SINOPSIS
Remo Manfredini es un
jockey legendario, pero su comportamiento autodestructivo comienza a eclipsar
su talento y amenaza su relación con su novia Abril.
El día de la carrera más importante de su carrera, que lo liberará de sus
deudas con su jefe mafioso Sirena, sufre un grave accidente, desaparece del
hospital y deambula por las calles de Buenos Aires. Libre de su identidad,
comienza a descubrir quién está destinado a ser en realidad. Pero Sirena quiere
encontrarlo, vivo o muerto. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
La noche era calurosa, siempre las navidades en el barrio solían ser así. Las mesas eternas en las veredas eran el decorado que completaba el festín. Los chicos iban y venían. La pelota iba de una manzana a otra. Eso sí, a las 12 menos cuarto, todos adentro. No vaya a ser cosa que alguien descubra ciertos secretos. Luego llegaba el brindis, la hora de los regalos. Algunos con más que otros, pero todos compartiendo ese momento que luego no se compartirá más. De repente, unos estruendos aturden a toda la vecindad. No son cuetes normales, no. Lo saben los mayores. Nosotros los chicos los festejamos. Claro, en ese momento no entendemos lo que significa que alguien saque una pistola y efectúe tiros al aire. Tampoco sabemos la peligrosidad. De los más grandes, algunos ríen, otros se enojan. Lo que pasa todos los años. El tipo luego baja de la terraza, sin el arma en mano y ríe. Algunos lo retan. A Pocho no le interesa. Vive hace años y lo conoce todo el mundo. “Ya me extrañarán, chiquito”, me dice mientras me guiña un ojo. Luego, se pondrá a hablar de fútbol para terminar con su pasión: el turf. Y empieza la etapa de convencimiento… Se sienta de lado y dice “vos tenes que ser jockey, que son flacos y chiquitos como vos. Haceme caso”. Años escuchando esa frase. Básicamente cada vez que lo cruzaba. Un día, suena el timbre, escucho voces hasta que alguien me llama y lo primero que veo es una boina marrón. Un saco color azul y un pantalón que hace juego con la boina. El tipo de los tiros al aire me acompaña hasta su auto quien sabe para llegar a donde…
En ese viaje eterno suenan las carreras de caballos de fondo.
Estacionamos frente al Hipódromo de Palermo. Gente de traje y corbata a pasos
apurados cuentan billetes frente a las ventanillas. En el fondo esperaba él, un
caballo hermoso, color petróleo. Estaba con la mirada tranquila, aunque sus
ojos eran amenazantes. No me quería acercar mucho, siempre les tuve pánico. El
viejo me llevó hacia allí endulzándome los oídos y casi sin pensarlo estaba
arriba de esa bestia de cuatro patas, obviamente ayudado por alguien del lugar.
Ese fue el comienzo. Esa fue la bifurcación de la historia. Vinieron años de
entrenamientos, perderme ciertos momentos adolescentes y perderle el miedo a la
bestia. Allí también estaba ella. Con su pelo atado y su fina estampa. Una
mueca alcanzó para que sea eterna. Rivales de amor y de odio. Creciendo cada
uno desde lugar. Pasión e intensidad, como en la pista. Todo cambió cuando
resonó mi nombre en el mítico hipódromo. Unos enloquecían, otros puteaban.
Pocho me llevaba hacia la victoria. Si, le pusimos ese nombre. En homenaje al
viejo que murió poco tiempo después de esa tarde de domingo. Quizás fue el
legado, quizás fue una historia inconclusa, quizás fue ese amor de verano
inolvidable. O una vida que en algún momento pudo existir. Y quizás también, en
esos últimos recuerdos, se terminó creando la leyenda del jockey...
