SINOPSIS
A finales de los 70, Jack Horner, un
director de cine porno que considera su trabajo una forma de arte descubre a
Eddie Adams, un joven ingenuo que desea triunfar y que tiene unas
características físicas muy adecuadas para ese tipo de cine. Eddie cambia su
nombre por el de Dirk Diggler, se adapta inmediatamente a nuevo estilo de vida
y pronto se convierte en una gran estrella del porno. (FILMAFFINITY)
EDITORIAL
Nuestras miradas se cruzaron una vez más y como por reflejo, mi mano se levantó y pidió otra cerveza. El Británico se caracterizó siempre por tener malas putas y pésimos mozos. Manolo se acercó y con su humor de mierda habitual me dijo: si no pagas no te sirvo más. Del otro lado, ella seguía mirando discretamente, delicadamente. Con esos ojos que eran una balsa en el turbio mar del infierno en donde yo habitaba. Decidí sacar los últimos billetes arrugados del bolsillo para que Manolo funcionara. Y Manolo funcionó, con aquella cara de orto legendaria, institucional, casi turística. Cayó la cerveza, fría, espumosa. La bebí despacio porque la sabia última. La saboree, como saboreaba esa mirada esporádica. Ella era delgada, pelirroja, con un vestido negro que dejaba ver lo necesario para imaginar lo justo. Las piernas cruzadas, la columna erguida delicadamente dibujaba una curva con el peligro necesario para espantar cobardes. La copa en la mano era el punto final que el poeta jamás habría podido encontrar. El bolsito sobre la barra, chiquito, de esos absurdos, que guardan nada pero esconden todo. Yo desde mi mesa la observaba atónito, con hambre de lobito en plena merienda de corderos. Sus labios rojos posándose sobre la copa. Bebiendo, sorbo a sorbo. Su cabello rojo fuego, como el de aquella Lilith expulsada del paraíso por haber querido coger con Adán como la leña lo hace con el fuego. Por haber querido saciar aquella sed que no se sacia. Desde mi mesa, con lo último de cerveza, la observaba. Distinguida, con esas medias negras que acariciaban sus piernas como yo estaba deseado hacerlo desde que la vi. De pronto su mirada volvió a cruzarse con la mía. Pensé en mis ojos cansados, mis ojos rojos de la bebida, del humo del cigarro, de las malas noches. Vi en sus ojos una serenidad implacable, vi algo en ella indomable que me excito aún más. Maté entonces el resto de cerveza y decidí ir a hablarle.
Tragué hasta la espuma de la copa, la
apoyé fuerte contra la mesa, y sacando valor de donde no tenía, dirigí mi brújula
a las coordenadas de aquella pelirroja a la que ningún hombre de letras se
había animado a describir jamás. Apoyé mi mano pesada sobre la mesa, levanté mi
cuerpo y mis ojos dictaron el camino que mis pies debían seguir. Todo mi cuerpo
temblaba, no se trataba de una puta, de una transacción a la que yo ya estaba
habituado, de una tipa cualquiera, era una situación delicada y eso era
justamente lo que yo no era. Sentía las piernas entumecidas, el cuerpo pesado
pero me movilizaba una sensación de que esa tipa era distinta. Pensé en mi vida
y en la ínfima posibilidad de salir de toda esa mierda que me rodeaba, de salir
con ella. Con el hechizo de sus ojos, con la delicada suavidad de sus manos.
¿Por qué no? me dije. ¿Por qué no a mí, aunque sea una sola vez en la vida, por
qué no a mí? Al intentar dar mi tercer o cuarto paso, una mano pesada cayó como
la muerte misma sobre mi hombro y entonces Manolo me giró sobre mi eje haciendo
temblar todo mi cuerpo. -Te estas yendo sin pagar la última, ¿te pensás que soy
boludo? Mirá que nos conocemos pero acá de arriba no toma nadie. Entré a
tartamudear, el gallego enojado parecía inmenso, y entonces le dije, - estoy
yendo a hablarle a la pelirroja. ¡Ma que pelirroja! y fue cuando me tomo del
forro del culo, del roto cuello de mi camisa y comenzó el sutil éxodo hacia la
puerta, chocándome con las mesas, sillas y los parroquianos que a esa hora
murmuraban algo que suponía eran puteadas. En el recorrido, decidí girar la
cabeza para verla aunque sea una vez más. Al hacerlo miré hacia aquel destino
que mis piernas intentaban realizar con tanta dificultad y justo allí, junto a
la barra, pude divisar claramente que solo había una silla vacía. No había
vasos ni restos de nada. Busqué desesperado para todos lados y ella no estaba.
