Mostrando entradas con la etiqueta Akira Kurosawa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Akira Kurosawa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2022

EL CIELO Y EL INFIERNO DE AKIRA KUROSAWA

PROGRAMA 359 (04-03-2022)

 

SINOPSIS

 

En un momento crucial de su vida financiera, Gondo (Toshirô Mifune), un directivo de una importante empresa de zapatos, recibe la noticia de que su hijo ha sido secuestrado. El rescate exigido es una gran cantidad de dinero, pero Gondo la necesita para cerrar una negociación que le dará el control de la empresa. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

Desde la ventana del bar las caras se pasean ajenas e inmutables como las máscaras tristes de algún carnaval. Las veo pasar usando la mía propia, esa con aquella mueca de ocasión que luce tan oportuna en el fondo borroso de cada copa. Deje de soñar alguna noche de invierno y hoy creo que ese es el único hábito sano que todavía conservo. Recuerdo cuando escribía, aquella vista de los rostros tras la ventana hubiera sido con seguridad el sencillo comienzo de alguno de mis relatos. Una imagen cargada de sentido que me interpela, me angustia, me desordena. Una imagen que no es solo una imagen, sino algo que dice a gritos alguna cosa sobre la condición humana. Hace veinte años tenía la voracidad y la energía para impedir que ciertas cosas, como aquella foto, se me escaparan así de rápido, tan de repente. En esa época mi presencia avanzaba por cualquier calle, con aquella seguridad en el paso, con ese desafío de inmortalidad en la mirada, y la esquina sola doblaba temblando para perderme. El infierno es una puerta cerrada le escuché decir alguna vez a alguien y pude comprobarlo. La soledad, en aquel entonces, se encontraba en una pieza de hotel ruidosa, en el candado de una reja pintada de amarillo o en los versos de un poema, pero mi guardia era alta y firme. Tenía algunos trucos todavía, ciertos fuegos que mantenían alejados algunos lugares oscuros. Una mañana el sol me despertó pegando fuerte en mi cara. 



Abrí los ojos, y lejos de aquel despertar verborrágico de Adán Buenosayres, la descripción de aquello que me rodeaba era ínfima. El tiempo se había llevado todo puesto. Hojas cargando el cadáver mutilado de relatos incompletos tapaban la mugre que vestía al piso de madera de la pieza de pensión. Una máquina de escribir muda. Una silla. Una mesa. El tiempo había hecho lo suyo y recién me daba cuenta en la fatalidad del instante. La inmortalidad en la mirada se había vuelto mezquindad, el frio había helado mis huesos para siempre. Aquellos tipos con los que solía soñar aventuras, con los que corríamos salvajemente por los sótanos de la vida, hoy cobraban sueldos y pagaban hipotecas. Nuestras promesas doradas colgaban de los imanes en las puertas de las heladeras debajo de los volantes de alguna oferta o yacían olvidadas entre el cumulo de boletas vencidas. La soledad ahora estaba allí a la mano, agazapada en los rincones más sucios, alimentando el olvido y la distancia. Una soledad que rimaba con el culo de cada vaso vacío, con las moscas que se suicidaban contra las luces violetas de las cantinas, con la última silla del último bar. El mundo nos había fallado. Lo supe al ver aquellas caras envueltas en trajes elegantes o remeras sucias, esa gran viñeta que era la ventana del bar lo confirmaba. La traición había sido completa y ya no existía donde salir corriendo. La mentira era evidente, nuestras mascaras demostraban el engaño. El miedo se dibujaba en todos nuestros actos. Todo se derrumbaba al fin, todo, cielo e infierno.   

                                                      

Lucas Itze.-

 

Canción elegida para la editorial

 


IMPRESIONES SOBRE EL CIELO Y EL INFIERNO

 


Hablar de moral desde la comodidad de un cuarto, siempre puede sonar perverso. Somos expertos en catalogar que está bien y que está mal, sin ponernos en la piel del otro. En su libro La genealogía de la moral, Fredrick Nietzche afirma que “todo el que sufre busca instintivamente una causa de su sufrimiento o un causante culpable y que sea sensible al sufrimiento”. A lo que agrega “la narcotización del doliente, como la causalidad fisiológica real del resentimiento, de la venganza y de las cosas afines, en un anhelo por tanto de narcotización del dolor, mediante las emociones”. Para completar su idea, escribe: “El pretexto “Alguien tiene que ser el culpable de que me encuentre mal” es la manera de extraer conclusiones propia de los enfermizos y es donde se encuentra justamente la verdadera causa escondida: la fisiológica”. Será como lo llama el autor, un contraataque defensivo que vendrá de la mano del resentimiento, la venganza y la envidia. “Desde mi diminuto cuarto, su casa parecía el cielo. Mirándola comencé a odiarlo. Finalmente, el odio hizo que mereciese la pena seguir viviendo”. El odio como forma de vida, de esa vida que nunca será suya, son algunas de las palabras que Takeuchi, el antagonista del film El cielo y el infierno de Akira Kurosawa, expresa en el final. Estamos ante una obra cumbre de un maestro. Un thriller, un llamado policial negro salido desde las mismas entrañas de un Hitchcock oriental. El film estará construido de una forma lineal y dividido en dos partes que si uno afina la mirada, se dará cuenta que habrá ciertas sub tramas en el medio. 



