miércoles, 25 de febrero de 2026

LA FUENTE DE LA DONCELLA - JUNGFRUKÄLLAN DE INGMAR BERGMAN

PROGRAMA 491 (12-12-2025)

 

SINOPSIS

 

Suecia, siglo XIV. Como cada verano, una doncella debe hacer la ofrenda de las velas en el altar de la Virgen. El rey Töre envía a su hija Karin en compañía de Ingrid, una muchacha que odia a Karin en secreto. Antes de cruzar el bosque, Ingrid se detiene y abandona a la princesa, pero la muchacha prosigue su camino y se encuentra con unos pastores, aparentemente afables, que la invitan a compartir su comida. (FILMAFFINITY)

 

EDITORIAL

 

Si de algo estamos seguros es que lo que ya ha ocurrido se mantiene melancólico e inalcanzable en el pasado y que aquello que proyectamos, eso que soñamos y añoramos lo depositamos en un futuro lejano e improbable. Lo único real es, tal como decía Borges, el ápice vertiginoso del presente. Aristóteles, por su parte, sentencia respecto del tiempo que lo que ha sido ha sido. Que el pasado es imposible de modificar. Ni los dioses tienen el poder sobre aquello. Desde este humilde espacio nos aventuramos a discrepar con el pensador. Quizás desde nuestro agnosticismo podamos ver la situación desde otro punto de vista, con otros cercos que guíen nuestra mirada y dudar sobre la afirmación aristotélica y creer que aquello que ilumina nuestro presente puede resignificar nuestro pasado de manera significativa. Todo pasado se resignifica por un hecho presente y no necesitamos ser dioses para lograrlo. Pensemos en una traición repentina, inesperada. Instantáneamente modifica el significado de toda una historia lo queramos o no. 



Esto quiere decir, Aristóteles mediante, que una acción puede ahondar tan profundo en nuestro ser que puede cambiar el sentido de todo aquello que somos, de todo aquello que fuimos, y rearmarnos de forma tan diferente para tomar caminos que jamás imaginaríamos que fuéramos capaces de tomar. La fragilidad de nuestra existencia queda expuesta en el grano de arena que acaba de caer. La muerte es quizás lo único irrefutable. Aquello que ninguna acción puede modificar. Y ese es el origen trágico de todas nuestras angustias, el saber que no saldremos vivos de este valle donde las malas noticias sobran y los buenos siempre llegan tarde. Dormir... tal vez soñar! -¡Ay! allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte! Se preguntaba el príncipe de Dinamarca en medio de su conflicto moral y al mismo tiempo abriendo la duda sobre el más allá. Nuestra respuesta no es la más esperanzadora pero si tal vez la más honesta. No hay sueño, hay nada, mentira toda otra verdad. La muerte es el último verso, el punto final. Y si después de la vida no hay nada, hagamos de esto, queridos amigos, algo injusto.

 

Lucas Itze.-

 

Canción elegida para la editorial

 


IMPRESIONES SOBRE LA FUENTE DE LA 

DONCELLA


 

Había una vez una tierra, un mundo, donde cada uno creía en su Dios. La gente le llevaba afrentas, le rezaba y armaba sus propias fiestas y rituales. Un día, alguien bajó de un barco y se llevó por delante todo. Arrasaron no sólo con la tierra sino también con las mujeres y niños. Llegó la violencia, llegó “la misión”. Todavía en ciertas zonas de nuestro propio país, quedan algunos recuerdos de lo que alguna vez fue. Un genocidio. Primero bajo el nombre de “descubrimiento”. ¿Quién descubrió a quién? Los nuevos les pusieron nombre y los echaron y masacraron. Con el paso de los siglos todo siguió su curso. Desde la guerra de la triple frontera hasta la infame “Campaña del Desierto”. Y así como pasó acá, se sucedió en diferentes partes del mundo. O sino, como fue que se dividieron África las potencias, trazando líneas y partiendo tierras y etnias que contribuyeron a décadas de masacres entre pueblos… La llegada del cristianismo y el judaísmo, sirvió para seguir ejerciendo el poder sobre otras religiones. A partir de ahí, cualquier persona que profesara un culto a una religión que no sea una de esas dos, era considerado “pagano”. Así los cristianos llegaron también a los países nórdicos. 