Era el mismo triste bar de siempre. Abrumado por las mismas soledades. A los
segundos, Manolo había hecho lo suyo. Con algunos raspones por la caída, el
codo de la manga agujereada y el ánimo estallado contra el cordón de la vereda,
decidí caminar por las inmediaciones del Lezama. Por aquellas calles oscuras,
de veredas anchas donde uno es devorado por la nada misma que espera agazapada
como una pantera hambrienta. Después de todo, a los tipos como yo, la vida nos
guarda esa porción del mundo, aquella sin luz, la de las tinieblas, la de los
recuerdos de las minas pelirrojas con vestidos negros, que nos miran y nos
llenan el pecho de ilusiones en esta noche siempre eterna, tristes juegos
de placer.
Lucas Itze.-
Canción post editorial
IMPRESIONES SOBRE JUEGOS DE PLACER
Sentado en un ajado sillón color café, un viejo recuerda desde sus jóvenes años hasta hoy. Su niñez, cuando leía el diario bajo un farol prendido a kerosene, mientras se oían los pasos de los sulkis llevados por los caballos. A medida que llegaba la adolescencia, la radio se transformaba en su compañera y cuando tuvo un poco de dinero aprovechó para comprarse algunos vinilos que sonaban en esa época, como para que el tocadiscos no esté de adorno. Se vino para la gran ciudad y las calles de tierra se convirtieron en anchas avenidas y edificios cada vez más enormes. Allí fue por primera vez al cine. En su pueblo había, pero quería debutar a lo grande. “No me daban lo´ojo´ pa ver toda la pantalla”, le repetía a sus nietos. Luego llegó el turno de la televisión, que en un principio unía a las familias a la hora de cenar para ver la telenovela de turno. Con el paso del tiempo, el aparato estupidizó miles de cerebros. Ya no escuchaba tanta radio, el casette lo había reemplazado. Grabar las cintas con los mejores temas era algo común y corriente… Hoy piensa que muchos no entenderían que la birome no servía solamente para escribir… Ya no iba tanto al cine. Se había comprado una videocasetera, alquilaba el VHS y la podía ver varias veces si tenía ganas. También llegaron el CD y el Walkman. O los videojuegos… pero para eso ya estaba grande. Entonces volvía a la radio. Su primer amor. A imaginarse las caras detrás de esas voces. A recordar que el paso del tiempo lo cambió todo…
Quizás no llegó a saber que en un dispositivo hay desde una cámara de fotos hasta una agenda. Que tenes que pagar para casi todo, que la oferta y la demanda es cada vez mayor, mientras la gente es más pobre. Aunque sus fotos de perfil no lo demuestren. Que el paso de los años y de las décadas mutan hasta en su color. Que ciertos cambios sirvieron pero que otros dejaron atrás algo más artesanal, más elaborado. Que el ascenso y la caída hoy se advierten minuto a minuto. Como si fuera un viejo, pero con sólo 27 años Paul Thomas Anderson llevó al cine otros grandes cambios, pero ambientados en la industria del cine para adultos, el pase del cielo al infierno y la atmósfera de dos décadas bien diferentes, en su segundo largometraje, titulado Boogie Nights y traducido como Juegos de placer por estos pagos. Al igual que muchos directores de esa época, se nota que Anderson creció viendo cine. Al estilo Tarantino o Linklater, aprendió todos los trucos desde joven mirando películas. Cinéfilo por naturaleza, no suena extraño el comienzo del film, con un plano secuencia de más de 3 minutos, desde la calle hasta adentro de un bar, en un claro homenaje a los Buenos Muchachos de Scorsese, donde si nos damos cuenta, presenta a casi todos sus personajes. Si quería llamar la atención, lo había logrado. Pero no se iba a quedar sólo en eso. El film cuenta la historia de Eddie (Mark Wahlberg), un joven camarero de 17 años, a quien Jack Horner (Burt Reynolds), un director de cine para adultos lo convence para ser su próxima estrella. Anderson había filmado un corto parecido cuando tenía 17 años y empezaba a estudiar cine. Luego dejó la carrera, pero siguió de forma autodidacta y aquí retoma la idea de ese personaje, inspirado en un actor del género triple X de los ´80.