Basada en la novela de Evan Hunter, el creador japonés sigue la vida de Gondo, un poderoso empresario de la fábrica Nacional de Zapatos del país. A punto de cerrar un acuerdo que le dará el control de la empresa, recibe el llamado del secuestro de su hijo. Minutos después éste aparecerá y nos enteraremos que por error, el que fue secuestrado fue el hijo de su chofer. Surgirá ahí entonces el dilema moral: No pagar y seguir con su sueño o pagar y olvidarse de su posición en la empresa. Con esa simple premisa Kurosawa nos mantiene ocupados y nos obliga a hacernos muchas preguntas durante las casi dos horas y medias de metraje. No diremos nada nuevo diciendo que el film es técnicamente exquisito. Una impactante fotografía en blanco y negro y su hermosa escala de grises nos mostrará la diferencia entre la casa de la colina (el cielo) y los barrios bajos de Yokohama (el infierno). Y hasta se dará el lujo de utilizar el color en una de las escenas más emblemáticas de la historia del cine... La construcción de planos (sobre todo esos planos detalle a los anteojos y lo que refleja), los encuadres y el armado de cada escena serán de una coordinación perfectamente pensada. La primera parte del film se basará en la negociación con el secuestrador. En la segunda veremos una de las mejores historias sobre cómo atraparlo. Las escenas en la comisaría y las reuniones con la prensa no tienen desperdicio. El organizado modo de las autoridades se combina perfectamente con los actores en escena, que se mueven como si fuesen un cardumen de peces en una coreografía digna de un musical de Broadway. 



Como en toda película del maestro japonés, el montaje y la banda sonora serán de una excelencia envidiable. Los ruidos que aparecerán durante el film nos trasladarán directamente dentro de la historia, casi que sentimos el viento cuando esa ventana se abre y se cierra. Kurosawa nos mostrará una vez más ese Japón post Segunda Guerra Mundial al que todavía le quedan ciertas reminiscencias del feudalismo. Veremos la oligarquía en los empresarios que sólo quieren más poder y los barrios bajos donde las drogas y el alcohol empiezan a hacer desastres. Notaremos que en ese sitio, los que disfrutan bailando en los bares generalmente son los extranjeros (en el paneo, nada casual, habrá afroamericanos, rubios con pinta de europeos o árabes bailando con jóvenes japonesas) que vienen a visitar la ciudad. Ahí no habrá moral, sino un sálvese quien pueda, no muy distinto igual al de las clases altas. El director también indagará sobre esa moralidad en el cuerpo policial. Inteligentemente, primero nos mostrará ese grupo de una profesionalidad absoluta para inmediatamente después modificar la investigación para que el castigo al acusado sea más severo. Entonces, ¿a dónde situamos la moral luego de eso? Que el que esté libre de pecado tire la primera piedra... “Mis manos no tiemblan porque estoy nervioso. Sólo es una reacción fisiológica por haber estado aislado tanto tiempo” dice en una de sus últimas frases Takeuchi, el secuestrador, a Gondo en la prisión. Y otra vez resuenan las palabras de Nietzche del comienzo, aunque en este caso lo del joven suene más a excusa. “Mi vida ha sido un infierno desde que nací” confiesa luego desde la prisión. Entonces llegarán esos gritos que suenan a despedida, esa que sentirá desde el infierno.

                       

Marcelo De Nicola.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO KUROSAWA

 


Akira Kurosawa, el más conocido de los directores de cine japonés, nació en el distrito Omori de Tokio el 23 de marzo de 1910. Era el menor de siete hermanos de una acomodada familia de comerciantes de Osaka. Su familia era descendiente de una línea de antiguos samuráis. Hasta 1921 Kurosawa realiza sus primeros estudios, mostrando un especial interés por el mundo de la pintura. Desde muy pequeño se movió en un ambiente cultural, ya que tanto su padre como su hermano mayor lo llevaban al cine, le leían novelas y le hacían que se interesase por la cultura. En 1922 Akira comenzó sus estudios de bachillerato en el Instituo Keika. Un año después sería testigo de un hecho que le marcaría mucho, el gran terremoto de Kantó, que produjo un gran número de víctimas, y del cual Akira y su hermano fueron testigos directos, ya que el Instituto de Keika también fue destruido. En 1927 finaliza el bachillerato, y en vez de matricularse en la Escuela de Bellas Artes, prefiere elegir una formación menos académica y más libre. En estos años, Akira continúa con su afición a la pintura, y además empieza a interesarse cada vez más por la literatura, el teatro, y el cine. Comienza a descubrir el cine europeo del que se siente un gran admirador, Charles Chaplin, Buster Keaton o De Mille son algunos de sus directores favoritos. 