En Suecia se empieza a introducir alrededor del año 1200 y en el 1216 la Santa Sede reconoce al país como cristiano, de hecho, en 1249 se produce la primera cruzada sueca contra los fineses paganos. Atrás, quedan las historias de los vikingos y sus dioses nórdicos como Thor, Freyja, Loki u Odin. Y este último será justamente un nombre importante en el film del maestro Ingmar Bergman llamado La fuente de la doncella, donde mostrará esa lucha de poder entre cristianismo y paganismo. La película abrirá con un plano americano de una bella mujer que enciende un fuego. La cámara la sigue lentamente desde una distancia relativamente cercana, para no perdernos detalles. Luego ella realiza plegarias al dios Odín, y en la siguiente escena una mujer reza ante Cristo en la cruz. En esas dos primeras escenas, Bergman marca la lucha entre esas dos fuerzas opuestas. La película está ambientada en el siglo XIV y está basada en una antigua balada sueca recopilada en la tradición oral del siglo XIII, que dice “donde muere una doncella aparecerá un manantial”. El guion de Bergman llevará la curva dramática de los personajes de manera lenta y pausada. Todos los protagonistas se lucirán frente a cámara. 



Estaremos como siempre en su filmografía, ante unos planos soñados. Trabajará con planos generales para mostrar la belleza natural del paisaje o los lugares donde viven. También utilizará los primeros planos para mostrar la inocencia, la ira o el dolor de sus personajes. La fotografía en blanco y negro servirá como un mapa de época. Se manejará con lentos travellings para mostrar la calma y serenidad del lugar, pero lo contrarrestará con algunos movimientos bruscos en los momentos de violencia y tensión. Habrá algunos planos detalle de objetos que se repiten a lo largo del film, como el agua o las velas. La película nos muestra la relación entre Töre, el dueño de la granja, con los miembros de su familia: su esposa Marëta, su hija Karin y su hija bastarda Ingeri, quien está embarazada y convive como criada. Será ella, que representa el resentimiento y la marginalidad, la que invoque a Odin clamando venganza contra Karin, quien encarna a la doncella, como símbolo de inocencia y pureza. Tendremos una especie de aviso medio encriptado que parece sin sentido, en una charla entre madre e hija sobre cuántos hombres la sacaron a bailar y la madre cortará la anécdota luego del tercero. 



Se acerca el Viernes Santo y la bella y virginal Karin debe llevar las velas al altar de la Iglesia, que servirán como ofrenda para la Vírgen. Ingeri la acompañará durante parte de ese trayecto donde la naturaleza se dividirá entre vegetación y arroyos. Allí le hablará de sexo y también le avisa que alguien puede abusar de ella, pero Karin responde que se podría escapar. Luego de un parate, Karin seguirá su camino sola en el bosque, símbolo en esos tiempos de tierras sin ley, donde la vegetación será más abundante y todo parece más enigmático. Allí aparecerán tres pastores, dos hombres y un niño, quienes la invitan a compartir la comida. El viaje se transformará en tragedia, ante la escondida mirada de Ingeri que no hará nada. El film seguirá su curso, habrá venganza, más muerte y nos quedará un milagro para el final. Será en ese final donde empezarán las preguntas, la madre echándose la culpa por querer a su hija más que a Dios, el padre preguntándole porque permitió que pasara todo lo que pasó… Será el momento de la duda, algo ya clásico en el cine del director sueco. Nos dejará siempre preguntas sin respuestas, sobre todo si pensamos si obraríamos igual que el padre en una situación así. Quizás, nadie tenga la respuesta concreta mientras otros le empezamos a decir adiós a Dios.