Estaremos ante un gran guión, que consta de grandes diálogos y personajes inolvidables y es, además, también una declaración de amor al cine, cualquiera sea el género, pero ese cine que esté hecho en celuloide. Pese a la duración del metraje, la curva dramática no se volverá densa, sino que siempre mantiene su ritmo y como diremos más adelante, casi que se dividirá en dos partes. Aquí trabajará muy bien la fotografía para retratar los colores de la época. Los rojos, amarillos, verdes, asaltarán la pantalla. Retratará la cultura pop con esas luces de neón tan de los ´70, pero también mostrará el cambio de la década siguiente. De hecho, por momentos uno piensa que está mirando un film de esos años. Estará muy bien trabajado el sonido y contará con una banda musical con clásicos de esos tiempos. Se notará la mano del director en los encuadres y en la elección de planos. Además de los planos secuencia, se servirá de primeros planos y planos detalle. La coreografía no se quedará atrás, ya que serán varios los momentos en que la cámara divague entre decenas de personajes, mostrando una maestría para la creación de escenarios, que no deja de sorprender. Anderson entenderá a la perfección el mundo que está contando. No será necesario mostrar las escenas sexuales, la importancia estará en las caras y gestos de quienes están detrás de cámara, quizás como una forma de mostrar que ellos también son parte importante de lo que se filma.
La
historia seguirá el ascenso y caída de Eddie, ahora llamado Dirk
Diggler, en un cambio de década donde el cine para adultos empieza a
ser reemplazado por el auge de los VHS. La película estará claramente dividida
en dos partes, ese comienzo arrollador, fiestas por doquier hasta la caída no
sólo del protagonista, sino de varios de los personajes, donde una tragedia
marcará el comienzo del fin. También ahí estará el retrato de las décadas. De
los años de la apertura sexual y las drogas de los setenta, a esos ochenta
donde todo es más marginal, más violento, más alienado, y sobre todo en esa
industria, más consumista. Ahí seguiremos a ese compendio de personajes
solitarios, frustrados y por momentos patéticos, en sus idas y vueltas. Habrá
otra cosa más para destacar de ese joven director: su dirección de actores,
donde forma un elenco coral con casi todos jóvenes que fueron luego las
estrellas de la década siguiente y donde todos estarán a la altura. No faltará
una crítica a la moral, personificados en padres, abogados, estudiantes o
empleados bancarios. Esos que se escandaliza para afuera pero que consumen el
mismo producto escondidos en sus habitaciones. Y el paso del tiempo y los
cambios, como puntas de lanza. Anderson, así como el viejo del comienzo volvió
a la radio, homenajea la época donde no todo era tan fácil, pero esa forma más
artesanal, lo hacía más puro. Esa crítica al consumismo que casi lo convierte
en un visionario de estos tiempos, de clips que se venden por miles en cuestión
de minutos. Pero lo hace como si se tratara un juego de niños, casi como ese
principiante Eddie que de un momento a otro estaba en la cima y tuvo que
aprender a volar para no caer tan bruscamente. Porque del cielo al infierno,
hay un solo paso, y a veces puede ser tarde… muy tarde.