En 1929 decidió unirse a la Liga de Artistas Proletarios, sin embargo, dos años más tarde y desilusionado de este grupo, decide comprometerse con organizaciones políticas más radicales. Este entusiasmo le duraría poco, ya que en la primavera de 1932 decide abandonar el movimiento proletario. Cuando Akira cumplió 23 años sufre uno de los hechos más traumáticos de su vida, el suicidio de su hermano mayor, y cuatro meses después la muerte de otro de sus hermanos. Durante estos años continúa con su afición a la pintura, pero sus dudas acerca de su talento hacen que la abandone poco a poco. En 1936 el cineasta japonés se apunta en un programa de aprendices de director en los estudios Nikkatsu. Allí comenzará a trabajar como ayudante del director Kajiro Yamamoto. Durante estos años se dedicará a aprender, a escribir guiones y a dirigir su primera película. En 1943 debutó como director con la película Sanshiro Sugata (La leyenda del gran judo). Sus siguientes películas fueron supervisadas por el gobierno japonés, Ichiban utsukushika (La más bella, 1944), Zoku Sugata Sanshiro, Tora no o wo fumu otokotachi (1945), Waga seishum ni kuinashi (No añoro mi juventud, 1946), Yoidore tenshi (El ángel borracho, 1949) o Nora inu (El perro rabioso, 1949). En 1950 rodaría Rashomon, una película que cambiará su vida, ya que gracias a ella sería conocido internacionalmente. Ganó el León de Oro en el Festival de cine de Venecia del año 1951. 



Este sería el principio de una serie de reconocimientos a nivel internacional, ya que cuatro años después Ikiru (Vivir) recibirá el Premio del Jurado en el Festival de Berlín de 1954. En esta década de los cincuenta rodará películas tan conocidas como Los siete samuráis (1954), El trono de sangre (1957) o La fortaleza escondida (1958). Akira Kurosawa inicia la década de los sesenta con la película Los canallas duermen en paz, en donde analizaba el problema de la corrupción. Sus siguientes trabajos fueron Mercenario (1961), Tsubaki Sanjuro (1962), Infierno de odio (1963) y Barbarroja (1965). Durante los siguientes años Kurosawa tendrá problemas para trabajar, y de hecho hasta 1970 no rodaría ninguna película. Ante esta problemática, el director fundará su propia productora llamada Yonki no kai junto a otros compañeros. Con ella rodará su siguiente trabajo Dode’ska-den (1970). El inicio de la década de los setenta no fue bueno para Akira, ya que los periódicos publicaron que había sufrido un intento de suicidio. Nuevamente Kurosawa estará durante cinco años inactivo hasta que en 1975 vuelve al trabajo con su película Dersu Uzala, con la que consiguió el Oscar de la Academia de Hollywood.



En la década de los ochenta rodó Kagemusha (1980) y Ran (1985). Ya en los noventa rodó Los sueños de Akira Kurosawa, y, además, fue galardonado por la Academia de Hollywood con un Oscar honorífico a toda su carrera. Sus siguientes trabajos fueron Rapsodia en Agosto (Hachigatsu no Rhapsody, 1991), y Madadayo (1993). Akira Kurosawa murió en Shinjitai el 6 de septiembre de 1998.

 

 

PELÍCULA COMPLETA 

viernes, 20 de septiembre de 2019

VIVIR - IKIRU



SINOPSIS

Kanji Watanabe es un viejo funcionario público que arrastra una vida monótona y gris, sin hacer prácticamente nada. Sin embargo, no es consciente del vacío de su existencia hasta que un día le diagnostican un cáncer incurable. Con la certeza de que el fin de sus días se acerca, surge en él la necesidad de buscarle un sentido a la vida. (FILMAFFINITY)

EDITORIAL

La gran tragedia en esta experiencia que es la vida radica en el simple hecho de su finitud. Saber que en definitiva vamos a morirnos reduce el goce de cualquier festividad a los pocos segundos. Uno, tal vez dos, no más. Escondida tras el eco de todas nuestras risas se esconden las gélidas manos de la bella dama, aguardándonos con aquella paciencia de lo eterno. Tal como señalaba Borges la muerte es una vida vivida, la vida es una muerte que viene. ¿Cómo evitar pensar entonces que aquello que viene no estará colmado de ausencias? ¿Cómo no reflexionar a cada instante sobre aquel inconveniente de haber nacido, de haber sido arrojados a este vacío sin manera alguna de ser completado? La aventura será imposible, y lo sabemos. Serán escasas, entonces, las buenas noticias. Seguramente el amor, el conocimiento (tal vez) y sin dudas, el arte. Esa será quizás la triada que le acerque algún sentido a todo esto, y ojo, no hablo de perdurar, ya que sabemos fugaz también a ese sentido otorgado, sino de condimento, de sabor, de olvido a aquel temor inefable. Tal como decía Unamuno, quien les habla se ha manifestado ya varias veces a favor de la inmortalidad de bulto en contraposición a la sombra de inmortalidad. Asimismo, también hemos reparado en más de una ocasión que aquella inmortalidad le quitaría inevitablemente intensidad a nuestra experiencia. Quien se sabe inmortal, va un poco a menos; ya no existe el riesgo porque tampoco existe el tiempo por lo que solo resta esperar a que las cosas sucedan. 


