SINOPSIS
Rubén es un camionero solitario que
recorre desde hace años la autopista de Asunción del Paraguay a Buenos Aires,
cargando madera. Sin embargo, el viaje de hoy será diferente. Esta mañana, en
un paradero de la autopista cerca de Asunción, Jacinta se presenta una hora más
tarde para iniciar un viaje por carretera que la llevará a Buenos Aires. Es
más, Rubén se entera en ese mismo momento que la pequeña Anahí, de 5 meses,
viajará con ellos. No es el mejor comienzo pero a medida que vayan pasando los
kilómetros, la relación entre Rubén y Jacinta irá creciendo. Ninguno de ellos
habla mucho de sus vidas, ninguno pide mucho tampoco. Es un viaje de pocas
palabras, pero no silencioso. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
Salió de la fábrica enfundado en un rojo furioso que parecía pintado por un artista. Se echó a andar por las rutas más recorridas del país. Pero tampoco le faltó meterse en el barro, en esas calles de tierra donde poder doblar requería un tiempo mayor al normal. Ha trasladado tantas cosas que perdió la cuenta. Y ha pasado por tantas manos. Hasta que llegó el día que todo fue tirando a definitivo. Como ese amor de verano que sirve para alejar soledades. Primero fue un viaje corto, casi una prueba de fin de semana. Luego, el tiempo los fue acercando. Ya el olor del primer mate de la mañana se sentía antes de que suba al asiento. Ya sabía que iban a ser horas. La música de fondo. Alguna confesión, sabiendo que su oído iba a estar siempre ahí. Y más seguro que un cura. Pobre el que los veía charlando, pensarán que era un loco decía… Es que de soledades se vive en este mundo. De estaciones de servicios, de parrillas al paso, de amigos por horas, de alguna visitante de ocasión. Y no iba a ponerse celoso por eso. Si, al fin y al cabo, nadie lo había cuidado mejor. Los mejores años de su vida, sin ninguna duda.
Cada tanto al médico por alguna abolladura y no más que eso. Perdió
la cuenta de las provincias que visitó. Ni hablar de los pueblos. En algunos
lugares, los chiquilines hasta se sorprendían al verlo. Ahí se sentía como
cuando salió de la fábrica. Aunque los años no venían solos. Varios lo
quisieron retirar. Muchos otros intentaron desarmarlo de golpe, pero siempre
resistió. Ya con los años empezó a caminar menos. Su pareja de toda la vida lo
cambió por alguien más joven pero siempre volvía a ese amor. Nunca lo dejó de
lado. Lo sacaba a carretear cada tanto, para no oxidarse en el olvido. Fue ahí
cuando empezó a entender de soledades. Quizás cuando ya no tenía quien lo
charle, cuando el aroma de ese mate lo gambeteaba y se iba por la otra punta.
Pero ese gigante de hierro y varias ruedas se conformó con jubilarse poco a
poco y, desde ese viejo garage, recibir el saludo de su amante día tras día, para
que la maldita soledad no lo pueda vencer…
Marcelo De Nicola.-
Canción elegida para la editorial
IMPRESIONES SOBRE LAS ACACIAS
La naturaleza del hombre es, antes que nada, solitaria. Casi siempre estamos solos. Vivimos sumergidos en esta marea de gente, atravesados por un lenguaje que no nos contiene ni nos nombra. No hay mayor soledad que ese silencio ensordecedor que distancia la palabra de aquello que nombra. No existe mayor soledad que la palabra insuficiente, la del receptor que no oye, la del ruido en el mensaje, la de este grito que se ahoga en un murmullo virtual inalcanzable que nos promete un futuro que, paradójicamente, nos asegura que nos matará en 10 años. La soledad binaria de ceros y unos, simplificada, disociada y ajustada al entendimiento de un receptor sencillo, simple como el mensaje que pretende recibir. ¿Qué soledad más profunda en este mundo habrá que esta? Sábato tenía cierto optimismo, muy raro en él, respecto de esto. El escritor decía que tal vez aluna vez en la vida, muy de vez en cuando, se generaban efímeros puentes donde se forjaba una comunión con el otro, o sea una común unión, efímera, fugaz, temporaria, por demás breve. Agregaba Ernesto, o tal vez nosotros, que aquellos puentes se tendían en ocasiones muy particulares. Tal como Sábato, creemos desde este espacio, que esas breves conexiones se dan en situaciones particulares de las relaciones humana tales como el amor, el pensamiento y algún hecho artístico. Conectar con una lírica, con una melodía, voy a menos, conectar con un acorde, nos hermana inevitablemente con el artista, y eso hace puente.
