una de sus
obras, La muerte de Punch, Bergman fue invitado a formar parte del equipo de
guionistas de la Svensk Filmindustri, donde pasó dos años revisando
guiones, mientras seguía escribiendo obras favorablemente acogidas por la
crítica. Ya su primer guión, Tortura, llevado a la pantalla por el
importante cineasta sueco Alf Sjöberg, se basa en un recuerdo personal: el
terror que inspirara a Bergman uno de sus profesores, que le hizo objeto de
todo tipo de vejaciones y engaños en Estocolmo. Al año siguiente, 1945, la
Svensk Filmindustri ofrece a Bergman la oportunidad de dirigir su primera
película, Crisis, adaptación de una obra danesa cuyo protagonista,
como en casi todos sus primeros trabajos, es un alter ego apenas encubierto del
autor, que expresa así sus temores, ansiedades o aversiones o aspiraciones
personales. Ese mismo año también dirigió Llueve sobre nuestro amor.
Si Barco hacia la India (1947) y Puerto (1948)
son perfectamente representativas de este periodo, las dos últimas obras de
esta década, La sed (1949) y Hacia la felicidad (1949),
muestran una nueva preocupación en Bergman, que aborda el tema de la pareja
enredada en una lucha sin cuartel. Prisioneros el uno del otro, los amantes
protagonistas de sus películas se entregan a un combate cuerpo a cuerpo, un
torneo oratorio despiadado con evidentes resonancias de Strindberg. En el medio
aparecen películas como Música en la noche, Los demonios
nos gobiernan o Esto no puede ocurrir aquí. Los años 50
permitieron afianzarse a Bergman. Al principio de la década rodó dos brillantes
historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los
fuegos efímeros de la pasión: Juegos de verano, también
llamada Juventud, divino tesoro (1950), que fue presentada en
Punta del Este, y esto llevó al éxito del director en lugares tan lejanos a sus
país, como lo son Argentina, Uruguay y Brasil. También dirigió Un
verano con Monika (1952), donde alcanzó su plenitud la sexualidad de
Harriet Andersson. La carrera de Bergman en Suecia estuvo a punto de verse
frenada a causa de la desfavorable recepción crítica de Noche de circo (1953),
un análisis mordaz del deseo, el sentimiento de culpa y la vulnerabilidad
humana. Pero la obtención por parte de Sonrisa de una noche de verano del Premio
Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1955,
volvió a situarle en posición privilegiada en Europa y Estados Unidos y le
permitió abordar un proyecto que acariciaba desde tiempo atrás: El
séptimo sello (1956),
alegoría sobre la vida y la muerte donde refleja a la vez su concepción
afectiva e intelectual de Dios y su intuición del posible holocausto
nuclear.
El clamoroso éxito obtenido por el film
ofreció la posibilidad de dirigir, uno tras otro, cuatro importantes títulos:
el primero fue Cuando
huye el día (1956),
con el director de cine Victor Sjöstrom como protagonista.
Bergman recurriría nuevamente a sus recuerdos de infancia para efectuar un
acercamiento lúcido y benévolo a la vejez, con toda su carga de lamentos y
recriminaciones. Rodó después En el umbral de la vida (1957),
un ejercicio de apariencia más documental que disecciona las reacciones de tres
mujeres ante la maternidad. En El rostro (1958), un mago que
no es otro que el propio Bergman, se gana la vida fascinando al público y
exponiéndose a la vez a sus sarcasmos. Finalmente, El manantial de la
doncella (1959) es una cruel historia de violación, asesinato y
venganza, basada en una balada medieval. En el transcurso de los años
siguientes, el estilo de Bergman experimentaría un cambio sensible. El cineasta
aborda una etapa aparentemente austera. Una técnica más depurada y, una
temática más profunda se ponían al servicio de un pensamiento inquieto y
desgarrado. Tras filmar El ojo del diablo, llega la trilogía
formada por Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962)
y El
Silencio (1963) que le permitió ajustar cuentas
definitivamente con su educación religiosa. Dejando a un lado su
preocupación por el lugar del hombre en el Universo para considerar el del
artista en el seno de la sociedad, Bergman, se convirtió en portavoz
intelectual de su tiempo, persuadido de que el ser humano había llegado a una
fase crítica de su evolución y de que la apatía del mundo moderno era tan sólo
el reflejo de un cierto desencanto. Luego dirige ¡Esas mujeres! parodiando
al cine de Fellini. Persona (1966), una obra profundamente
marcada por la influencia de Jung y el psicoanálisis, reunió a Bergman, que
entonces vivía en la desolada isla de Faro, con la actriz noruega Liv
Ullman.