Allí surge entonces el aburrimiento, que no es otra cosa que saber que nada cambiará. Tal vez la solución sea ser inmortales pero sin tener el conocimiento de serlo. Mientras tanto solo resta seguir preguntándonos día a día, de manera casi militante, cual es el sentido de todo esto, aun cuando sepamos que nuestro pesimismo nos gritará en la cara que todo carece del más mínimo de los sentidos. Que allí en la muerte, en aquel instante último de conciencia, se acabará todo. Asumiendo el sinsentido sobre el que se desarrolla todo este relato, esta experiencia, oscilaremos entre la sensación de placer y frustración. Aparecerán tus ojos como un faro en el naufragio mismo de la noche, pero más temprano que tarde nos invadirá el desengaño. Se irá de a poco la magia y ya todo tendrá su nombre y su lugar. Inventaremos nuevos placeres anticipando angustiosamente las nuevas frustraciones. Simone de Beauvoir escribió acerca de la muerte de Sartre, su gran amor, lo siguiente: Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá jamás. Nos quedará queridos amigos seguir buscando aunque sepamos que el acorde final de esta canción siempre será el desencanto. Allí estará lo humano, tal vez de eso se trate vivir.

Lucas Itze.-

Canción elegida para la editorial


IMPRESIONES SOBRE VIVIR


Nos hemos cansado de hablar en estas tertulias de lo que nos genera la rutina. Nosotros, oficinistas alienados, somos el complemento necesario para que el tiempo juegue su carta más cruel y tirana. Allí, frente a una computadora o vendiendo nuestra libertad en cualquier otro empleo, nos obsesionamos soñando cuando será el momento de largar todo y disfrutar. Y como suele pasarnos, eso casi nunca llega. Pero la esperanza estará ahí, siempre dispuesta a darnos una mano, aunque nos esconda la otra. Pasarán los años, llegarán los últimos momentos hasta que nos recibirá la muerte con sus muecas de cansancio, porque ella, tampoco le escapa a la rutina. Hace dos días encontrábamos en las efemérides que 79 años antes, nacía nuestro amigo y sabio consejero, Don Eduardo Galeano. El uruguayo, poco antes de que la parca se lo lleve para jugar en su equipo, dijo “La muerte acude aunque nadie la llame. No le hagas caso. Ni siquiera escuches su silencio: sería un homenaje que ella no merece. Me aburre pensar en la muerte, y sospecho que más aburrido será ser el centro de la fiesta fúnebre, mintiendo lo mucho que me duele abandonar este valle de lágrimas.” Esas palabras quedarían muy bien en la boca de Kanji Watanabe, el protagonista de Vivir, el film del maestro Akira Kurosawa. Este arranca con la imagen de una radiografía y una voz en off relatándonos parte de la vida de Kanji. El narrador será un personaje omnipresente en buena parte de la película. La radiografía será no sólo sobre ese cáncer que lo está matando y que todavía no lo sabe, sino que también será una imagen de su vida. Esa vida anodina, como empleado estatal en el ayuntamiento de Tokio, que pasa sin que nada cambie. “No hace nada, y en este mundo no hacer nada es lo mejor para mantener el trabajo” nos cuenta el narrador para entender un poco como fueron esos últimos 30 años del protagonista. 


Kurosawa nos contará esta historia de un poco más de dos horas en los ya clásicos tres actos aristotélicos. El comienzo será la presentación del personaje y su rutinaria vida, donde el tiempo no pasa nunca, como él lo comprueba cada vez que mira su reloj insistentemente. El director además dividirá la narración en dos partes. Por un lado veremos cuáles son las reacciones de Watanabe al enterarse que le quedan seis meses de vida donde intentará hablarlo con su hijo pero la poca predisposición de él lo hará cambiar de parecer. Se encontrará entonces con dos personajes que le abrirán mundos opuestos a los que accederá sin tanta confianza. Al principio será un escritor bohemio, gran conocedor de la vida nocturna, con quien compartirá noches de alcohol y juergas con mujeres. Se dará cuenta que eso tampoco lo llenará. Luego será el turno de Toyo, una joven y divertida ex compañera de trabajo, quien logre cambiarle la visión de ese mundo que lo rodea y él pueda entender que todavía quedan cosas por hacer. El desenlace será el comienzo de esa segunda parte, contemplando una elipsis que arrancará con un plano detalle de su fotografía. Caeremos en la cuenta de que estamos en el velatorio, y allí su familia y compañeros de trabajo empezarán a recordarlo. Kurosawa recurrirá a pequeños raccontos para recrear los meses anteriores al deceso de Watanabe. La división también se verá en los encuadres, donde primeramente encontraremos planos que nos abruman y nos asfixian pero más adelante ofrecerá planos más amplios. A esa idea se sumará la fotografía, a pesar de ser en blanco y negro, que ganará en claridad, cosa que en la oficina solo se veía con el sol entrando desde alguna ventana. 