Marcelo
De Nicola.-
Canción elegida
para la editorial
IMPRESIONES
SOBRE EL JOCKEY
Alguna vez Mario Benedetti nos advirtió con la más pura de las honestidades lo siguiente: mírame pronto, antes que en un descuido me vuelva otro. Y culminó diciendo: en mis manos te traigo viejas señales, son mis manos de ahora, no las de antes. Doy lo que puedo, y no tengo vergüenza del sentimiento. Seré en este juego quien muera con el sol cuando las flores escondan su belleza diaria a la luna y conviden a las estrellas su ardiente danza de sombras, aromas y frescuras. Mi nombre no valdrá nada en tu primer sol. Seré el fuego apasionado del astro quemándolo todo, ardiendo en la pureza misma de la creación. Nos construiremos como en la niñez; sin reglas, ni tiempo, ni espacio. Sin miedos que nos detengan, que arruinen el juego, que impongan normas, o personajes preestablecidos. Lo haremos con la seriedad que propone lo lúdico, con la sonrisa del puente que nos devuelve ese misterio de pantera que todavía se esconde en el velo de nuestra mirada, esa mirada que desarma cada forma para hacer de aquello visto algo nuevo. Moriremos para empezar de nuevo como las flores, dejando nuestras semillas caer sobre la tierra. Apostando a otro ciclo hasta dar finalmente con nosotros mismos. Asomarnos al abismo es siempre trágico, y es tal vez esto lo que afirma el sufrimiento de la vida. Habrá un destino para nosotros, un punto final que haga fundir a negro toda esta pantalla. Dependerá en parte de nosotros encontrar ese destino y ese personaje, descubrir sus particularidades, caminar hacia él con la tesura y la templanza de quien sabe lo que hace, o tal vez con la simple resignación del quien camina sabiendo que cada paso dado niega al anterior.
Lo cierto es que el destino está allí y hasta ahora no hubo hombre sobre este cascote que escapara del punto final de su historia. Para los griegos, el destino era más poderoso que los dioses. Los dioses griegos no tenían omnipotencia, el gobierno de estos estaba reducido, antes que nada tenían fe en la fatalidad. Si hay una moraleja en las historias griegas es, queridos amigos, desconfíen del destino. Siempre el destino es más poderoso que los dioses. Su personificación en la mitología griega, fueron las Moiras. En principio, todo humano tenía su Moira, o sea su parte de vida, de felicidad y de desgracia. Como bien se sabe, estas eran inflexibles e impedían a los dioses acudir en socorro de tal o cual héroe cuando había llegado su hora. En un inicio se pensaba en una Moira universal, pero luego de Homero, se establecieron tres Moiras. Se las conocieron también como las parcas y regulaban la vida desde el nacimiento del héroe hasta la muerte. Tenían un hilo, uno hilaba, otro enrollaba y el último cortaba el hilo cuando la existencia llegaba a su fin. El nacimiento de la tragedia, tal vez la primer gran obra de Nietzsche, de 1871, es donde el filósofo introduce las figuras de Apolo y Dionisio como instintos artísticos que permiten crear la tragedia griega. Para el filósofo estas dos figuras son instintos artísticos contrapuestos que en algún momento se pueden complementar, y que de hecho se complementan para formar aquello que se llama la tragedia ática o clásica griega. Destrucción, aniquilación y creación. Esa es la transformación que va sufriendo a través de la obra Nietzscheana Dionisio.
En su obra la tragedia clásica se da como resultado, como conjunción de las dos fuerzas: la terrible, la nocturna, musical e instintiva, Dionisiaca y la bella, armoniosa, escultora y arquitectónica fuerza de Apolo. Schopenhauer dice: Toda vida es esencialmente sufrimiento, Nietzsche lee este pesimismo en los griegos y llega a la idea de que el pesimismo radicalmente trágico figura en la idea de no haber nacido y de haberlo hecho morir pronto, retirarse de la vida. Para poder soportar la existencia, entonces, los griegos tuvieron que crear un velo, los dioses olímpicos. Fue un proceso apolíneo de belleza que fue transformando aquel escenario titánico del horror. Poner un velo no es tapar, es seguir entreviendo lo que no soporta una mirada directa, y una mirada última jamás soporta una mirada directa. La tragedia consiste, entonces, en una tensión irresoluble, la cual nos muestra bellamente que no podemos ser inmortales. Por último, el destino del héroe, a pesar de sus virtudes, de su ingenio, su fortaleza, su astucia, sus capacidades superadoras a las humanas, será siempre trágico. Allí lo audaz, allí el peligro de su accionar heroico. Nos gusta pensar, desde este humilde recinto, que El Jockey, de nuestro gran amigo Luis Ortega, juega en su construcción con los elementos clásicos de una tragedia griega. Tal como hemos expuesto recién, nuestro héroe, un escéptico que tensa su existencia entre lo Apolinio y lo Dionisio, recorre la curva dramática con un destino del que no puede ni busca escapar.