Marcelo De Nicola.-
Canción post impresiones
UNIVERSO ANDERSON
Paul Thomas Anderson, nació en Studio City, California, el 26 de junio de 1970. hijo de Bonnie Gough y Ernie Anderson, quien fue actor y voz de la cadena American Broadcasting Company (ABC) y del personaje de terror Ghoulardi, de donde la compañía productora de su hijo toma el nombre: Ghoulardi Film Company. El interés de Anderson por el cine comenzó siendo muy joven. Mientras cursaba la educación secundaria realizó un documental satírico de 30 minutos de duración titulado The Dirk Diggler Story (1988), acerca de un joven actor de cine porno (inspirado en John Holmes, quien más adelante también serviría como principal inspiración para Boogie Nights). Después de un breve período en el Emerson College y un período aún más corto en la Universidad de Nueva York, Anderson comenzó su carrera como asistente de producción en telefilmes, videoclips y shows en Los Ángeles y Nueva York. En 1992 realizó Cigarettes and Coffee, un cortometraje de cinco viñetas ambientado en una cafetería (no confundir con Coffee and Cigarettes de Jim Jarmusch). El corto fue proyectado en el Festival de cine de Sundance de 1993, donde recibió elogios considerables. En unos pocos años, Anderson hizo su largometraje debut, Sydney, que posteriormente sería retitulado Hard Eight (1996), titulado en el país como Vivir del azar. Aquí cuenta la historia de un sexagenario que encuentra a un joven que necesita dinero para pagar el funeral de su madre, por lo que lo invita a acompañarlo a ganar dinero en casinos. El reparto incluyó a Phillip Baker Hall, John C. Reilly, Phillip Seymour Hoffman (tres habitués de sus films), Gwyneth Paltrow y Samuel L. Jackson. Con su segundo film impresionó a todo Hollywood: Boogie Nights se convirtió en una de las sorpresas de la temporada, donde fue nominado a Mejor guion original y a los mejores secundarios para Burt Reynolds, a quien rescató del olvido y Julianne Moore, quien saltaría a la fama. En el año 1999 llega su confirmación gracias a Magnolia, otra historia coral con un gran elenco (otra vez Moore, Reilly, Seymour Hoffman, Baker Hall, Macy, entre otros), a quien se le suma Tom Cruise. Un melodrama de historias cruzadas que volvió a poner a Cruise como un actor serio. Otra nominación a mejor guión. Y mejor película en el prestigioso Festival de Berlín. Para muchos, su obra maestra.
Sorprende en 2002 cuando decide elegir a Adam Sandler para su film Embriagado de amor, donde muestra por primera vez que los personajes dramáticos no le sientan mal. La historia de un hombre solitario y sobre protegido qué gracias a un error de un concurso, puede ganar millas en viajes de avión. Allí conoce el amor por primera vez. Se lleva el premio a Mejor director en Cannes. Cambia su estilo cuando en 2007 filma Petróleo Sangriento, basada en la novela de Upton Sinclair. Con un Daniel Day-Lewis arrollador, el film se convirtió en uno de los más premiados del director, pero perdió el Oscar ante Sin lugar para los débiles de los Hermanos Coen. En 2012 se mete con, para muchos, el inicio de la cienciología, en el film The Master, donde Joaquin Phoenix y Phillip Seymour Hoffman realizan un duelo actoral entre personajes completamente diferentes. Nominaciones para ambos y también para Amy Adams.
En 2014 vuelve a trabajar con Phoenix y tratar la
California de los ´70 con el film Vicio
propio, sobre un peculiar detective privado de Los Ángeles, que le pide
ayuda su exmujer, una seductora "femme fatale" debido a la
desaparición de su amante, un magnate inmobiliario que pretendía devolverle a
la sociedad todo lo que había expoliado, adaptación de la novela de Thomas Pynchon. Nominada a mejor guión
adaptado. Vuelve a llamar a Day-Lewis
para la película El hilo fantasma,
sobre un modisto de la realeza de los años ´50 que tiene todo bajo control
hasta que una joven musa irrumpe en su vida. Nominada a mejor película. Otra
vez se ambienta en el Valle de San Fernando en 1973, para Licorizze Pizza, con la cantante Alana Haim y Cooper Hoffman,
el hijo de su recordado amigo Philippe. Una historia de amor, adolescencia,
sueños y música ambientada en esa época. Otra nominación a mejor película y
guion original. El 2025 fue el año de su consagración definitiva. El estreno de
Una batalla tras otra, también
basada en una novela de Pynchon,
recorre la historia de un ex revolucionario interpretado por Leonardo DiCaprio, que vuelve a la
acción luego del secuestro de su hija por paramilitares. Benicio del Toro, Sean Penn,
Teyana Taylor y Chase Infinity, completan el film que se acaba de llevar el Oscar a
mejor película, director, guion adaptado y el tercer Oscar para Sean Penn.
Además del cine, ha dirigido más de 20 videos musicales, entre los que se
destacan artistas como Fiona Apple, Radiohead, Haim o The Smile.
FICHA TÉCNICA
Título original: Boogie Nights
Año: 1997
Duración: 156 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guion: Paul Thomas Anderson
Reparto: Mark Wahlberg, Burt Reynolds,
Julianne Moore, Don Cheadle, John C. Reilly, William H. Macy, Philip Seymour
Hoffman, Heather Graham.
Música: Michael Penn
Fotografía: Robert Elswit








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