Como siempre en el cine del japonés, aparecerán los factores externos para ponerle un condimento especial, como en este caso la lluvia y la nieve que junto al paso de los autos y los ruidos mismos de una gran ciudad, compondrán una excelente banda sonora, que logra conectarte con el film. La banda musical también será de vital importancia, donde la clásica canción nipona La vida es corta resuena más de una vez durante la película. Las composiciones de planos se nutrirán en muchas ocasiones de planos medios, y muchas veces la cámara estará a media altura. Tampoco faltarán los travellings o los planos detalle como mencionamos anteriormente en el comienzo de la segunda parte, en una escena que termina con la cámara fuera de la sala velatoria, en unos cortes de planos geniales. Asistiremos a un montaje maravilloso, donde cada raccord entre plano y plano es de una sincronía perfecta. También será importante el arte escénico, que dota de gran verosimilitud cada secuencia. El guion no será lineal, como marcamos cuando hablamos de los raccontos, y como nos acostumbra el cine asiático, valdrá más los gestos y las miradas que las palabras, con Takashi Shimura el actor principal, dando una lección en ese sentido. Porque a veces solo es necesario mirar y dejar que las palabras no arruinen ese silencio. Y como intentó Watanabe, si algún día nos vienen a buscar, dejar algún legado y no ser simplemente un ave de paso. Y a pesar de que la soledad, la rutina, el tiempo y hasta la misma muerte intenten desesperanzarnos, siempre tendremos un motivo para mirar más allá y al igual que nuestro protagonista, encontrar un por qué para sentirnos vivos.
                  
Marcelo De Nicola.-

Canción post impresiones


UNIVERSO KUROSAWA


Akira Kurosawa, el más conocido de los directores de cine japonés, nació en el distrito Omori de Tokio el 23 de marzo de 1910. Era el menor de siete hermanos de una acomodada familia de comerciantes de Osaka. Su familia era descendiente de una línea de antiguos samuráis. Hasta 1921 Kurosawa realiza sus primeros estudios, mostrando un especial interés por el mundo de la pintura. Desde muy pequeño se movió en un ambiente cultural, ya que tanto su padre como su hermano mayor lo llevaban al cine, le leían novelas y le hacían que se interesase por la cultura. En 1922 Akira comenzó sus estudios de bachillerato en el Instituo Keika. Un año después sería testigo de un hecho que le marcaría mucho, el gran terremoto de Kantó, que produjo un gran número de víctimas, y del cual Akira y su hermano fueron testigos directos, ya que el Instituto de Keika también fue destruido. En 1927 finaliza el bachillerato, y en vez de matricularse en la Escuela de Bellas Artes, prefiere elegir una formación menos académica y más libre. En estos años, Akira continúa con su afición a la pintura, y además empieza a interesarse cada vez más por la literatura, el teatro, y el cine. Comienza a descubrir el cine europeo del que se siente un gran admirador, Charles Chaplin, Buster Keaton o De Mille son algunos de sus directores favoritos. 
En 1929 decidió unirse a la Liga de Artistas Proletarios, sin embargo, dos años más tarde y desilusionado de este grupo, decide comprometerse con organizaciones políticas más radicales. Este entusiasmo le duraría poco, ya que en la primavera de 1932 decide abandonar el movimiento proletario. Cuando Akira cumplió 23 años sufre uno de los hechos más traumáticos de su vida, el suicidio de su hermano mayor, y cuatro meses después la muerte de otro de sus hermanos. Durante estos años continúa con su afición a la pintura, pero sus dudas acerca de su talento hacen que la abandone poco a poco. En 1936 el cineasta japonés se apunta en un programa de aprendices de director en los estudios Nikkatsu. Allí comenzará a trabajar como ayudante del director Kajiro Yamamoto. Durante estos años se dedicará a aprender, a escribir guiones y a dirigir su primera película. En 1943 debutó como director con la película Sanshiro Sugata (La leyenda del gran judo). Sus siguientes películas fueron supervisadas por el gobierno japonés, Ichiban utsukushika (La más bella, 1944), Zoku Sugata Sanshiro, Tora no o wo fumu otokotachi (1945), Waga seishum ni kuinashi (No añoro mi juventud, 1946), Yoidore tenshi (El ángel borracho, 1949) o Nora inu (El perro rabioso, 1949). En 1950 rodaría Rashomon, una película que cambiará su vida, ya que gracias a ella sería conocido internacionalmente. Ganó el León de Oro en el Festival de cine de Venecia del año 1951. 


Este sería el principio de una serie de reconocimientos a nivel internacional, ya que cuatro años después Ikiru (Vivir) recibirá el Premio del Jurado en el Festival de Berlín de 1954. En esta década de los cincuenta rodará películas tan conocidas como Los siete samuráis (1954), El trono de sangre (1957) o La fortaleza escondida (1958). Akira Kurosawa inicia la década de los sesenta con la película Los canallas duermen en paz, en donde analizaba el problema de la corrupción. Sus siguientes trabajos fueron Mercenario (1961), Tsubaki Sanjuro (1962), Infierno de odio (1963) y Barbarroja (1965). Durante los siguientes años Kurosawa tendrá problemas para trabajar, y de hecho hasta 1970 no rodaría ninguna película. Ante esta problemática, el director fundará su propia productora llamada Yonki no kai junto a otros compañeros. Con ella rodará su siguiente trabajo Dode’ska-den (1970). El inicio de la década de los setenta no fue bueno para Akira, ya que los periódicos publicaron que había sufrido un intento de suicidio. Nuevamente Kurosawa estará durante cinco años inactivo hasta que en 1975 vuelve al trabajo con su película Dersu Uzala, con la que consiguió el Oscar de la Academia de Hollywood. 