 

Marcelo De Nicola.-

 

Canción post impresiones

 


UNIVERSO BERGMAN

 


Hijo de un pastor luterano y de una dominante madre de origen valón, Ingmar Bergman nació en el seno de una familia muy estricta, en la que la buena conducta y la represión de los instintos se consideraban virtudes. No resulta pues extraño que, tanto él como su hermana Margareta, se refuguaran en un universo imaginario: juntos compraban trozos de película para el proyector familiar y construyeron también un teatro de marionetas. Bergman no contaba aún veinte años cuando dejó a sus padres para instalarse en Estocolmo. Desde entonces, se dedicó al teatro universitario y fue en esta época, entre finales de los 30 y comienzos de los 40, cuando entabló amistad con Erland Josephson y Vilgot Sjöman. En 1942, tras el estreno de una de sus obras, La muerte de Punch, Bergman fue invitado a formar parte del equipo de guionistas de la Svensk Filmindustri, donde pasó dos años revisando guiones, mientras seguía escribiendo obras favorablemente acogidas por la crítica. Ya su primer guión, Tortura, llevado a la pantalla por el importante cineasta sueco Alf Sjöberg, se basa en un recuerdo personal: el terror que inspirara a Bergman uno de sus profesores, que le hizo objeto de todo tipo de vejaciones y engaños en Estocolmo. Al año siguiente, 1945, la Svensk Filmindustri ofrece a Bergman la oportunidad de dirigir su primera película, Crisis, adaptación de una obra danesa cuyo protagonista, como en casi todos sus primeros trabajos, es un alter ego apenas encubierto del autor, que expresa así sus temores, ansiedades o aversiones o aspiraciones personales. Ese mismo año también dirigió Llueve sobre nuestro amor. Si Barco hacia la India (1947) y Puerto (1948) son perfectamente representativas de este periodo, las dos últimas obras de esta década, La sed (1949) y Hacia la felicidad (1949), muestran una nueva preocupación en Bergman, que aborda el tema de la pareja enredada en una lucha sin cuartel. Prisioneros el uno del otro, los amantes protagonistas de sus películas se entregan a un combate cuerpo a cuerpo, un torneo oratorio despiadado con evidentes resonancias de Strindberg. En el medio aparecen películas como Música en la nocheLos demonios nos gobiernan o Esto no puede ocurrir aquí. Los años 50 permitieron afianzarse a Bergman. Al principio de la década rodó dos brillantes historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los fuegos efímeros de la pasión: Juegos de verano, también llamada Juventud, divino tesoro (1950), que fue presentada en Punta del Este, y esto llevó al éxito del director en lugares tan lejanos a sus país, como lo son Argentina, Uruguay y Brasil. También dirigió Un verano con Monika (1952), donde alcanzó su plenitud la sexualidad de Harriet Andersson. La carrera de Bergman en Suecia estuvo a punto de verse frenada a causa de la desfavorable recepción crítica de Noche de circo (1953), un análisis mordaz del deseo, el sentimiento de culpa y la vulnerabilidad humana. Pero la obtención por parte de Sonrisa de una noche de verano del Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1955, volvió a situarle en posición privilegiada en Europa y Estados Unidos y le permitió abordar un proyecto que acariciaba desde tiempo atrás: El séptimo sello (1956), alegoría sobre la vida y la muerte donde refleja a la vez su concepción afectiva e intelectual de Dios y su intuición del posible holocausto nuclear. 