Estarán las Moiras,
aquellos tres matones de personalidades diferentes regulando su vida, tensando
sus hilos. Habrá lo bello y lo puro en contraposición de aquello terrible,
nocturno y siniestro. Y sobre todo habrá una pregunta sobre el ser que flotará sobre
toda la trama, primero sugerida, luego de manera explícita. ¿Y vos quién sos? ¿Vos sabes quién sos?
El film se caracterizará por narrar a través de la cámara fija, planos medios,
muchas veces cámaras bajas contrapicadas. La fotografía nos recordará a los
films de Aki Kaurismaki y ciertos
personajes y diálogos nos traerán a la mente a David Lynch o a los hermanos Coen.
Serán referencias, aromas, ambientes que tomará el director como referencia,
como guiño artístico para con su público. La música será otro gran protagonista
como en cualquier cinta de Ortega.
La banda musical será exacta, nostálgica y compleja ya que buscará canciones
con letra y no simple música ambiental que acompañe las acciones o remarque un
sentimiento. Cada tema musical será un mensaje que bien podría haber sido
diálogo o tal vez acción. El film estará dividido en los clásicos tres actos
aristotélicos y tendrá una de las mejores prestaciones de personajes que este
que habla haya visto jamás. Ortega
volverá a demostrar que es un artista frente a la cámara, un poeta que filma,
tal como decía Jaques Aumont, todo
un cineasta, porque un cineasta solo merece ese nombre cuando sabe lo que
hace.
Lucas
Itze.-
Canción post
impresiones
UNIVERSO
ORTEGA
Luis Ortega nació el 12 de julio de 1980. Es el quinto hijo de Palito Ortega y Evangelina Salazar, por lo que siempre estuvo rodeado de artistas. Su debut como director lo hizo con apenas 21 años cuando filmó Caja Negra, con Dolores Fonzi, donde cuenta la historia de tres personajes: una jovencita que trabaja en una tintorería, un padre que sale de la cárcel y para en el Ejército de Salvación, y una anciana. Luego le siguió Monoblock, donde tiene el gusto de dirigir a su madre junto a Graciela Borges, Rita Cortes y Carolina Fal, donde la turbia historia de estas cuatro mujeres está delimitado en un pequeño monoambiente.
En 2009 protagoniza junto al recordado Alejandro Urdapilleta el film Los santos sucios, donde un grupo de 5 sobrevivientes se embarcan en un viaje que los hará enfrentarse a sus peores miedos, sus sueños y sus deseos en la búsqueda de la salvación a través del Río Fijman. En 2011 filmó Verano maldito con guión de Urdapilleta y la actuación de su hermana Julieta y Joaquín Furriel. La historia gira en torno a una pareja de clase alta que recibe la sorpresiva visita de un tío de él. Un año después llega Dromómanos, sobre cinco personas que deambulan por la ciudad y por una villa en las afueras de una Buenos Aires casi irreconocible, nocturna, feroz, concreta y lírica. En 2014 filma Lulú con Daniel Melingo como protagonista y con Nahuel Pérez Biscayart y Ailín Salas como dos chicos de la calle que se enamoran.
En 2018 llega
su film más reconocido: El ángel con Lorenzo Ferro, la historia
de Robledo Puch, uno de los asesinos seriales más famosos de
Argentina. En el medio, realizó varias de las series de renombre de los últimos
años: Lo que el tiempo nos dejó, Un año para recordar, Historias de un clan,
El marginal y dos capítulos de la serie Narcos: México. Su último
film fue El Jockey, con la que ganó numerosos premios en varios
festivales del mundo.
FICHA TÉCNICA
Título original: El Jockey
Año: 2024
Duración: 97 min.
País: Argentina
Dirección: Luis Ortega
Guion: Luis Ortega, Fabián
Casas, Rodolfo Palacios
Reparto: Nahuel Pérez
Biscayart, Úrsula Corberó, Daniel Giménez Cacho, Mariana di Girolamo, Daniel
Fanego, Osmar Nuñez, Luis Ziembrowski, Roberto Carnaghi.
Música: Sune Wagner
Fotografía: Timo Salminen








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