En la década de los ochenta rodó Kagemusha (1980) y Ran (1985). Ya en los noventa rodó Los sueños de Akira Kurosawa, y, además, fue galardonado por la Academia de Hollywood con un Oscar honorífico a toda su carrera. Sus siguientes trabajos fueron Rapsodia en Agosto (Hachigatsu no Rhapsody, 1991), y Madadayo (1993). Akira Kurosawa murió en Shinjitai el 6 de septiembre de 1998.

FICHA TÉCNICA

Título original: Ikiru
Año: 1952
Duración: 143 min.
País: Japón
Dirección: Akira Kurosawa
Guion: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto, Hideo Oguni
Música: Fumio Hayasaka
Fotografía: Asakazu Nakai (B&W)
Reparto: Takashi Shimura, Nobuo Kaneko, Kyôko Seki, Makoto Kobori, Kumeko Urabe, Yoshie Minami, Miki Odagiri, Kamatari Fujiwara

miércoles, 15 de junio de 2016

RASHOMON


EDITORIAL

El corazón y su redoble iracundo
el obscuro caballo de la sangre
caballo ciego caballo desbocado
el carrousel nocturno la noria del terror
el grito contra el muro y la centella rota
Camino andado
camino desandado
El cuerpo a cuerpo con un pensamiento afilado
la pena que interrogo cada día y no responde
la pena que no se aparta y cada noche me despierta
la pena sin tamaño y sin nombre
el alfiler y el párpado traspasado
el párpado del día mal vivido
la hora manchada la ternura escupida
la risa loca y la puta mentira
la soledad y el mundo
Camino andado
El coso de la sangre y la pica y la rechifla
el sol sobre la herida
sobre las aguas muertas el astro hirsuto
la rabia y su acidez recomida
el pensamiento que se oxida
y la escritura gangrenada
el alba desvivida y el día amordazado
la noche cavilada y su hueso roído
el horror siempre nuevo y siempre repetido


Camino andado
camino desandado
El vaso de agua la pastilla la lengua de estaño
el hormiguero en pleno sueño
cascada negra de la sangre
cascada pétrea de la noche
el peso bruto de la nada
zumbido de motores en la ciudad inmensa
lejos cerca lejos en el suburbio de mi oreja
aparición del ojo y el muro que gesticula
aparición del metro cojo
el puente roto y el ahogado
Camino andado
camino desandado
El pensamiento circular y el circulo de familia
¿qué hice qué hiciste qué hemos hecho?
el laberinto de la culpa sin culpa
el espejo que acusa y el silencio que se gangrena
el día estéril la noche estéril el dolor estéril
la soledad promiscua el mundo despoblado
la sala de espera en donde ya no hay nadie
Camino andado y desandado
la vida se ha ido sin volver el rostro.

Octavio Paz – Repeticiones

Canción elegida para la editorial



IMPRESIONES SOBRE RASHOMON


Las nubes negras avanzan como un ejército de guerreros poderosos e implacables tomando por asalto la plenitud de aquel reino celeste. Si es verdad que para cada luz siempre hubo una sombra sobre esta tierra de mortales hoy, la oscuridad todo lo habita en la soledad más pura, aquella oscuridad que avanza lento y huele a muerte y a mentiras. De pronto, la lluvia. Su rugido húmedo golpea con sus afiladas gotas como la garra de un tigre desesperado que cae pesada e infalible sobre la infértil tierra y los despeinados pastizales. Entre aquellas sombras se levantan aun los heridos restos de la imponente Rajomon. No hay vestigios de heroísmo ni opulentos versos o pinturas que rescaten la singular belleza de aquella entrada hacia ese mundo imperial y distinguido. Aquella belleza quedo atrapada en una anécdota que ya nadie cuenta, su nombre primero ya no suena entre los susurros de los más viejos. El viento aúlla su furia entre sus columnas rotas y las maderas agrietadas. El viento sopla su muerte por aquellos rincones oscuros del olvido. La desolación aprendió su angustiosa frialdad entre la suciedad de sus ruinas. 