Unos ojos negros casi felinos descubiertos observándonos desde el anonimato en la espera de un semáforo, hace puente. Creer que uno está enamorado es puente. Sumergirse en la marea feroz de una charla inteligente también lo es. Luego, la mayoría del tiempo, el resto de la vida digo, somos, tal como nos describía Pirandelllo como islas incomunicadas que viajan sin interrelacionarse. Viviendo nuestras vidas en la soledad más íntima del ceno quizás de una familia, de una urbe, de una comunidad. Muriendo el tiempo tan callando. Porque la soledad siempre es en función del tiempo. Uno sufre la soledad porque se sabe finito, vamos, porque sabe que va a morir. El eterno no se siente solo porque vive en la certeza de que todo en algún momento le llegará. Tal como dijimos alguna vez en este mismo foro, pensar al tiempo, darle una entidad de pasado, presente y futuro, darle una lógica, es nada más y nada menos que volverlo ilógico. Pensar al tiempo es descubrirlo irracional, es comprender que es imposible afirmarnos en un presente, en un ahora. Aquel ahora nos huye. El pasado no existe, no es, porque ya ha transcurrido, es nada. El futuro tampoco es porque no ha sucedido, es una especulación propia y personal, una intromisión desesperada del almanaque. El presente, tal como dijimos, es inhabitable e inaprensible, es el punto de encuentro entre el pasado y el futuro, es el crudo cruce entre dos nadas. Pensar el presente es hacerlo siempre desde el pasado, es una construcción fantasiosa sobre la que nos proyectamos y desde la que construimos existencia y también lenguaje. El presente es nada, no hay ahora.
Aun así, el tiempo se sucede por una gracia inexplicable, y esta gracia puede convertirse en una condena. El futuro, asimismo, es una proyección que realizamos desde nuestra propia acumulación de pasado, pero aquella imagen especulativa, construida con lo que nos falta en el presente, tampoco la habitaremos jamás. Esa tal vez sea una buena noticia. El futuro nunca va a encajar con la imagen que diseñemos de él y es en aquella incongruencia cuando deviene la sorpresa. La mala noticia, y la real, es que padecemos nuestra existencia entre el choque de dos nadas. Camus, en su libro El mito de Sísifo, encontrará una solución a esta existencia sostenida entre el cruce de dos nadas, sin tiempo ni espacio: el suicidio. Por su lado, Schopenhauer dice: Toda vida es esencialmente sufrimiento, a lo que Nietzsche agrega descarnadamente en su pesimismo radicalmente trágico la idea de no haber nacido y de haberlo hecho morir pronto, retirarse de la vida. Estamos solos, estamos tristes y todo aquello es una tragedia en sí. Conocemos nuestro destino, y como héroes y heroínas que somos de nuestra epopeya, no podemos escapar a nuestro final trágico y solitario. Lo sabemos. Moriremos cualquier día de estos. Lo haremos en la más profunda de las soledades. Morirán aquellos que amamos y harán más profundo el abismo que nos habita. Pero estará bien, de eso también se trata esta aventura.