A su alrededor, el cineasta tejió en los
años siguientes una serie de dramas que destacan por su crudeza y violencia,
como La hora del lobo (1967), La
vergüenza (1968) o Pasión (1970), que
fue la primera en color. En 1971, Bergman rodó en inglés La carcoma,
con Elliot Gould, que supuso un completo fracaso comercial. Por contra Gritos
y susurros (1972), alucinante estudio en blanco y negro de los últimos
días de vida de una mujer enferma de cáncer y del comportamiento de sus
hermanas, es encumbrada como una de sus obras maestras. El director sueco
siempre fue consciente del impacto de la televisión, y desde 1969, año en que
realizó El rito para la pequeña pantalla, mantuvo una relación
fluida con el medio, también destino original de Secretos de un
matrimonio (1973) y la adaptación de La flauta mágica (1974).
En 1976 dirigió Cara a Cara, y luego un escándalo fiscal llevó a
Begman a exiliarse en Munich, donde dirigió para Dino de Laurentiis El
huevo de la serpiente (1977), ambiciosa reconstrucción del Berlín
inmediato a la posguerra. La película se hizo eco del desasosiego y las
preocupaciones del realizador como ocurrió también en De la vida de las
marionetas (1980), donde se reflejan la impotencia y el sentimiento de
fracaso de un individuo perseguido por la sociedad. En 1978 dirigió Sonata de
otoño, con la que tuvo varias nominaciones. En 1982, presentó Fanny y
Alexander y anunció que sería su última producción para la pantalla
grande.
Fuertes connotaciones autobiográficas
aclaran retrospectivamente los temas de su obra: la fascinación por el mundo de
los actores, el temor a los tabúes religiosos, la complicidad con el universo
femenino, el descubrimiento de la muerte... Todo dentro del marco de una gran
familia de Upsala a principios del siglo XX, visto a través de los ojos de un
niño de doce años que, una vez más, puede considerarse el alter ego de Bergman.
A partir de entonces, trabaja regularmente en el medio televisivo, para el que
dirige títulos como Después del ensayo (1983), Los dos
bienaventurados (1986), En presencia de un payaso (1997),
o Saraband mientras que sus guiones son llevados al cine por
otros cineastas, generalmente cercanos a su entorno, como su hijo Daniel
Bergman, firmante de Niños del domingo (1992), el
danés Bille August, que trasladó a la pantalla Las mejores
intenciones (1992), y su ex-compañera sentimental, la actriz y
directora Liv Ullman, realizadora de Confesiones privadas (1997)
e Infiel (2000). Bergman falleció el 30 de julio del 2007, el
mismo día que se fue otro grande del cine europeo: Michelangelo Antonioni.
FICHA
TÉCNICA
Título
original: Jungfrukällan (The Virgin Spring)
Año: 1960
Duración: 88 min.
País: Suecia
Dirección: Ingmar Bergman
Guion: Ulla Isaksson
Reparto:
Max Von Sydow, Birgitta Valberg, Gunnel Lindblom, Birgitta Pettersson, Axel
Düberg, Alan Edwall, Tor Isedal.
Música: Erik Nordgren
Fotografía: Sven Nykvist (B&W)


