Allí donde los muertos mueren de pena… allí donde nacer es la condena, allí donde la última lagrima cae para que nadie la escuche sobre las letras de ese cartel que nos cuenta que el infierno es aquí y ahora, sobre ese nombre, Rashomon. “El demonio vive aquí y su terror se alimenta de la ferocidad del hombre” nos dirá aquel personaje que nos representara simbólicamente en la pantalla a nosotros, los espectadores, aquel personaje que aparecerá en escena desde atrás de cámara, como una proyección del que mira la cual se extiende asombrosamente al relato. Rashomon, adaptada y dirigida por el siempre genial Akira Kurosawa, vendrá a mostrarnos que se puede narrar de otra manera, hoy repetida sin escrúpulos hasta el hartazgo, pero en aquel entonces innovadora y revolucionaria. El tiempo del relato escapará a la linealidad por una acertada decisión estética, trabajando el presente narrativo entre los restos de Rashomon, bajo aquella lluvia incesante que buscará limpiarlo todo, que buscará purificarlo o por lo menos hacer fluir aquello estancado allí por siglos. Luego, el relato se abrirá en distintos raccontos, que responderán a distintos puntos de vistas sobre un mismo asesinato. 


Un juego similar realizaría nuestro gran amigo Woody Allen varios años más tarde, pero en este caso, lo que variaría seria el género trabajado sobre una misma situación, realizando con esto, un magistral ejercicio de dirección cinematográfica. Hablo, claro está, de Melinda Melinda. Pero volvamos a Akira. El film trabajará sobre la adaptación de dos cuentos, de los cuales tomara la locación de uno y la situación eje del otro, adjudicándole un simbolismo particular a cada secuencia rodada. Por allí entonces, paseará tanto la moral como los prejuicios, por allí tropezará también la fe hasta casi perderse entre los inútiles recuerdos de una cultura en decadencia, por allí el agua deberá hacer su mayor esfuerzo para limpiar toda aquella suciedad que pesa en el pasado, deberá correr con salvajismo para purificarnos y así volver a creer en el hombre. El sol saldrá entonces, con el llanto de un chico y en aquel amanecer de la esperanza tal vez rescatemos del tiempo ese haiku escrito por Jorge Luis que más de una vez me ha funcionado de faro en la noche más oscura: En el desierto acontece la aurora: Alguien lo sabe.-
Lucas Itze.-

Canción post impresiones



De según como se mire todo depende...


El homenaje de Charly


Y nos fuimos con...



FICHA TÉCNICA

Título original: Rashômon
Año: 1950
Duración: 88 min.
País: Japón
Director: Akira Kurosawa
Guión: Akira Kurosawa, Shinobu Hashimoto
Música: Fumio Hayasaka
Fotografía: Kazuo Miyagawa (B&W)
Reparto: Toshirô Mifune, Machiko Kyô, Masayuki Mori, Takashi Shimura, Minoru Chiaki, Kichijirô Ueda, Noriko Honma, Daisuke Katô

SINOPSIS


Japón, siglo XII. En Kioto, bajo las puertas del derruido templo de Rashomon, se guarecen de la torrencial lluvia un leñador, un sacerdote budista y un peregrino. Los tres discuten sobre el juicio a un bandido, acusado de haber dado muerte a un señor feudal y violado a su esposa. Los detalles del crimen son narrados desde el punto de vista del bandido, de la mujer, del señor feudal -con la ayuda de un médium- y del leñador, único testigo de los hechos.

PELICULA COMPLETA


lunes, 28 de julio de 2014

RAPSODIA EN AGOSTO

Programa 60 (13-06-2014)


EDITORIAL

Los hijos de puta se esconden en el olvido. Justo detrás de aquel manto siniestro y oscuro, impregnado de olor a lejanía, a duda, roído por el tiempo. Después de todo, a la distancia, los grandes fuegos, tal vez sean solo grises cenizas. Esta quizás sea su arma más poderosa, el peor de los holocaustos, el disfraz más augusto. Allí cambiarán su piel lentamente y brindarán jurándote un nuevo encuentro. Cambiarán sus colores, intentarán con el blanco, se animarán al rojo o insistirán con el negro. Y nunca los sentiremos volver, nunca. Un amigo me confesó alguna vez que la memoria es la única trinchera posible. No lo sé. Observo y entiendo que se ha vestido de olvido cierto rostro de mujer, cierta palabra impúdica. Un sádico rostro de rasgos finos. Han huido a esas regiones de la geografía de mi pensamiento situaciones que han sabido causar un profundo dolor, y desde aquí espero su retorno. Está claro que esas bestias ya tienen su infierno, y es por eso que me abrazo desesperado a mis escombros. 


Dibujo en las paredes los destellos ennegrecidos de la muerte  y repito por las noches cada nombre ausente. Todavía siento la temperatura hacer arder mi cuerpo, despellejar la carne con una resistencia algodonada. Jamás se han borrado los gritos, aquellos gritos del espanto. Muchas veces no duermo por las noches esperando que alguien derribe mi puerta o la del vecino. Desearía aprender a oler a esta clase de canallas, no para la venganza, porque la venganza es para los débiles. Sino, solamente, para poder captarles a tiempo, y aunque sea, por una vez recibirlos con la guardia en alto. Quisiera poder cantarle a la muerte y lograr su temor con mis acordes y aullidos. Alertar al pueblo de aquellos cóndores que oscurecen los cielos de mis hermanos latinos. Entregaría lo que no tengo por descubrir tu cuerpo desaparecido. Ser el rapsoda que en su canción alerte a los chicos dormidos, entre sus cartones sucios de calles y de olvido, que a lo lejos vienen ellos, animales muertos de la muerte, pudriendo con su hedor cualquier brillo. Quisiera poder describir en mi rapsodia, aquella explosión de la muerte, recitar cada uno de sus versos ante los ojos de los culpables de todo ese sadismo. Serán versos calcinados, con olor a niño muerto, arderán en él las suplicas por agua, los hierros de la ciudad derretidos. Será una rapsodia oscura y espantosa. Escribiré en un solo llanto aquel texto tan vivo de muerte,  ahuyentaré al olvido, con mi rapsodia de agosto.