El clamoroso éxito obtenido por el film ofreció la posibilidad de dirigir, uno tras otro, cuatro importantes títulos: el primero fue Cuando huye el día (1956), con el director de cine Victor Sjöstrom como protagonista. Bergman recurriría nuevamente a sus recuerdos de infancia para efectuar un acercamiento lúcido y benévolo a la vejez, con toda su carga de lamentos y recriminaciones. Rodó después En el umbral de la vida (1957), un ejercicio de apariencia más documental que disecciona las reacciones de tres mujeres ante la maternidad. En El rostro (1958), un mago que no es otro que el propio Bergman, se gana la vida fascinando al público y exponiéndose a la vez a sus sarcasmos. Finalmente, El manantial de la doncella (1959) es una cruel historia de violación, asesinato y venganza, basada en una balada medieval. En el transcurso de los años siguientes, el estilo de Bergman experimentaría un cambio sensible. El cineasta aborda una etapa aparentemente austera. Una técnica más depurada y, una temática más profunda se ponían al servicio de un pensamiento inquieto y desgarrado. Tras filmar El ojo del diablo, llega la trilogía formada por Como en un espejo (1961), Los comulgantes (1962) y El Silencio (1963) que le permitió ajustar cuentas definitivamente con su educación religiosa. Dejando a un lado su preocupación por el lugar del hombre en el Universo para considerar el del artista en el seno de la sociedad, Bergman, se convirtió en portavoz intelectual de su tiempo, persuadido de que el ser humano había llegado a una fase crítica de su evolución y de que la apatía del mundo moderno era tan sólo el reflejo de un cierto desencanto. Luego dirige ¡Esas mujeres! parodiando al cine de Fellini. Persona (1966), una obra profundamente marcada por la influencia de Jung y el psicoanálisis, reunió a Bergman, que entonces vivía en la desolada isla de Faro, con la actriz noruega Liv Ullman



A su alrededor, el cineasta tejió en los años siguientes una serie de dramas que destacan por su crudeza y violencia, como La hora del lobo (1967), La vergüenza (1968) o Pasión (1970), que fue la primera en color. En 1971, Bergman rodó en inglés La carcoma, con Elliot Gould, que supuso un completo fracaso comercial. Por contra Gritos y susurros (1972), alucinante estudio en blanco y negro de los últimos días de vida de una mujer enferma de cáncer y del comportamiento de sus hermanas, es encumbrada como una de sus obras maestras. El director sueco siempre fue consciente del impacto de la televisión, y desde 1969, año en que realizó El rito para la pequeña pantalla, mantuvo una relación fluida con el medio, también destino original de Secretos de un matrimonio (1973) y la adaptación de La flauta mágica (1974). En 1976 dirigió Cara a Cara, y luego un escándalo fiscal llevó a Begman a exiliarse en Munich, donde dirigió para Dino de Laurentiis El huevo de la serpiente (1977), ambiciosa reconstrucción del Berlín inmediato a la posguerra. La película se hizo eco del desasosiego y las preocupaciones del realizador como ocurrió también en De la vida de las marionetas (1980), donde se reflejan la impotencia y el sentimiento de fracaso de un individuo perseguido por la sociedad. En 1978 dirigió Sonata de otoño, con la que tuvo varias nominaciones. En 1982, presentó Fanny y Alexander y anunció que sería su última producción para la pantalla grande.



Fuertes connotaciones autobiográficas aclaran retrospectivamente los temas de su obra: la fascinación por el mundo de los actores, el temor a los tabúes religiosos, la complicidad con el universo femenino, el descubrimiento de la muerte... Todo dentro del marco de una gran familia de Upsala a principios del siglo XX, visto a través de los ojos de un niño de doce años que, una vez más, puede considerarse el alter ego de Bergman. A partir de entonces, trabaja regularmente en el medio televisivo, para el que dirige títulos como Después del ensayo (1983), Los dos bienaventurados (1986), En presencia de un payaso (1997), o Saraband mientras que sus guiones son llevados al cine por otros cineastas, generalmente cercanos a su entorno, como su hijo Daniel Bergman, firmante de Niños del domingo (1992), el danés Bille August, que trasladó a la pantalla Las mejores intenciones (1992), y su ex-compañera sentimental, la actriz y directora Liv Ullman, realizadora de Confesiones privadas (1997) e Infiel (2000). Bergman falleció el 30 de julio del 2007, el mismo día que se fue otro grande del cine europeo: Michelangelo Antonioni.

 

FICHA TÉCNICA

 

Título original: Jungfrukällan (The Virgin Spring)

Año: 1960

Duración: 88 min.

País: Suecia

Dirección: Ingmar Bergman

Guion: Ulla Isaksson

Reparto: Max Von Sydow, Birgitta Valberg, Gunnel Lindblom, Birgitta Pettersson, Axel Düberg, Alan Edwall, Tor Isedal.

Música: Erik Nordgren

Fotografía: Sven Nykvist (B&W)

 

PELÍCULA COMPLETA

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