Allí está Las Acacias, aquel film simple en toda la complejidad de la concepción de aquel término, tranquilo y movilizante, el cual va a venir a chocar un poco con todas estas ideas desde el amor, el pensamiento y claro, desde el arte. Pablo Giogelli, su flamante director, intentará entrar en aquel mundo tan excelentemente narrado por Lucrecia Martel, pero lo hará con su impronta personal. Eso le dará una riqueza particular a la cinta. La película abrirá inicialmente con el sonido sobre los títulos, anticipando que habrá algo que nuestro héroe tendrá que oír, que habrá algo que no estará en la imagen y que servirá para su proceso dentro de la curva dramática. Entonces, la cinta abrirá impactante con una Acacia de gran altura a contra luz y nuevamente el sonido. Se oirá fuera de campo el quiebre de una madera y un árbol entrará a cuadro cayendo. Estos 20 segundos de celuloide bien podrían ser una gran metáfora del conflicto de Rubén, protagonista del film. Gastón Bachelard dice que toda metáfora es un mito en miniatura. Allí está entonces el mito de Rubén, solo falta desarrollarlo. La película será una Road Movie, y transcurrirá en su mayoría en la cabina de un camión, situación que reducirá profundamente la capacidad de puesta de cámaras y de encuadres para una película de más de una hora. Esta situación estará resuelta con delicadeza e inteligencia por el director, el DF de la película, y el montajista. El relato será dinámico y entretenido, aunque sencillo y sin demasiadas pretensiones. Allí estará la belleza de Las Acacias. Tendrá la frescura de cuando uno se sienta a la vera de un río.
En tal situación pueden pasar dos
cosas. Que nos quedemos en el simple acto de visualización del agua correr, o
conectarnos realmente, enérgicamente con la situación entera. Con la vibración
de la tierra, la potencia del rio, su sonido, su canto, la historia que trae al
chocar con las piedras, la caricia del viento en la cara, el movimiento de las
hojas y el juego de sus sombras creando duendes inquietos recorriendo la tierra
a nuestro alrededor. Y el rio… el rio fluyendo. Las Acacias decide sentir y mostrar al espectador la segunda
situación. Logra con simpleza, con economía de planos, transmitir esa visión de
la tierra, de las personas de la provincia, de la vida lejos de los edificios,
del tránsito y la velocidad imperiosa citadina. La fotografía de la cinta
estará virada a las tonalidades verdes y predominarán los planos cortos. La
estructura narrativa del relato será lineal y el conflicto será interno.
Veremos el árbol caer y aquella será la resolución del conflicto de Rubén. Nos
sorprenderá, no lo veremos venir y será maravilloso. Nos quedaremos con la cara
de nuestro protagonista en primer plano con sus ojos vidriosos y pediremos que
funda a negro porque la película será eso, y Giorgelli lo hará en el momento exacto, justo allí donde Ruben,
entre tanta coraza, tanto dolor asumido, tanta soledad mal llevada, podrá
generar aquel efímero puente del que hablábamos al principio y en aquella
brevedad de su ser, en aquella comunión podrá, aunque de manera casi
imperceptible, dejar ver su corazón.
Lucas Itze.-
Canción post impresiones
UNIVERSO GIORGELLI
Nació en 1967 en la ciudad de Buenos
Aires. Pablo Giorgelli Empezó como montajista en film como Moebius
(1996), Sólo por hoy (2000) y Lo Natural (2002). En 2011 filma su
primer largometraje: Las acacias, con el que gana la Cámara de Oro en
el Festival de Cannes. Luego llega Invisible en 2018, que narra la
vida de Ely, que tiene 17 años y está embarazada. En 2021 filma su último film hasta la fecha: La
encomienda, sobre unos hombres que naufragan y quedan a la intemperie en el
mar azul intentando sobrevivir.
FICHA TÉCNICA
Título original: Las acacias
Año: 2011
Duración: 82 min.
País: Argentina
Dirección: Pablo Giorgelli
Guion: Pablo Giorgelli, Salvador
Roselli
Reparto: Germán de Silva, Hebe Duarte,
Nayra Calle Mamani.
Fotografía: Diego Poleri







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