Lucas Itze.-

Canción elegida para la Editorial  



IMPRESIONES SOBRE RAPSODIA EN AGOSTO


Claramente no estamos ante la mejor obra del autor. En su haber encontraremos películas de una delicadeza exquisita, de una orfebrería única, que supieron darle un nombre y un apellido: Akira Kurosawa. Recuerdo sin hacer demasiado esfuerzo, aquel increíble film que se llamó Ran, basado en “El rey Lear” de nuestro amigo William Shakespeare. Todavía tengo el sabor de la perfección en sus planos, la elaboración de sus vestuarios. Luego vendrían “Los sueños” esa serie de cortometrajes profundos en su relato, amables en su relectura, de una fotografía pocas veces vista. 


Antes de estas dos, recuerdo, también, la ternura de “Dodes Ka -  Den” o del impecable tratamiento en el uso del punto de vista que se ve magistralmente aplicado en “Rashomon” La lista sigue, y es muy extensa, porque extenso era su talento. Casi al final de su carrera nos llega “Rapsodia en Agosto” haciendo una relectura de aquel episodio fatídico que todavía llora la cuidad de Nagasaki, aquel holocausto siniestro que fue La bomba de Hiroshima. En su relato, Akira, contiene las llamas de los que todavía nos envenenamos con el crimen de la inocencia, de los que vimos a los mismos culpables apretar los mismos botones pero ahora para invadir nuevos países, de los que escuchamos a aquellos canallas profesar la muerte en pos de un futuro depredador y solitario. Utilizará para este difícil acto el punto de vista de la o bachan, aquella abuela sabia y repleta de ternura. Ella vendrá a traer la tradición y se la vendrá a entregar a ellos, que son sus nietos, esos jóvenes que no hacen más que mirarla con desconfianza. Ellos tendrán también otro punto de vista, que será el de sus padres, quienes le plantearán que el futuro está en otro lado e intentarán quitar el polvo que subyace en los argumentos de la abuela. Ella les dirá con una paz sabía que la culpa de la muerte de su abuelo no la tiene Estados Unidos sino la guerra. 


Nos costará comprenderlo, pero haremos todo nuestro esfuerzo. Los padres de los chicos soñaran con Hawai y verán allí un futuro. Ella no. Preferirá su tierra, su campo, su vida. Preferirá seguir curando esas heridas, aunque tenga la certeza de que nunca sanarán, aunque ellas la lleven a la locura. Alguna vez el mismo Kurosawa nos dijo: El ser humano será más humano cuando tenga conciencia de que hay aspectos de la realidad que no puede manejar”  Me gusta pensar en un futuro donde el hombre no muera por el hombre, un futuro sin canallas depredadores. Ojala alguno de nosotros pueda verlo para así poder dejar de sentir al ver aquellas gotas caer, que el cielo está llorando.

Lucas Itze.-        

Canción post análisis   


También sonó un homenaje de Pedro Aznar


Y nos fuimos esperando que esta no sea Cualquier historia...


FICHA TÉCNICA

Título original: Hachigatsu no kyôshikyoku (Rhapsody in August)
Año: 1991
Duración: 93 min.
País: Japón
Director: Akira Kurosawa
Guión: Akira Kurosawa, Kiyoko Murata
Música: Shinichiro Ikebe
Fotografía: Shinichiro Ikebe
Reparto: Richard Gere, Fumiko Honma, Hisashi Igawa, Mitsunori Isaki, Narumi Kayashima, Sachiko Murase, Toshie Negishi, Tomoko Otakara

Argumento

Kane es una anciana cuyo marido murió en Nagasaki a causa de la bomba atómica. Mientras sus hijos se van a Hawai a visitar a un hermano de ella, sus cuatro nietos se quedan con ella en su casa rural. La idea es que después todos se vayan a la casa que tienen en Hawai, donde vive el hermano, y uno de sus sobrinos, Clark, que es más americano que japonés. Mientras los niños van conociendo Nagasaki y todo lo que dejó la bomba, los primos que viven en América les envían un telegrama ofreciendole trabajo en el campo de piñas que tienen en Hawai.
Los chicos responden el telegrama, mencionando lo ocurrido en Nagasaki, generando el enojo de los padres, quienes nuevamente en Japón, piensan que los americanos se ofenderán por dicha mención. Sin embargo, para terminar de arreglar las cosas, llega Clark, el primo americano, para quedarse con Kane hasta el día del aniversario de la bomba…


TRAILER